Entre Babel y la ciudad de Dios
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El verdadero desafío de la IA no es qué tan inteligentes serán las máquinas, sino qué tan humanos seremos nosotros frente al poder que estamos creando
Estamos más que claros en afirmar que la inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa tecnológica para convertirse en una estructura que atraviesa nuestra vida cotidiana. Ya no hablamos únicamente de máquinas capaces de resolver problemas complejos, sino de sistemas que recomiendan lo que compramos, seleccionan lo que vemos, traducen nuestras palabras, orientan nuestros desplazamientos, participan en decisiones financieras, intervienen en procesos educativos, determinan elecciones y comienzan a ocupar espacios que durante siglos consideramos exclusivamente humanos.
Hace una semana tuve la oportunidad de ser invitado por la Universidad de Monterrey a impartir la conferencia “Implicaciones antropológicas de la inteligencia artificial en el marco de Magnifica Humanitas, luces para la Universidad”. El encuentro me permitió reflexionar sobre una cuestión que considero fundamental: frente al extraordinario desarrollo de la IA en estos tiempos, ¿qué significa seguir siendo humanos? Ahí la referencia a las implicaciones antropológicas que se plantean en la “Magnifica Humanitas” publicada el 25 de mayo de 2026.
A partir del texto, planteé algunas propuestas que considero indispensables para afrontar el desarrollo de la inteligencia artificial: poner a la persona en el centro, reconocer los límites de la IA, asumir la responsabilidad sobre su diseño y utilización, evitar la concentración del poder tecnológico y orientar el progreso hacia la dignidad humana y el bien común. Aclaro: la encíclica del Papa no posee un copyright católico; es un documento dirigido a todos los seres humanos.
La reflexión comienza afirmando que la inteligencia artificial constituye una de las grandes “res novae” –“cosas nuevas”, título de la primera encíclica elaborada por León XIII en 1891– de nuestro tiempo. No se trata, dirá el Papa, de una nueva herramienta tecnológica: estamos ante una transformación que modifica la manera en que trabajamos, decidimos, nos relacionamos y comprendemos nuestra propia capacidad de actuar.
Es en este contexto en el que aparece la encíclica, la cual advierte que la digitalización, la inteligencia artificial y la robótica están produciendo una transformación rápida y profunda de la sociedad, hasta el punto de que nunca la humanidad había tenido tanto poder sobre sí misma. Precisamente por ello, el problema fundamental no es solamente cuánto puede realizar la inteligencia artificial, sino qué estamos haciendo con ella y qué tipo de humanidad estamos construyendo mediante ella (n. 4).
La propuesta central de “Magnifica Humanitas” puede sintetizarse en seis grandes ideas: poner a la persona antes que a la tecnología, preguntándonos para quién y para qué desarrollamos inteligencia artificial, pues el progreso tecnológico sólo tiene sentido cuando está al servicio de la dignidad humana y del bien común; no confundir la inteligencia artificial con la humana, ya que la IA puede superar nuestras capacidades de cálculo y procesamiento, pero no posee conciencia, experiencia, libertad, afectividad ni búsqueda de sentido (n. 99).
Otro de los temas fundamentales se dirime cuando aborda asuntos que tienen que ver con la responsabilidad, reconociendo que detrás de sus decisiones existen personas e instituciones que deben responder por su diseño, desarrollo y consecuencias (n. 105). De ahí que surjan interrogantes como: ¿quién posee los datos?, ¿quién diseña los algoritmos?, ¿quién establece sus criterios?, ¿quién decide qué información recibe una persona?, ¿quién puede utilizar la información que producimos diariamente?, ¿quién obtiene los beneficios económicos?, ¿quién responde cuando un sistema produce un daño? Ante estas preguntas, es menester rendir cuentas.
Aquí es donde aparece la idea de que es pertinente reconocer que la IA no es moralmente neutra, porque todo sistema incorpora decisiones sobre qué mide, qué prioriza y cómo clasifica, por lo que debemos preguntarnos qué valores expresa y a quién beneficia o perjudica (n. 104). Otro punto importante es la invitación que tenemos a evitar la concentración del poder tecnológico mediante límites, transparencia, regulación y responsabilidad pública frente al control de datos, infraestructura y recursos (nn. 106, 108-109).
Finalmente, el horizonte que propone “Magnifica Humanitas” es, por tanto, la idea de una tecnología orientada a la dignidad, la justicia, la solidaridad y el bien común, donde la inteligencia artificial amplíe nuestras capacidades sin disminuir nuestra humanidad (n. 129). En última instancia, el verdadero desafío de la IA no es qué tan inteligentes serán las máquinas, sino qué tan humanos seremos nosotros frente al poder que estamos creando.
Desde mi perspectiva, es una buena reflexión para reconocer y comprender los diferentes riesgos que enfrentamos como sociedades modernas ante el avance de la inteligencia artificial: la desinformación y manipulación, la pérdida de privacidad y la vigilancia, el desempleo y la desigualdad laboral, los sesgos algorítmicos y la discriminación, la dependencia tecnológica y la pérdida de autonomía, el impacto ambiental y los desafíos de la responsabilidad en la toma de decisiones, pero, de manera particular, los intereses de unos cuantos que desde hace rato controlan y manipulan a la población mundial utilizando irresponsablemente la ciencia y la tecnología.
En la parte final, mis conclusiones desembocaron en la necesidad de que las instituciones establezcan códigos normativos que orienten y regulen el desarrollo y uso de la inteligencia artificial. Aunque llegamos tarde a una transformación iniciada en 1950 con Alan Turing, la Unión Europea intervino con su Ley de Inteligencia Artificial en 2024, Estados Unidos en 2025 y México avanza actualmente en esa dirección. El principio fundamental es claro: la IA no debe sustituir el criterio, la creatividad, la colaboración, la comunicación ni la responsabilidad humana. Al final, se trata, como dice León XIV, de ser constructores de comunión; no de arquitectos de Babel (...), no dueños de torres destinadas a derrumbarse (n.16). Así las cosas.