Hacia el futuro

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Opinión
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Hace 138 años, el 4 de septiembre de 1888, George Eastman patentó una cámara que simplificaba radicalmente el acto de fotografiar.

El documento parecía proteger un mecanismo: una caja, un obturador y un soporte para la película. En realidad, anunciaba algo más profundo: una nueva relación entre las personas, el presente y la memoria.

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Hasta entonces, fotografiar exigía conocimientos técnicos, equipos pesados y procedimientos reservados a profesionales. Eastman comprendió que el obstáculo no era la falta de interés, sino la complejidad.

Su cámara “Kodak”, cargada para cien exposiciones, podía sostenerse con las manos. Después se enviaba a Rochester, donde la empresa revelaba las imágenes, hacía las copias y colocaba otro rollo.

“Usted aprieta el botón; nosotros hacemos el resto”, prometía su publicidad. Kodak no vendía cámaras, sino sencillez y la posibilidad de conservar la vida. Cumpleaños, viajes, hijos y paisajes dejaron de depender de un especialista.

La empresa hizo cotidiana la memoria y construyó un imperio basado en rollos, papel, químicos y revelado. Precisamente en la fortaleza de su éxito comenzó a esconderse su mayor vulnerabilidad.

CEGUERA

Casi noventa años después, en 1975, Steven Sasson, un ingeniero de Kodak, recibió una tarea incierta: investigar si un dispositivo podía captar imágenes. Sin un camino trazado, reunió piezas del laboratorio para lograr este objetivo.

El resultado pesaba casi cuatro kilogramos, tenía el tamaño de una tostadora y producía imágenes en blanco y negro repleto de píxeles. Necesitaba veintitrés segundos para guardarlas en cinta magnética. Era lento e impráctico. Sin embargo, contenía el principio de las cámaras digitales actuales: captar la luz, convertirla en datos, almacenarla y recuperarla sin película.

Kodak tuvo el futuro ante sus ojos. El trabajo de Sasson quedó protegido por una patente concedida el 26 de diciembre de 1978. La compañía que democratizó la fotografía química había inventado también la cámara digital autónoma. El porvenir no llegó desde la competencia: nació en sus laboratorios.

PARADOJA

Esta es la paradoja de Kodak: vio el cambio antes que casi todos. Sus científicos lo construyeron, sus directivos lo conocieron y sus abogados lo patentaron. Pero ver no siempre es comprender, y comprender no garantiza el valor de actuar.

Una organización puede descubrir el futuro y rechazarlo cuando amenaza las utilidades, certezas, paradigmas y privilegios construidos por el pasado.

La cámara sin película planteaba una pregunta incómoda: ¿qué ocurriría con los rollos, el papel, los químicos y el revelado si las imágenes se volvían archivos? Impulsarla significaba debilitar el negocio que financiaba a Kodak.

La empresa continuó investigando, acumuló patentes y lanzó productos digitales, pero quería participar en el nuevo mundo sin abandonar la economía del antiguo. Protegió su presente y dejó desprotegido su porvenir.

BLOCKBUSTER

Mientras Kodak vacilaba ante la fotografía sin película, otra empresa construía su grandeza alrededor de un soporte destinado a desaparecer. El 19 de octubre de 1985, David Cook abrió en Dallas el primer videoclub Blockbuster, era un “invento” genial: la industria del entretenimiento en casa.

Blockbuster ofrecía miles de títulos, amplios horarios, exhibición ordenada y un sistema computarizado para controlar el inventario, de esta manera transformó la renta de películas en un ritual familiar.

Millones de personas recorrieron sus pasillos buscando el estreno del fin de semana. La tarjeta de socio, las cajas azules y amarillas, la devolución por el buzón y los recargos por atraso formaron una experiencia reconocible.

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La fórmula se multiplicó velozmente. En su apogeo, durante 2004, Blockbuster operó más de nueve mil establecimientos y empleó a más de ochenta mil personas. Su presencia parecía garantizar permanencia.

Cada tienda era punto de venta, bodega, escaparate y barrera frente a competidores con menos capital. Pero aquellas fortalezas físicas pronto se transformaron en costos difíciles de sostener.

El consumidor prefirió caminos más sencillos: películas por correo, quioscos automáticos, suscripciones, pero principalmente contenidos transmitidos por el incipiente internet. Ya no deseaba conducir hasta una tienda, esperar una copia disponible ni pagar por entregarla tarde. Quería elegir desde casa y mirar de inmediato.

El negocio dejó de girar alrededor de un disco y comenzó a organizarse alrededor del acceso inmediato y fácil, mediante plataformas de entretenimiento.

QUIEBRA

Blockbuster tuvo oportunidades para adaptarse. Incursionó en el servicio por correo y exploró el mercado digital. Sin embargo, miles de locales, compromisos financieros y, particularmente, la lógica que producía sus ingresos limitó su transformación. Quería avanzar hacia el futuro sin renunciar al modelo que pagaba la renta del presente. ¡Imposible!

La quiebra de Blockbuster ocurrió el 23 de septiembre de 2010 y, finalmente, el 12 de enero de 2014 cerraron las últimas trescientas tiendas corporativas estadounidenses y terminó el servicio por correo.

Kodak y Blockbuster pertenecieron a industrias distintas, pero compartieron una confusión similar y una misma ceguera. Kodak creyó que su negocio era la película, cuando era capturar y compartir recuerdos. Blockbuster creyó que eran las tiendas y los discos, cuando era facilitar el acceso al entretenimiento, realidad que cabalmente comprendido Netflix.

Una poseía la patente; la otra, miles de tiendas. Ninguna comprendió que tener la respuesta en el laboratorio o al cliente en la tienda no garantiza formular a tiempo la pregunta correcta. Ambas confundieron el instrumento con el propósito y el vehículo con el destino.

La diferencia hace inquietante la comparación. Kodak inventó el futuro que acabaría desplazándola; Blockbuster lo vio crecer frente a sus establecimientos. Una poseía conocimiento tecnológico; la otra, cercanía con millones de consumidores.

Sin embargo, ni la patente ni la presencia comercial bastaron. El éxito había moldeado su manera de mirar y ambas interpretaron las señales utilizando mapas de un mundo que comenzaba a desaparecer.

ACTUALIZACIÓN

Sería superficial afirmar que ambas cayeron por una decisión. Hubo competidores, deudas, hábitos y errores de ejecución, pero hoy permanece una advertencia: poseer recursos e información no equivale a tener la lucidez para convertirlos en futuro.

La lección es actualizarse. No significa perseguir novedades, despreciar la experiencia ni renunciar a los principios. Significa revisar si conocimientos, procesos e instituciones responden a la realidad. Los valores pueden permanecer; sus formas deben evolucionar. Cuando el mundo cambia y permanecemos inmóviles, lo que hacemos bien pierde sentido.

DESAFÍO

Esta responsabilidad trasciende a las empresas. Interpela a los gobiernos, particularmente al mexicano: sus decisiones alcanzan a millones y sus omisiones, ineficiencia y malas prácticas atraviesan generaciones.

Una compañía que reacciona tarde pierde posición. Un gobierno que llega tarde a las o no comprende las realidades del presente puede ampliar desigualdades, desperdiciar talento y comprometer las oportunidades de un país.

El desafío educativo es particularmente urgente. No podemos preparar jóvenes para un mundo desaparecido, bajo una visión educativa anclada en siglos pasados. La inteligencia artificial, la automatización y el trabajo cambiante exigen actualizar contenidos, métodos y competencias.

Obligan a fortalecer cuanto ninguna tecnología debe sustituir: pensamiento crítico, criterio ético, creatividad, comunicación y capacidad para distinguir la verdad del engaño.

Actualizar la educación no consiste en llenar aulas de pantallas ni sustituir al maestro. Exige formar al docente, revisar programas, enseñar a aprender y conectar el conocimiento con problemas reales.

La tecnología sin pedagogía solo cambia apariencias. Una escuela conserva los fundamentos que humanizan y transforma cuanto impide al estudiante comprender su tiempo.

PREGUNTAS

Kodak tuvo el futuro entre las manos y temió revelar su imagen. Blockbuster lo vio y tardó en abrirle. El gobierno no puede repetir esa equivocación con la educación. Cada ciclo escolar por inercia es tiempo irrecuperable. Posponer la actualización evita conflictos inmediatos, pero traslada el costo a quienes aún no tienen voz.

Liderar exige escuchar las señales antes del estruendo y preguntar: ¿qué conocimientos perdieron vigencia?, ¿qué capacidades serán indispensables?, ¿qué preservar y qué cambiar?

Actualizarse exige humildad: reconocer que nada es definitivo y agradecer el pasado no exige obedecerlo. La memoria debe iluminar el camino, no hacernos caminar hacia atrás.

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JAMÁS

El fracaso no consiste en que el porvenir nos sorprenda, sino en verlo y negarnos a prepararnos.

Las empresas que no se actualizan pueden desaparecer; los gobiernos que no actualizan la educación ponen en riesgo el futuro de su sociedad entera; las personas que no se actualizan, que no leen, que no continúan aprendiendo, pueden caer en la incompetencia súbita.

El pasado debe ser fundamento, nunca retroceso, jamás prisión; memoria para avanzar, de ningún modo pretexto para imponer dogmas o paradigmas.

Educar exige conservar las raíces y tradiciones y, al mismo tiempo, abrir las puertas para que cada nueva generación avance, con conocimiento, juicio crítico y libertad, hacia su propio horizonte: el futuro.

cgutierrez_a@outlook.com

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