Explotación de gas no convencional en México: elegir entre inconvenientes
COMPARTIR
Como lo he sostenido anteriormente en este mismo espacio (8 de marzo de 2025), es un error asumir que el fenómeno político que representa Donald Trump en los Estados Unidos es algo forzosamente pasajero. Debemos actuar con cierto “pesimismo estratégico”, bajo la premisa de que su visión de la política exterior y, en especial, el uso de la energía como herramienta de presión geopolítica, se está consolidando como una estrategia de largo alcance en nuestro vecino del norte.
Para México, y muy particularmente para Coahuila, esto no es un tema menor. Nuestra seguridad nacional y nuestro dinamismo industrial dependen hoy de un hilo: el 75 por ciento del gas natural que consumimos es importado, principalmente de Texas. El gas natural no solo se usa directamente para necesidades en la industria, sino que alimenta la mayor parte de la generación eléctrica. Este gas, irónicamente, es gas de lutitas extraído mediante fracturación hidráulica o fracking. Es decir, hoy ya consumimos gas extraído con la técnica que en nuestro suelo prohibimos, exportando el impacto ambiental, pero manteniendo la vulnerabilidad de que, si un ducto en Texas se cierra, nuestro sistema eléctrico entra en crisis, como ya ha ocurrido (por razones meteorológicas y no políticas en esa ocasión).
En este contexto, la presidenta Claudia Sheinbaum ha planteado una revisión sobre el aprovechamiento de nuestros recursos no convencionales. Coahuila está en el centro de esta discusión, pues gran parte del potencial reside en la Cuenca de Sabinas y la de Burgos, que es una continuación geológica de los yacimientos texanos. Mientras que nuestras reservas convencionales son de 83 billones de pies cúbicos, los recursos no convencionales alcanzan los 141 billones, según Pemex, e incluso la Administración de Información Energética de Estados Unidos estima que México posee la sexta reserva mundial, con 545 billones de pies cúbicos.
¿Por qué ahora sí se discute? El expresidente López Obrador fue muy insistente en la prohibición de la fracturación hidráulica, pero hay que reconocer que dos cosas han cambiado. En primer lugar, la tecnología ha avanzado. Hoy se habla de un cambio importante, donde en un solo punto concentrado se realizan múltiples perforaciones horizontales en lugar de hacer muchas perforaciones superficiales, lo que reduce la afectación; también hay procesos que permiten reciclar hasta el 80 por ciento del agua utilizada, empleando aguas industriales o salobres que no compiten con el consumo humano. Además, las perforaciones a más de 4 mil metros de profundidad buscan evitar daños a los mantos acuíferos superficiales mediante capas reforzadas de acero y cemento.
Sin embargo, hay que ser realistas: el impacto ambiental, aunque probablemente reducido, sigue existiendo y no debe negarse. Además, enfrentamos un reto económico brutal. En Texas, el gas es un subproducto casi “regalado” de la extracción de petróleo, lo que hace que su precio sea bajísimo. Producirlo en México tendría, muy probablemente, un costo mayor. Y las mejoras tecnológicas en el manejo del agua pueden toparse con pared ante procesos de crisis hídrica que tienen su propia dinámica. Todo eso es real y debe reconocerse y atenderse.
La política es, muchas veces, el arte de elegir entre inconvenientes. Ese es el dilema que hoy está sobre el escritorio de la Presidenta. Por un lado, mantener la dependencia de un suministro crucial y estratégico con EEUU; por el otro, buscar la soberanía energética mediante la explotación de recursos propios, asumiendo necesidades de inversión y riesgos ambientales que, en su caso, deben ser estrictamente vigilados.
Para evaluar esto con rigor, se ha integrado un Comité Técnico-Científico por instrucciones de la Presidenta, que presentará resultados en dos meses, para tener todos los elementos para ponderar los riesgos de uno y otro camino. El debate en Coahuila debe ser así: informado, técnico y, sobre todo, responsable con el futuro.