Nuevos caminos
8 de agosto de 1914. 30 de agosto de 1916. Poco más de dos años separan ambas fechas. Dos años que fueron suficientes para escribir, entre hielo, hambre, oscuridad, incertidumbre y miedo, una de las historias extraordinarias de valentía, resistencia y liderazgo del siglo XX.
Una historia que comenzó con la ambición de conquistar un territorio y terminó revelando algo más profundo: que la verdadera grandeza de quien dirige no siempre se encuentra en llegar a la meta, sino en hacerse responsable de quienes decidieron acompañarlo.
ENDURANCE
Ernest Shackleton tenía cuarenta años cuando el Endurance zarpó de Plymouth aquel 8 de agosto de 1914. Su propósito era extraordinario: atravesar por primera vez el continente antártico, desde el mar de Weddell hasta el mar de Ross, pasando por el Polo Sur.
Otros exploradores habían alcanzado ya aquel punto remoto del planeta. Roald Amundsen lo había conseguido en 1911 y Robert Falcon Scott había llegado pocas semanas después, pagando con su vida y la de sus compañeros el regreso. Shackleton buscaba ahora realizar lo que consideraba la última hazaña pendiente de la exploración antártica.
Europa, mientras tanto, comenzaba otra clase de tragedia. La Primera Guerra Mundial acababa de estallar. El mundo se encaminaba hacia una destrucción inimaginable mientras un grupo de hombres navegaba hacia uno de los lugares inhóspitos de la Tierra. El nombre del barco resultaría casi profético: Endurance, resistencia. Procedía del lema de la familia Shackleton: Fortitudine vincimus, vencemos resistiendo.
ATASCO
Después de pasar por Buenos Aires y Georgia del Sur, la expedición se internó en el mar de Weddell. Todo parecía dispuesto para comenzar la travesía. Pero la Antártida rara vez respeta los planes de los hombres. El 18 de enero de 1915, antes de alcanzar el lugar previsto para desembarcar, el Endurance quedó atrapado en el hielo.
No podía avanzar. Tampoco podía regresar.
Durante meses, el barco permaneció prisionero de una inmensa superficie helada que lo arrastraba a la deriva. La presión comenzó a deformar el casco hasta que Shackleton comprendió que el barco estaba perdido. El 27 de octubre ordenó abandonarlo. El 21 de noviembre de 1915, el Endurance terminó desapareciendo bajo las aguas.
Con él se hundió también el propósito de la expedición. No habría travesía de la Antártida. No habría conquista geográfica. No habría fotografía triunfal en el punto de llegada. Todo aquello que había justificado años de preparación había dejado de existir. Y precisamente entonces comenzó la verdadera historia de Ernest Shackleton.
MISIÓN
Sobre el hielo quedaron 28 hombres. Aislados del mundo, sin barco, sin comunicaciones y sin posibilidad de rescate. La expedición había fracasado antes de comenzar. El plan ya no servía. Los mapas ofrecían pocas respuestas y ninguna autoridad externa podía resolver el problema.
Solo quedaban ellos y las decisiones que fueran capaces de tomar.
Shackleton comprendió que había cambiado la misión. Ya no importaba atravesar la Antártida. Tampoco salvar el prestigio personal ni justificar el fracaso. Había algo mucho más importante: regresar con todos sus hombres.
En circunstancias extremas, la frontera entre perseverancia y obstinación puede ser muy delgada. A veces se continúa defendiendo un objetivo simplemente porque fue el objetivo original. Se confunde firmeza con incapacidad para rectificar y se insiste en una ruta aun cuando la realidad demuestra que conduce al desastre.
Shackleton hizo lo contrario. Cambió el plan sin cambiar sus principios. Esa diferencia explica buena parte de su grandeza.
LIDERAZGO
Durante meses mantuvo a su tripulación sobre el hielo procurando conservar no solamente la supervivencia física, sino también la moral del grupo. Sabía que el frío y el hambre eran enemigos visibles, pero que existían otros quizá más peligrosos: la desesperanza, el miedo, los conflictos y la sensación de abandono.
Por eso conservó rutinas, asignó responsabilidades, observó cuidadosamente el estado de ánimo de sus hombres y procuró que nadie quedara aislado de los demás.
Ahí aparece una enseñanza que conserva una sorprendente actualidad.
El liderazgo comienza a revelarse cuando las respuestas dejan de ser evidentes, cuando la información resulta incompleta y cuando alguien debe asumir las consecuencias de una decisión. Es entonces cuando quienes integran una organización observan a quien dirige y buscan algo que no aparece en ningún organigrama: criterio, serenidad, congruencia y confianza.
DECISIÓN
En abril de 1916, después de meses sobre el hielo y de una peligrosa navegación en tres pequeños botes, lograron alcanzar Elephant Island. Por primera vez en mucho tiempo pisaban tierra firme. Pero aquella isla estaba deshabitada y alejada de las rutas habituales de navegación. Nadie sabía que se encontraban allí. Permanecer esperando equivalía a confiar la vida a una improbable casualidad.
Shackleton tomó entonces una decisión extraordinaria. Junto con cinco hombres se embarcó en un bote de apenas siete metros, para recorrer alrededor de 800 millas náuticas a través de uno de los océanos más violentos del mundo hasta llegar a Georgia del Sur.
Durante más de dos semanas navegaron entre tormentas, temperaturas extremas y enormes olas.
Un pequeño error podía hacerles pasar de largo la isla y condenarlos en el océano. Llegaron. Pero desembarcaron en el lado equivocado.
Shackleton, Worsley y Tom tuvieron entonces que atravesar montañas y glaciares hasta alcanzar la estación ballenera de Stromness. Después de aquella travesía, Shackleton estaba finalmente a salvo.
RESCATE
Pero había 22 hombres esperando en Elephant Island. Y había dado su palabra.
Intentó regresar por ellos una vez. El hielo se lo impidió. Volvió a intentarlo. Nuevamente fracasó. Lo intentó una tercera vez. Tampoco pudo llegar. No renunció.
Finalmente, a bordo del remolcador chileno Yelcho, consiguió aproximarse a la isla. Era el 30 de agosto de 1916.
Los hombres que llevaban más de cuatro meses esperando observaron una embarcación acercarse entre la bruma. Difícilmente podemos imaginar lo que significó aquella silueta en el horizonte. Todos estaban vivos.
Shackleton había fracasado en la misión que lo llevó a la Antártida y, sin embargo, había alcanzado una victoria mucho más difícil de medir. Regresó por todos.
Tal vez ahí se encuentra la razón por la que su historia continúa interpelándonos. Porque obliga a preguntarnos qué entendemos realmente por éxito y, sobre todo, qué esperamos de quienes tienen la responsabilidad de conducir a otros.
PARADOJA
Nuestra época parece admirar al dirigente que gana, crece, conquista, acumula o alcanza resultados. Pero pocas veces preguntamos qué ocurrió con las personas durante el camino. Nos impresiona la meta y olvidamos mirar la ruta.
Un resultado extraordinario puede ocultar un liderazgo miserable. Y un proyecto que fracasa puede revelar una extraordinaria grandeza humana.
La autoridad puede concederla un cargo. El liderazgo, en cambio, debe ganarse con autenticidad. Se gana cuando las decisiones difíciles no se transfieren a otros, cuando los errores se reconocen, cuando la realidad se enfrenta sin disfraces y cuando quienes tienen menos poder descubren que no serán utilizados para proteger el prestigio de quien manda.
Necesitamos dirigentes capaces de comprender que cambiar de rumbo no siempre significa debilidad. A veces significa inteligencia. Reconocer que un plan fracasó no destruye necesariamente la autoridad; lo que la destruye es perseverar irresponsablemente en el error para no admitirlo.
Shackleton supo renunciar a su conquista sin renunciar a su responsabilidad. Tal vez por eso, más de un siglo después, seguimos hablando de él.
ANTE LA ADVERSIDAD
Entre aquel 8 de agosto de 1914 y el 30 de agosto de 1916 salió buscando atravesar un continente y terminó recorriendo un territorio mucho más complejo: el de la condición humana frente a la adversidad.
Hay exploradores que son recordados por los lugares a los que llegaron. Otros, por las fronteras que lograron atravesar. Ernest Shackleton merece ser recordado por algo diferente: por comprender que ninguna conquista vale más que las personas, por saber cambiar el rumbo cuando el rumbo dejó de conducir a alguna parte, por resistir sin convertir la resistencia en obstinación y por entender que dirigir significa también responder. Y, principalmente, por regresar.
Porque acaso la prueba definitiva del liderazgo no se encuentra en conseguir que muchos nos sigan cuando conocemos el camino, sino en lo que hacemos cuando el camino desaparece. Y que aquellos que confiaron en nosotros puedan conservar, aun en medio de la incertidumbre, una certeza fundamental: que no los dejaremos atrás. Convencidos de que “el ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos, porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer”.
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