Historia de coyotes (y coyotas): estratagema por la cumbre de la felicidad

Opinión
/ 26 febrero 2023
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El cuento que voy a contarte hoy tiene el sabor de los relatos que se dicen en las cocinas de Potrero de Ábrego cuando la tarde se hace larga por la lluvia, o se hace la noche cruel por el invierno. Entonces, frente al fogón en que los leños arden, una taza de yerbanís en la mano y una traviesa chispa en la mirada, don Abundio cuenta otra vez la misma historia, de todos ya sabida.

Aquel compadre se entendió al fin con su comadre, y ella se avino a darle lo que su esposo no buscaba ya. El mayor enemigo del amor es tenerlo disponible. Hasta Romeo y Julieta se habrían cansado al fin uno del otro, y quizás ella habría ido a otro baile, y él a otro balcón. El compadre no era Romeo, ciertamente, ni la comadre era Julieta, pero el instinto no necesita a Shakespeare.

Había un dificultad, empero. El rancho era eso: rancho. Y ni siquiera rancho grande como el de la película, sino pequeño como la realidad. Los ojos del vecindario eran escrutadores. El compadre se puso a pensar cómo podría hacerle para subir a la cumbre de su felicidad. No era ahí donde quería subirse, ya lo sé, pero hay que decir las cosas de modo que no ofendan.

Ideó una trama, entonces. No hay trama que el amor no pueda idear. Amor omnia vincit, decían los antiguos. El amor todo lo vence. Nuestros normalistas ponen “Labor” en vez de “Amor”, pero yo tengo para mí que el amor logra más cosas que el trabajo.

Era ingeniosa la táctica urdida por el compadre para llegar a su comadre. Tan pronto pergeñó su plan lo puso en conocimiento de la amiga.

—Mire, comadre –le dijo como quien comunica el plan de una batalla. Hoy vendré a eso de la medianoche, y desde lejos aullaré como coyote. Me iré acercando, y al llegar alborotaré a las gallinas. Usted le dirá a mi compadre: “El coyote anda en el gallinero. Ve y tírale un balazo”. Saldrá mi compadre, y entraré yo. Mientras él busca al coyote usted y yo a ver qué nos hallamos. No será rato largo el que tendremos, pero eso no es cosa que tome mucho tiempo.

A la comadre le pareció bien la estratagema, y dispuso las cosas de manera de recibir aquella noche a su amador. En efecto, cuando el reloj marcó las 12 de la noche se oyó a lo lejos un aullido de coyote, y luego otros aullidos más cercanos. El marido no los escuchó, pues roncaba concienzudamente, pero la comadre tenía dispuestos los oídos, y todo lo demás, de modo que atendió la señal y puso en práctica lo que el compadre le había dicho. Movió al dormido esposo para despertarlo. Abrió los ojos el hombre y preguntó con legañosa voz:

—¿Qué pasa?

En ese preciso instante se oyó el asustado cacareo de las gallinas. No cabía duda: el compadre estaba llevando a cabo el plan de batalla con napoleónica precisión.

—El coyote anda en el gallinero —le dijo la comadre a su marido. Ve y tírale un balazo.

Se levantó el hombre y tomó el rifle 22 que tenía sobre el ropero. Abrió la puerta del jacal y gritó a la oscuridad:

—Mejor váyase, compadre, si no quiere que le eche balazos. Yo también he sido coyote.

Cuando este cuento cuenta don Abundio los hombres reímos a carcajadas y las mujeres se tapan la cara con el chal para reír también.

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Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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