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El Torbellino

Opinión
/ 24 noviembre 2021

Siempre que voy a Veracruz les pido a mis anfitriones que me hospeden en el hotel de mayor tradición en la ciudad: el Diligencias. Es fama que en una de sus habitaciones compuso Agustín Lara su inmortal canción: “Yo nací con la luna de plata, / y nací con alma de pirata...”. Ya me conocen bien en ese hotel, y me dan siempre un cuarto con vista a los portales y la plaza. Por la noche, antes de conciliar el sueño, escucho la música de los danzones, y oigo sonar las horas en el reloj acompasado de la Catedral.

Ahora es de mañana, y he salido a caminar. Mi conferencia es por la noche, y tengo todo el día para mí. Voy por las calles del centro. Los aparadores de las tiendas de ropa están llenos de vestidos espectaculares. Son de luciente seda casi todos, en colores brillantes: rojo fuego, azul ultramarino, fucsia -aquí decimos “fiucha”-, amarillo chillón, verde esmeralda... Todos están bordados con hilos de oro y plata, con lentejuelas o chaquira, y llevan aplicaciones de plumas, piel o encajes. También se exhiben accesorios: boas para enredarse al cuello; guantes que cubren todo el brazo; bolsas hechas con exóticos materiales; abanicos pintados a mano que parecen pintados a pie, y mil y mil reconditeces sugestivas: medias de malla; eróticos ligueros y ligas con un adorno de rosa o corazón; brevísimas pantaletitas que por delante cubren poco y por atrás absolutamente nada... Son los atuendos que lucirán en el Carnaval las drag queens, homosexuales masculinos que gustan de vestir como mujeres. De todas partes llegan, atraídos por la sonriente liberalidad de la fiesta mayor de Veracruz, y con ellos -o ellas- las tiendas en febrero hacen su agosto.

Caminando, caminando, he llegado a la esquina de Zaragoza y Esteban Morales. He ido a varios museos, y a mí los museos me dan hambre. Veo una fonda pequeñita que tiene un sonoroso nombre: “El Torbellino”. Los torbellinos siempre me han atraído, de modo que me acerco. En la pared hay un letrero anunciador: “Hueva de nácar”.

¡Hueva de nácar! La palabra “nácar” pertenece a la poesía: dientes de nácar, frente de nácar, manos de nácar, etcéteras de nácar... La palabra “hueva”, en cambio, está muy cerca de lo sicalíptico. ¿Cómo puede haber hueva de nácar? Extraña combinación es ésa; curiosa mezcla del Aretino y Bécquer.

La tentación me vence. No es raro eso: a mí la tentación siempre me vence. Entro, ocupo una de las contadas mesas del local y pido la carta a la muchacha que me atiende. Te diré cuál fue mi orden: 1-. Arroz con un huevo frito montado. 2-. Un coctel -grande- de ostión y caracol. 3-. Hueva de nácar. 4-. Frijoles con plátanos. 5-. Postre (flan de la casa). 6-. Café.

Nada diré del arroz, del coctel, de los frijoles, del postre y del café. ¡Ah, pero de la hueva de nácar! ¿Qué decir de ese inefable manjar paradisíaco? La hueva de nácar está formada por pequeños huevecillos -haz de cuenta criadillas diminutas- que se sirven con pico de gallo y con tortillas, para con ellos hacer tacos. Platillo tan delicioso, y tan difícil de encontrar que sólo el azar puede llevarte a él, no recuerdo haber disfrutado en mucho tiempo.

Cada vez que Diosito bueno me lleve a Veracruz iré a “El Torbellino”. Hay lugares para comer y lugares para que te vean comer. “El Torbellino” pertenece a la primera especie, la de los sitios para comer bien. A mi lista de pequeños paraísos añado éste donde por primera vez gocé la nacarada maravilla de la hueva de nácar. Laus Deo.

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