El valor de las expresiones urbanas de diversidad

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Opinión
/ 17 marzo 2026

La ciudad no es un escenario preexistente a las prácticas de quienes la habitan, sino un entorno que se integra a través de estas

Es común percibir erróneamente a la ciudad como un mero conjunto de infraestructura y servicios, cuando se trata de algo bastante más complejo. Es un escenario vivo, donde se manifiestan cotidianamente expresiones de identidad, pertenencia y comunidad.

Este carácter tan ricamente diverso de las ciudades se reconoce con claridad en cada calle, plaza y espacio que ha sido objeto de apropiación por parte de la comunidad, dotándole de características y elementos que dan vida al lugar, sacándole del anonimato.

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Se traduce en un verdadero ejercicio de reivindicación ciudadana, donde la identidad de las personas que forman parte de una comunidad es reconocida desde el entorno que habitan, pasando de homologar las diferencias en un continuo sin vida a celebrarlas.

Como todo proceso humano, éste precisa también de detonadores de las dinámicas que lo hacen posible, entre los que se encuentran el reconocimiento de la dignidad humana de sus habitantes, la apropiación del entorno y la construcción de la narrativa urbana.

En este contexto, hablar de dignidad humana va más allá del básico reconocimiento de derechos fundamentales. Abarca el acceso amplio, pleno y suficiente al espacio público, haciendo posible la participación activa en la producción y transformación del entorno.

Es, por ejemplo, en los barrios que han sido excluidos de las centralidades donde la dignidad humana no se percibe fácilmente. La precaria inclusión de estos en la planeación urbana les da una mera consideración espacial, lo que no supone un mínimo aceptable.

Se les deja por entero a sus habitantes la producción de identidad y espacio, lo que no tarda en suceder, incluso a partir de pequeñas acciones que van modelando su entorno inmediato, como cuando se comienza a presentar el graffiti en los muros de un barrio.

Por supuesto, cada pinta tiene algo que contar, y lo hace de la manera que le es posible, aunque no necesariamente sea –y no tendría por qué serlo– agradable para quienes, ajenos a la comunidad, les perciben como actos de degradación del paisaje urbano.

Al igual que la instalación de mercaditos temporales, que se suelen tachar clasistamente de informales, pero que son espacios vibrantes de reproducción de sabores, sonidos, aromas y colores que hacen hablar a una identidad que no puede ser silenciada.

Igualmente las expresiones religiosas, particularmente visibles cuando se organizan fiestas patronales, que prescindiendo de un templo o un sitio de culto amplio y accesible, convierten una calle cualquiera en un territorio simbólico de fe y de pertenencia colectiva.

Así, las distintas muestras de apropiación del entorno, vistas como expresiones de dignidad comunitaria, no se pueden entender como un simple aspecto ornamental del espacio urbano, sino como una expresión permanente de reconocimiento de la diversidad.

Por ello, cada integrante de la comunidad busca válidamente inscribir su presencia en el paisaje urbano sin que esto suponga la negación de la de los demás, formulando con la suma de cada muestra una identidad colectiva que reafirma el sentido de comunidad.

Cada superficie intervenida es en sí misma una elocuente declaración de presencia, lo que bien podríamos catalogar como un acto de resistencia frente a la homogeneización visual promovida por la lógica del mercado inmobiliario y de las marcas comerciales.

Es por ello evidente que la ciudad no es un escenario preexistente a las prácticas de quienes la habitan, sino un entorno que se integra a través de estas. La ciudad se hace y se rehace a diario en los encuentros, los conflictos y la convivencia de quienes la habitan.

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Comprender la diversidad urbana desde estas consideraciones permite superar tanto la gestión cultural superficial, que la limita a la oferta gastronómica y pseudocultural, como el urbanismo tecnocrático, que percibe a la ciudad como un problema de cálculo.

La diversidad no es un problema a resolver ni un recurso a explotar. Es la esencia misma de la vida urbana, que produce permanentemente a la ciudad y que hace de ella un espacio de posibilidades, no solo de reproducción de tendencias ajenas a sus habitantes.

Una ciudad verdaderamente diversa no es aquella que se limita a la tolerancia de las diferencias, sino aquella que se deja transformar por ellas. Un espacio donde la dignidad se convierte en una experiencia que se encuentra amalgamada a su entorno.

Una ciudad que reconoce en sus habitantes a los verdaderos productores del espacio urbano es una ciudad con un futuro posible.

jruizf@henka.com.mx

Abogado por la U.A. de C., especializándose en Derecho Ambiental y Gestión Urbanística. Cuenta con Maestría en Gestión Ambiental por la U.A.N.E. Cursa actualmente estudios de Doctorado con enfoque en Derecho a la Ciudad. Ha colaborado en los Institutos Municipales de Planeación de Torreón y de Saltillo, así como en la Delegación Coahuila de SEMARNAT. Ha representado a México en diversos foros internacionales, entre ellos el SWYL Program y la Tokyo Conference, organizados por el Gobierno de Japón. Se desempeñó como Director Operativo de COPERES y Presidente de la Representación Coahuila de la Asociación Mexicana de Urbanistas. Es catedrático a nivel Licenciatura y Posgrado en instituciones como la Universidad Autónoma de Coahuila y la Universidad Iberoamericana.

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