¿En qué momento nos pasó esto?
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Ya tenemos suficiente pasado para sentir nostalgia, pero todavía estamos lo suficientemente cerca del presente para entender buena parte de lo que está ocurriendo
Hay una edad en la que todavía te sientes prácticamente igual, hasta que alguien te recuerda que las cosas con las que creciste tienen veinte años. Y nadie te prepara para eso.
Este año “High School Musical” cumplió veinte años. “Hannah Montana” también. Los Jonas Brothers llevan rato de regreso y ahora hasta “Camp Rock” volvió con una tercera película. Veinte años. Es un dato que, personalmente, preferiría no procesar demasiado, porque uno sigue pensando que todo aquello ocurrió hace relativamente poco. Hasta que haces cuentas y descubres que esa generación que veía Disney Channel hoy trabaja, dirige empresas, tiene hijos, paga colegiaturas, hipotecas y tarjetas, organiza cenas de matrimonios y empieza a considerar un excelente plan que alguien cancele los planes del viernes.
Luego aparece una canción que no escuchabas desde hace años y ahí estás otra vez.
Creo que por eso está funcionando tan bien todo este regreso de nuestra adolescencia. No necesariamente porque queramos volver, sino porque hay algo muy extraño en encontrarte de repente con una parte de tu vida que creías archivada. Disney lo entendió perfectamente: regresan las historias, los personajes y las canciones, y nosotros regresamos con ellos.
Aunque también hacemos algo bastante curioso: nos quejamos. Que ya no es como antes, que los nuevos personajes no tienen chiste, que arruinaron lo que veíamos nosotros. Pues claro que ya no es como antes. Nosotros tampoco somos los mismos.
El niño que veía “Camp Rock” ya no tiene doce años y la niña que cantaba las canciones de Hannah Montana frente al espejo probablemente hoy tiene una junta a las nueve, un grupo de WhatsApp del colegio o está decidiendo qué pedir de cenar porque ya no quiere cocinar. Esas historias tampoco regresaron exclusivamente para nosotros. Nos usan como puente.
Quienes crecieron viendo Disney hoy son, en muchos casos, los adultos que deciden qué se pone en la televisión de la casa. La nostalgia sirve para vendernos un recuerdo y, de paso, presentarles esos universos a quienes vienen detrás. Hasta ahí todo tendría bastante sentido.
Lo raro empieza cuando sucede exactamente lo contrario.
Porque no solamente estamos viendo historias que pertenecieron a nuestra adolescencia. También nos estamos enganchando con historias de adolescentes y universitarios que no tienen absolutamente nada que ver con nuestra época. Ahí están “The Summer I Turned Pretty”, “Off Campus” o la más reciente “Sterling Point”: primeros amores, veranos eternos, universidades, amistades intensísimas, corazones rotos y problemas que, vistos desde los treinta y tantos, probablemente podrían resolverse con una conversación de quince minutos y dos sesiones de terapia.
Y aun así, ahí estamos: la que dijo que solamente iba a ver un capítulo y terminó acostándose a las dos de la mañana; la que tiene una posición sorprendentemente seria sobre Conrad y Jeremiah; la que leyó primero los libros y está indignada porque “eso no pasó así”; la mamá que por fin acostó a los niños y encontró cuarenta minutos para ella. Y también, por supuesto, el hombre que asegura que solamente sabe quiénes son todos los personajes porque “la estaba viendo mi esposa”. Sí, claro.
Me empezó a dar curiosidad por qué estas historias conectan tanto con adultos que dejaron esa etapa hace bastante tiempo. Y no creo que sea porque queramos volver a tener 17 años. Yo, por lo menos, no. Hay cosas de los 17 que solamente se disfrutan porque todavía no sabes todo lo que viene después.
Creo que lo que extrañamos es otra cosa: cómo se sentían las cosas.
El primer amor, el primer corazón roto, el amigo que jurabas que iba a estar contigo toda la vida, la persona que estabas convencido de que jamás ibas a superar, la emoción absurda de recibir un mensaje, los veranos que parecían durar muchísimo y esa sensación de que cualquier decisión podía cambiar por completo tu existencia. A esa edad todo era enorme, todo parecía definitivo y teníamos una certeza maravillosa que entonces no valorábamos demasiado: faltaba muchísimo para convertirnos en adultos.
Luego pasa la vida. Superas a esa persona que jurabas que nunca ibas a superar, pierdes amigos, encuentras otros, te enamoras diferente, te casas o no te casas, tienes hijos o decides no tenerlos, cambias de trabajo, de ciudad, de opinión. Y un buen día escuchas una canción de hace veinte años y durante tres minutos vuelves a saber exactamente quién eras antes de que pasara todo eso.
Tal vez ahí está la verdadera fuerza de la nostalgia. Uno piensa que extraña una película, una canción o una serie, cuando muchas veces lo que extraña es a la persona que era cuando la vio por primera vez.
Pero las nuevas series agregan otra cosa. Nos regresan a emociones que conocemos, aunque los jóvenes que aparecen en pantalla ya no se parezcan exactamente a los jóvenes que fuimos nosotros. Hablan distinto de sus relaciones, de salud mental, consentimiento, identidad, sexualidad y responsabilidad afectiva.
Hay conversaciones que hace veinte años habrían necesitado toda una explicación dentro de una serie y que hoy simplemente forman parte de la historia. Temas que antes se trataban como conflicto, excepción o tabú aparecen con mucha más naturalidad porque también cambió la forma en que las nuevas generaciones los entienden y los viven.
Eso no significa que una serie de Amazon o Netflix pueda explicar cómo piensa toda una generación, pero la cultura popular siempre termina enseñándonos algo de lo que una sociedad empieza a normalizar. Y ahí está una parte de este fenómeno que me parece especialmente interesante: entramos buscando algo conocido y terminamos viendo un mundo que ya cambió.
Quizá por eso nuestra generación está en un lugar tan particular. Ya tenemos suficiente pasado para sentir nostalgia, pero todavía estamos lo suficientemente cerca del presente para entender buena parte de lo que está ocurriendo. Crecimos sin TikTok, Instagram o WhatsApp; sin una cámara en la bolsa registrando cada estupidez que hacíamos. Teníamos que conectarnos a internet para “entrar” a internet; esperábamos una semana para ver el siguiente capítulo, descargábamos canciones, grabábamos discos y tuvimos la enorme fortuna de que muchas de nuestras peores decisiones adolescentes simplemente desaparecieran porque nadie pensó en grabarlas.
Ahora vemos crecer a una generación para la que todo aquello parece prehistórico y supongo que aquí empieza algo que nuestros papás sintieron antes con nosotros. Un día el mundo cambia sin pedirte permiso. Cambia la música, el lenguaje, las relaciones y los códigos. Y uno puede pasarse los siguientes veinte años explicándole a todo el mundo que antes todo era mejor, o aceptar algo mucho más sencillo: no todo lo nuevo tiene que estar hecho para nosotros.
Eso tampoco significa renunciar a lo que nos gusta. Puedes volver a escuchar a los Jonas Brothers, ver “Camp Rock”, emocionarte con una historia de verano o discutir con tus amigas qué personaje tomó la peor decisión y al día siguiente levantarte temprano para llevar a los niños a la escuela o llegar a una junta. No pasa nada.
Tal vez crecer nunca consistió en dejar atrás todo lo que fuimos, sino en aprender a visitarlo sin querer quedarnos a vivir ahí. Por eso, cuando regresan estas canciones, estos personajes o estas historias, sentimos algo que a veces cuesta explicar. No queremos volver. Pero durante un momento recordamos perfectamente cómo se sentía estar ahí.
Y supongo que entonces no queda más que preguntarnos: ¿en qué momento nos pasó esto?