Feria Internacional del Libro en Monterrey

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Opinión
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No estoy vilipendiando esa feria, sólo que les falta organización, pero lo mejor fueron los conferencistas que trajeron

Estuve ahí, no podía perdérmela. Desde mi ingreso advertí que tenía que pedir permiso, rodear o retroceder: había miles de estudiantes, una buena parte guiados por alguna maestra. A veces caminaban en fila, otras estaban sentados en el suelo y, más adelante, escuchando un sermón de sus coordinadores. No vi problema en ello; al contrario, me sentí impresionado de tanto niño. Cualquiera que sea en el futuro su relación con la lectura, esa experiencia debe enseñarles que se trata de algo importante o, al menos, interesante.

Un amigo y yo nos hicimos compañía. Cada uno deseaba encontrar una obra, un autor, una editorial. Él quería localizar libros de Federico García Lorca y Pablo Neruda. Le propuse empezar por su búsqueda. Los lectores no me lo creerán, pero recorrimos nueve estands de ese número de editoriales, algunas muy famosas y otras pequeñas. Preguntábamos a un encargado: “¿Qué tiene de García Lorca?”. Primero nos hacían repetir el nombre: “¿Cuál era el segundo apellido?”. “¡Lorca!”, respondíamos. Consultaba su pantalla: “¿Es Federico?”. “¡Sí!”. “No, no lo tenemos”. Esto se repitió en cinco de los nueve lugares. Tampoco tenían a Neruda. Nos dirigimos a la entrada para preguntar a los guías; no tenían listas de autores, pero nos indicaban: “Busquen en Océano, en Penguin, etcétera”. “¡Ya fuimos!”.

Libertad de expresión y derechos de autor

Mi amigo encontró un libro, uno que no buscaba, y se plantó frente a la caja. Había fila y esto es un buen síntoma, pero avanzaba con lentitud. Mientras tanto, un jovencito de alrededor de 17 años me dijo, con cierta timidez: “¿Podría recomendarme alguno?”. “¡Claro!”, respondí. Mencioné a Rulfo, Borges, Paz, Kafka, entre otros. Estábamos frente a una mesita con todas las obras de García Márquez y preguntó: “¿Cuál?”. Puse en su mano “Cien Años de Soledad”. “Te va a encantar”, le aseguré. Y lo llevó. Fue una experiencia muy bella. Mientras tanto, Roberto había pagado. Ahora me tocaba a mí.

Fuimos a Porrúa. “¿En qué le puedo servir?”. “Busco de Francisco de Vitoria ‘Relecciones sobre los indios y el derecho de guerra’”. Abrió su pantalla: “¡Aquí está!”. “Lo llevo”, dije. “¡No, no lo tenemos aquí, está en México, puede pedirlo!”. Esto se repitió en dos estands. Por fin, en el pequeño lugar de la UNAM encontré dos libros.

Luego pasamos a Moleiro, la editora más perfecta del mundo, situada en Barcelona. Los mejores libros medievales en copia fidelísima. Dicen ellos que cualquiera puede confundir el original (de la Biblioteca Británica, del Monasterio de Montserrat, de la Biblioteca de Francia...) con su reproducción. Los más bellos, sin comparación con ninguna otra editorial, pero también los más caros. Vimos “El Libro de Horas de San Luis” (siglo 13 o 14), el cual costaba 60 mil pesos. Bueno, ojeamos varios por el simple goce.

Compré uno del cartógrafo francés Vallard, que dibujó América completa en 1547. ¡Hermosísimo! Muy barato, al contrario del que mencioné, y lo pagaré en tres meses. ¿Por qué lo hice? Porque en uno de los muchos mapas del mundo aparece la Nueva España (México) de esa fecha y asoman indígenas desnudos de nuestra región norteña.

No estoy vilipendiando esa feria, sólo que les falta organización. También traen ejemplares que se venden bien, como los de cuidados del cuerpo, novedades literarias, consejos para ser feliz, guías de salud y demás. Pero lo mejor fueron los conferencistas que trajeron. Me quedé con las ganas de ir a escuchar a la filóloga y lingüista Laura García y al Premio Nobel de Literatura Jean-Marie Gustave Le Clézio, de quien he leído tres obras: “Desierto”, una sobre el Códice de Michoacán (que no encuentro) y “El Sueño Mexicano”, en la que menciona una rebelión indígena de nuestra tierra, con los nombres de los caciques que la encabezaron. Tampoco lo fui a ver. ¡Qué le vamos a hacer!

Cuestiones presentes y pertinentes

Siento ganas de mencionar al más grande promotor de la lectura en toda nuestra historia: Paco Ignacio Taibo II. Él está revolucionando el mercado de los libros; ha promovido 24 mil clubes de lectura en todo México y otros tantos en Chile, Argentina, Perú y Colombia, países en los que el Fondo también edita.

Antes de ser director del Fondo de Cultura Económica, Paco promovió la lectura junto a su esposa Paloma. Se ponían a la entrada del Metro y entregaban un libro a cada pasante, pidiéndoles que lo dejaran al final de su trayecto. Se perdió poco más de la mitad, lo que ambos consideraron un triunfo.

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Columna: De habla y tiempo

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