Las comidas de estas gentes
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Había que averiguar sus costumbres, creencias y organización social. De ahí resultó mi libro ‘La Gente del Mezquite’
Hace tiempo me interesé por saber qué comían los nómadas. La pregunta surgió de la carta del capitán Pedro de Ahumada al rey en 1563. Le decía que los guachichiles eran más fuertes y altos que los españoles. Añadía que comían tunas, palmitos, mezquite y otras ofertas naturales. Una hipótesis me obligó a saber qué consumían y, sobre todo, el contenido de cada alimento. Había que averiguar sus costumbres, creencias y organización social. De ahí resultó mi libro “La Gente del Mezquite”.
Ya no eran los guachichiles, también los laguneros, los bobosarigames, los pachos, los cocoyomes y 200 bandas más.
Fui –no podía faltar– a la Librería Carlos Monsiváis el día que ofrecieron descuentos. Compré varios libros; uno llamó mi atención: “Gastronomía e Imperio: La cocina en la Historia del Mundo”, el cual estoy leyendo (tiene 563 páginas a 230 pesos). Me estimuló a escribir este artículo.
Cada civilización tiene un alimento base: China, el arroz; Europa, el trigo; América, el maíz; Perú, la papa; África, la mandioca. Y entre los nómadas del desierto chihuahuense, el mezquite. Descubrí que esta vaina aportaba más proteínas, grasas, carbohidratos y fibras que todas las mencionadas. Y, contrariamente a las otras, que deben ser cultivadas durante meses, ésta se da naturalmente y en grandes cantidades. El arqueólogo Kent Flannery encontró que, en una región de lluvias escasas, el mezquite produce 183 kilos comestibles por hectárea, 545 mil kilocalorías y 10 mil gramos de proteínas. ¡Vaya!, estaba al alcance de la mano y no tenían que trabajar como hacían los mayas, mexicas, purépechas y otros: nueve meses de labor y siempre bajo el dominio de un cacique opresor.
En mi reciente plática con los apaches, una lipana me regaló galletas de harina de mezquite muy sabrosas y me dio la receta. Me chifló cuando me dijo que mi libro provocó el regreso al mezquite entre ellos en Tejas. Hace tiempo compré en Matehuala piloncillo de mezquite; en Monterrey, una panadería hace molletes; y en Viesca, pinole de mezquite con azúcar.
Desde que Álvar Núñez Cabeza de Vaca caminó entre los indios (coagüilas y arbadaos, entre otros) ocho mil kilómetros entre 1528 y 1536, tuvo que adaptarse a lo que ellos comían; fue así como conservó la vida. En su libro de 1542, menciona las tunas, las raíces, los perros, las víboras y, por supuesto, los “mezquíquez”. Habían naufragado frente a la costa de Texas, y él y sus tres acompañantes caminaron hasta Culiacán.
Acá en nuestro noreste, Alonso de León cuenta que entró a una aldea cuando sus soldados morían de hambre. Encontraron un saco de harina de mezquite con algunos huesecillos y de inmediato empezaron a comerla. De León les dijo que eran huesos de venado. Como hablaba la lengua, un indígena le reveló que aquellos restos eran humanos; él no lo comunicó para que no hicieran un escándalo.
Por su parte, Fray Francisco Peñasco, uno de los célebres primitivos evangelizadores del norte de Coahuila, se perdió en una ocasión. Lo buscó, con ayuda de indígenas, el padre Juan Larios y lo encontró muy lejos en absoluta inanición, próximo a la muerte, debido a la carencia de comida. Los nativos que lo encontraron le mostraron que a su alrededor había demasiados alimentos. Este fraile duraría muchos años en Monclova.
No me resta más que informar que se están estudiando tales comidas, además de sus contenidos. Hay mucho esfuerzo. En Zacatecas, José Francisco Román publicó un libro sobre las comidas del estado. Sarah Bak-Geller se ha ocupado de “Recetas de cocina, cuerpo y autonomía indígena”. Agustín Remesal, de “Un banquete para los dioses”.
Apartémonos de la historia. Podemos pensar en lo que sucede a nuestro alrededor. En Saltillo, Yvonne Orozco (“Las delicias de mi general”) y Juan Ramón Cárdenas (“Don Artemio”) llevan tiempo promoviendo entre las clases media y alta nuevos menús; “Café Peregrino”, en Arteaga, ofrece maravillosos desayunos, así como croissants y panes deliciosos; “La Güera” (calle Zaragoza), espléndida comida corrida; “La Gloria”, comida generosa; y “Cántaros”, los mejores chiles.
Nos creemos alejados de los nómadas y no lo estamos tanto. El padre Arlegui en 1737 comió un inmejorable pan de tuna. Por otra parte, un fraile dice al rey que los indios de Coahuila cocinan algo cuyo sabor se asemejaba al de las castañas asadas.
En fin, en 1790, el padre Espinosa comió con los indios de Tejas mezquitamales con frijoles y nueces.