Hablemos de Dios 89

Opinión
/ 12 marzo 2022
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Ya no es mi favorito, pero un tiempo lo fue y sabía sus poemas de memoria. Hoy con la relectura de Jaime Sabines, al encontrarme de nuevo sus textos en su libro “Recuento de Poemas 1950-1993”, para editorial Joaquín Mortiz, me ha vuelto a gustar, sí, pero no como en mis épocas juveniles. Uno cambia, la poesía de Sabines sigue intacta e incluso, se agiganta. Por eso lo estamos explorando en esta saga de columnas en clave divina. Y usted lo sabe, en la revista de VANGUARDIA dominical, “360”, coordinada por la periodista Nidia Martínez, lo estamos estudiando en clave gastronómica.

El tema de Dios es inagotable. Y leyendo a Sabines, da para un libro entero. Un opúsculo al respecto: abordar y demostrar sus ideas sobre ese ser inasible llamado Dios. Lo vamos glosando, analizando, paladeando. O bien y de plano, padeciendo. Por sus ideas incendiarias sobre Dios y lo divino. Iniciamos en esta saga de nuevo.

Jaime Sabines era un gran lector de la Biblia. Así lo deja traslucir una y otra vez en sus textos. La glosa, la sabe al dedillo. En uno de sus libros, “Tarumba”, editado por primera vez en 1956, tiene dos epígrafes con los cuales abre su libro: uno de el libro de “Crónicas” y otro del libro de “Samuel”. En el primero se lee lo siguiente, lo cual eriza la piel y el esqueleto: “Sálvanos, oh Dios, salud nuestra: júntanos y líbranos de las gentes...”. Caray, nada más certero en tiempos de pandemia y aciagos como los que hoy vivimos usted y yo, lector. El epígrafe es bueno, puntual y doloroso. ¿Quién es el principal enemigo de un hombre? Otro hombre. Lo acabamos de ver en el enfrentamiento entre simios de una tribu (el Atlas de Guadalajara), en contra de otra manada de simios (Querétaro).

De allí el famoso aforismo de la antigüedad: el hombre es lobo del hombre. Luego lo retomaría el filósofo Thomas Hobbes, usted lo sabe. ¿Si no confiamos ni queremos a la gente, a nuestro vecino, al próximo, al prójimo. Dios nos quiere y tolera a nosotros? ¿Dios nos quiere? Nunca lo sabremos. Nunca lo podemos ver y nuca lo vamos a ver. ¿Dios nos hace gestos? Nunca lo sabremos. ¿Quién ha mirado a Dios de frente? Nadie. Ni Moisés.

¿Dios contra nosotros o con nosotros? Dejemos que responda en uno de sus poemas, el maestro Jaime Sabines: “Preocupado, afligido de Dios, que tiene la cara blanca y vacía, sin una sola palabra ni un gesto, preocupado de la piedra que es la cabeza de Dios (la piedra sobre la mesa de madera, la piedra sobre el agua, la piedra que tienen en la mano los muertos), uno podría hablar de Dios interminablemente, con ternura y con odio, como de un hijo perdido. Uno podría quedarse callado de Dios sin cesar, como se queda callado de la sangre el corazón trabajador y silencioso” (Página 177).

Ahora bien, lo anterior, si usted recuerda y tiene su Biblia a la mano, es justamente la reescritura para tiempos actuales y poemas en prosa de Éxodo, capítulo 33, verso 18 en adelante. Leámoslo a vuela pluma: “Él entonces dijo (Moisés), te ruego que me muestres tu gloria... Y le respondió: yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, proclamaré el nombre de Jehová delante de ti...”. Y a continuación, viene el parágrafo revelador: “Dijo más: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre y vivirá...”.

Esquina-bajan

Así de claros: nunca, jamás ni usted ni yo vamos a conocer a Dios. Regresamos al poeta y sus versos perturbadores: “He visto esta maniobra de la luz a través de la ventana, en mi casa, en un departamento atiborrado de ruidos, el calentador, la televisión, los gritos de los niños. Sólo por un instante me di cuenta del cielo. ¡Qué naturaleza, qué Dios tan distante y tan ajeno!” (Página 177). Caramba, nada más certero en muchas ocasiones lo cual sentimos a lo largo de nuestra existencia.

¿De qué está hecha su vida, señor lector: de anhelos y esperanzas frustradas, de sueños rotos o bien, de placeres y encanto, de vida plena y rubor de Dios? ¿Cómo irse: con la sonrisa en los labios o con la amargura de haber vivido? Toda ventisca y vendaval tiene su inicio y su fin. La vida se cumple y siempre en la muerte. Caray, para fortuna de todos. ¿Eternidad? Claro, existe: es tal vez sólo en el feliz y eterno instante de hacer el amor con la mujer, si no amada, sí deseada. Siempre deseada y también, añorada.

En la estancia número cuatro del texto “La Tovarich”, se deletrean las siguientes palabras para el fin. Leamos a Sabines, siempre oteando a Dios: “Hebra de anhelo, sol menguante/ ovejas en la tarde sur./ Tibia la mansa hora de dormir./ Que todos mueran a tiempo, Señor,/ que gocen, que sufran hoy./ Desampáreme, Señor,/ que no sepa quién soy...”.

No hay bien sin maldad. ¿Hay maldad? También y siempre, debe de haber o existir bondad, el bien. ¿Definición de color negro? Ausencia de luz, ausencia de blancura. ¿Usted cree en Dios? ¿Es entonces obligado creer en el diablo, el famoso Ángel caído de la Biblia, el cual divide, el famoso padre de la mentira? Al parecer al día de hoy y por los tiempos que nos asisten, hay más gente crédula de Satán y el diablo y no de Dios altísimo. Cara y cruz. Alegría y llanto. Blanco y negro. Si existe Dios, hay diablo. Leamos a Sabines...

“Los borrachos que gritan no duran mucho, se derraman como una arteria rota. Los silenciosos están siempre conversando con Dios. El diablo es el reverso de la moneda de Dios, la única moneda que les queda después de todo, la que usan para pagar su último trago”.

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Sabio, sabio y tremendo el maestro Jaime Sabines.

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