Historia, escritura y soledad

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Opinión
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Escribir historia no es un día de campo, sino un paseo por el pasado en el que lo principal es aún desconocido y secreto

Me enfrento al pasado de una población de Coahuila a la que no me había asomado y eso me ha obligado a consultar libros, artículos y documentos (mapas, planos, fotografías y óleos) para reconstruir esa historia. He sentido el aguijón de lo que le leí a una gran escritora francesa (acepto que un poco chiflada), autora de un librito sobre lo que significa el oficio de las letras. ¿Escribir sobre el acto de escribir? Sí, claro. Mujer extraordinaria, demasiado transparente como para esconderse detrás de su fama.

Regreso. Esa comunidad –de la que espero tener un buen libro en dos meses, porque está avanzado– me condujo a un lugar, un sistema o un estado de alma del que se habla con ligereza. Me estoy refiriendo a la soledad. Los analistas del Archivo Municipal de Saltillo podrían dar fe de que pasé más de un mes (mis vacaciones) en una mesa leyendo manuscritos: yo solo, el documento, mi ficha y un lápiz; silencio y respeto. Encontré algunos apasionantes y, en su mayor parte, aburridos o de temáticas banales, chismes saltillenses o de otros sitios de Coahuila. Eso es lo que debe hacer quien se enfrenta a la creación coherente de una historia, es decir, un relato del pasado de un conjunto de personas, familias, grupos y de aquello que los rodeó en el tiempo. Hablo de un periodo largo, colonial, pleno de hechos, problemas, gestas sangrientas, religiosidad, festejos y vidas normales, caseras y, quizás, tan aburridas como las nuestras.

https://vanguardia.com.mx/opinion/lecciones-de-edgar-morin-BB23443929

De ahí que me hayan pegado en el centro del cerebro las palabras de Marguerite Duras: “La soledad de la escritura es una soledad sin la cual el escribir no se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo... Siempre es necesaria una separación de otra gente que rodea a quien escribe libros. Es una soledad. Es la soledad del autor; la del escribir”. Consejo y, en cierto sentido, mandato: si quieres escribir, aíslate.

Regresando: Hans-Georg Gadamer recomienda el primado de la pregunta. Le creo y me hago preguntas como: ¿Para quién escribes, y para qué, y qué ganas escribiendo la vida de los muertos? Y no tengo una respuesta clara. Podría decir que lo hago por placer, porque para eso me paga la universidad, porque quiero, porque deseo rehacer el pasado de los marginados.

No me quedo únicamente con Duras, sino que me echo un clavado a poemas de dos grandes de las letras hispanas quienes, desde una perspectiva distinta a la de ella, hace siglos plantearon su experiencia del sentimiento de soledad. El primero es nada menos que fray Luis de León, quien desde la cárcel (¿puede haber mayor soledad?) recordó: “Vivir quiero conmigo / gozar quiero del bien que debo al cielo / a solas, sin testigo / libre de amor, de celo / de odio, de esperanzas, de recelo”. Versos que no tienen madre, pues lo encarceló la Santa Inquisición porque tradujo del hebreo un libro prohibido. Añado que fray Luis defendió la libertad de los indios de América a conservar su religión y rechazar el cristianismo. ¡Nada más!

Así que la comparación y confrontación del escrito de ella y de él en las circunstancias históricas que les tocó vivir, sufrir, soñar, rumiar... lo ponen a uno a repensar la propia existencia, sobre todo si el trabajo que elegí o que me escogió es obligación y reto prolongado hacia los otros y su pasado. De ahí que me atrapase de una manera casi obligada un trozo del poema enorme de Francisco de Quevedo, otro que fue encarcelado. Y escribió: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”. Vaya que sí, pero no hay lugar para la queja.

https://vanguardia.com.mx/opinion/las-comidas-de-estas-gentes-HC23301622

“Soledad” y “solitario” no son un sustantivo y un adjetivo que indiquen una ruptura con los demás. Para nada. Esta reflexión surgió de una larga conversación que tuve con campesinos de ejidos de General Cepeda. Con esto quiero decir que alejarse de los demás no es el camino; ellos son demasiado importantes para poder ser feliz. Y escribo una historia sobre los demás.

Escribir historia no es un día de campo, sino un paseo por el pasado en el que lo principal es aún desconocido y secreto. Ya lo decía el zorro al Principito: “No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos”.

Columna: De habla y tiempo

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