Hiroshima, Godzilla y la memoria como camino hacia la paz
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Para los derechos humanos, recordar también significa proteger, porque la memoria forma parte de las garantías de no repetición al mantener vivas las lecciones del pasado y contribuir a que las violaciones más graves no vuelvan a ocurrir
Cada año, los días 6 y 9 de agosto, el mundo conmemora los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki, los cuales marcaron un antes y un después en la historia, por la devastación que provocaron y por haber demostrado que el ser humano había adquirido la capacidad de destruirse a sí mismo. Más allá de los llamados al desarme que suelen acompañar a estas fechas, la conmemoración ofrece una oportunidad para reflexionar sobre el papel de la memoria en la construcción de la paz. Recordar una tragedia no consiste únicamente en volver al pasado, sino en transformar ese recuerdo en un compromiso para que una tragedia semejante nunca vuelva a repetirse.
Un ejemplo sugerente de esa relación entre memoria y construcción de paz puede encontrarse en uno de los personajes más emblemáticos de la cultura popular japonesa. Me refiero a Godzilla.
Para muchas personas, Godzilla es un monstruo que destruye ciudades y parece prácticamente indestructible. Sin embargo, detrás de ese personaje hay una historia vinculada con la memoria del horror nuclear. Su primera aparición ocurrió en 1954, apenas nueve años después de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki, aunque la inspiración de la película fue el incidente del barco pesquero japonés Lucky Dragon No. 5, alcanzado por la lluvia radiactiva de una prueba estadounidense de bomba de hidrógeno, realizada en el atolón Bikini, un episodio que recordó a Japón que la amenaza nuclear seguía presente.
En ese contexto, el productor Tomoyuki Tanaka imaginó un monstruo creado por las pruebas nucleares que representaba no sólo la fuerza destructiva de la naturaleza, sino el miedo de toda una sociedad. Su piel evocaba las cicatrices de los hibakusha ⎯nombre con el que se conoce en Japón a las personas sobrevivientes de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki⎯, mientras que su aliento radiactivo reproducía el fuego que consumió ciudades enteras. Cada escena de destrucción se convertía en una forma simbólica de mantener viva una memoria que aún dolía.
Así, Godzilla dejó de ser un personaje cinematográfico para convertirse en una forma de preservar la memoria. Esa capacidad de transformar el dolor en memoria constituye, quizá, una de las funciones más profundas de la cultura, que no sólo entretiene, sino que también ayuda a recordar aquello que resulta tan doloroso que las palabras parecen insuficientes.
Los pueblos conservan la memoria de sus tragedias de muchas maneras: algunos levantan monumentos, otros escriben libros o construyen museos. Japón decidió convertir su trauma en un monstruo, no para alimentar el miedo, sino para impedir que el paso del tiempo normalizara aquello que nunca debió suceder. Es precisamente ahí donde la memoria deja de ser un recuerdo para convertirse en un elemento esencial de la construcción de la paz.
Y ello es así porque la memoria no tiene como propósito mantenernos anclados en el pasado, sino ayudarnos a construir el futuro. Recordar significa comprender y reconocer el costo humano de la violencia, pero, sobre todo, asumir el compromiso que desde hace décadas resume una de las mayores aspiraciones de la humanidad en dos palabras profundamente poderosas: nunca más.
Construir la paz parte de esa convicción, pues ésta no consiste únicamente en la ausencia de guerra, sino en la capacidad de una sociedad para rechazar la violencia antes de que aparezca, educando a las nuevas generaciones para resolver sus diferencias mediante el diálogo.
Por ello, la memoria no constituye un simple ejercicio de nostalgia, sino un verdadero mecanismo de prevención; las sociedades que recuerdan están mejor preparadas para identificar los discursos que deshumanizan a las personas, las expresiones de intolerancia que poco a poco normalizan la violencia y las decisiones que erosionan la dignidad. No olvidemos que ninguna atrocidad aparece de un día para otro, sino que suele estar precedida por procesos de exclusión, indiferencia y deshumanización.
Para los derechos humanos, recordar también significa proteger, porque la memoria forma parte de las garantías de no repetición al mantener vivas las lecciones del pasado y contribuir a que las violaciones más graves no vuelvan a ocurrir. Una sociedad que recuerda no permanece prisionera de sus heridas; por el contrario, las transforma en una responsabilidad compartida con las generaciones futuras.
Quizá Godzilla sigue caminando entre nosotros más de setenta años después de su primera aparición, no porque el mundo necesite un monstruo cinematográfico, sino porque aún requiere recordar el verdadero horror que fue capaz de soltar en 1945.
Más que una criatura gigantesca que destruía ciudades, Godzilla fue una advertencia sobre las consecuencias de olvidar y una forma de recordarnos que la paz no se construye borrando las tragedias de la memoria, sino aprendiendo de ellas.
Después de todo, tal vez el verdadero monstruo nunca fue Godzilla. La verdadera amenaza aparece cada vez que una sociedad deja de reconocer la dignidad del otro, normaliza la violencia o decide olvidar las lecciones de su propia historia. Frente a ese monstruo no bastan ejércitos ni armas. La mejor defensa sigue siendo la memoria, porque es precisamente ahí donde comienza la construcción de la paz.
El autor es investigador de la Academia Interamericana de Derechos Humanos
Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH