Envejecimiento demográfico no es sinónimo de fragilidad económica
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Las economías han demostrado una y otra vez su capacidad para adaptarse al cambio demográfico
Por Andrew J. Scott, Project Syndicate.
OXFORD- La transición demográfica mundial, caracterizada por la disminución de las tasas de natalidad y el aumento de la esperanza de vida, es una de las transformaciones más trascendentales del último siglo, y el envejecimiento poblacional alienta un flujo constante de pronósticos económicos pesimistas. Si en algo coinciden los economistas académicos, las organizaciones internacionales y los gobiernos nacionales es que el resultado inevitable del envejecimiento poblacional es la parálisis económica.
Pero contra lo que se podría suponer, la experiencia de los últimos setenta años ofrece pocos argumentos en respaldo de este consenso pesimista. La disminución de las tasas de natalidad durante ese período no frenó el crecimiento general del PIB. Que las poblaciones envejecieran y disminuyera su ritmo de crecimiento no se trasladó necesariamente a las economías.
Al evaluar cualquier proyección económica a largo plazo, hay que tener presente la famosa frase del legendario beisbolista Lawrence “Yogi” Berra: “Es difícil hacer predicciones, sobre todo sobre el futuro”. Por ejemplo, prever los efectos de la inteligencia artificial sobre el crecimiento o la deuda pública es un proceso muy incierto si se tiene en cuenta el poco tiempo transcurrido desde el surgimiento de esta tecnología y la rapidez de su evolución.
Pero el cambio demográfico es diferente, porque disponemos de abundantes datos históricos con los que evaluar sus consecuencias económicas. En un trabajo reciente en coautoría con el premio nobel de economía Daron Acemoglu, David Autor y Keelan Beirne (todos ellos del MIT), examinamos décadas de datos de cambio demográfico en distintos países y regiones para analizar los efectos de las variaciones en las tasas de natalidad y en las estructuras etarias sobre el desempeño económico.
Los resultados son sorprendentes. En la comparación entre países y entre áreas de mercado laboral en los Estados Unidos, las zonas con tasas de fecundidad más bajas experimentaron un crecimiento más rápido del PIB per cápita o de las ganancias por persona, mientras el crecimiento del PIB general y el total de ganancias se mantuvieron casi sin cambios. Parece existir una respuesta sistemática de las economías a la disminución de la fecundidad y el consiguiente envejecimiento relativo de la fuerza laboral: aumentan la productividad y la inversión de capital, y la actividad se desplaza de los sectores con uso intensivo de mano de obra a la exportación de alta tecnología.
Impulsa estas tendencias un cambio en los procesos de innovación y en la concesión de patentes, que muestran un desplazamiento hacia tecnologías de ahorro de mano de obra como la automatización y las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Es decir, aunque las transiciones demográficas reducen la cantidad de trabajadores y frenan el crecimiento de la población, el progreso tecnológico aumenta la productividad de los que quedan; eso compensa la reducción de la fuerza laboral y sostiene el crecimiento del PIB.
La respuesta tecnológica a la disminución de las tasas de fecundidad no se condice con la tesis habitual del dividendo demográfico inicial. Según la idea tradicional, en las primeras etapas de una transición demográfica, disminuye la cantidad de niños, mientras la proporción de personas mayores se mantiene en niveles relativamente reducidos. Esto, a su vez, aumenta el tamaño relativo de la población en edad de trabajar e impulsa el crecimiento del PIB. Una reducción de las tasas de fecundidad puede reforzar ese dividendo al alentar el ingreso a la fuerza laboral de más mujeres y aumentar la inversión en la educación de cada niño.
Pero el dividendo es temporal. Al persistir las bajas tasas de natalidad y aumentar la esperanza de vida, crece la proporción de personas mayores y se genera la carga económica que suele asociarse al envejecimiento de la población.
El mecanismo que identificamos apunta en una dirección diferente. Hallamos que la escasez de mano de obra puede alentar cambios tecnológicos y generar mejoras de productividad que perduran mucho después de la desaparición del dividendo demográfico inicial.
Un buen ejemplo de este fenómeno parece ser China, un país que está experimentando una de las transiciones demográficas más rápidas y drásticas de la historia; se prevé que su población en edad de trabajar (entre 15 y 64 años) disminuya desde un máximo de unos mil millones de personas hasta unos 300 millones en 2100. Es difícil no vincular esta tendencia con la extraordinaria apuesta de China por la robótica. El parque de robots industriales del país se duplicó entre 2021 y 2024, y ya representa más o menos la mitad del total mundial.
Por supuesto, hay buenas razones para cuestionar el poder predictivo del pasado. Algunos países, entre ellos China, enfrentan un cambio demográfico más rápido y amplio que cualquier otro que hayamos visto en los últimos setenta años. La adaptación tecnológica puede compensar gran parte de la presión económica resultante, pero quizá no toda.
Aun así, no tener en cuenta los datos de los últimos setenta años al hacer pronósticos para los próximos setenta implica un riesgo de permitir que el instinto sustituya el análisis. Muchas veces, el pesimismo en relación con el envejecimiento poblacional parece obedecer no sólo a factores económicos reales sino también a las connotaciones que evoca la palabra. Es como si la economía estuviera destinada a envejecer junto con la población, desde la vitalidad juvenil hasta una senectud frágil y un declive inevitable.
Es verdad que estamos entrando en territorio demográfico inexplorado. Por ejemplo, se prevé que en los próximos 75 años, la proporción de estadounidenses mayores de 65 años aumentará del 17 % al 29 %. Pero en los 75 años anteriores la proporción se había más que duplicado (de 8 % a 17 %), sin que se desacelerara el crecimiento económico. ¿Por qué dar por sentado automáticamente que esta vez será diferente?
Ya sea con una respuesta tecnológica a la escasez de mano de obra, con cambios institucionales frente al aumento de la esperanza de vida o con más inversión en capital humano, las economías han demostrado una y otra vez su capacidad para adaptarse al cambio demográfico. Es probable que esta capacidad influya más en nuestro futuro económico que el supuesto obsoleto de que una sociedad senescente tiene que generar una economía senescente. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Andrew J. Scott es profesor de Economía en la London Business School e investigador principal en Economía en el Ellison Institute of Technology.