Lecciones de Edgar Morin

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Opinión
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Considero que todos los docentes mexicanos deberíamos leerlo, seamos de primaria o de universidad. Sus teorías son emancipadoras

Ya había escrito esta columna cuando encontré un artículo en YouTube sobre este gran pensador. Por si acaso alguien lo leyó y para no caer en plagios, cosa frecuente entre historiadores que leen poco y copian mucho, debí rehacer este brevísimo artículo sobre uno de los más destacados intelectuales de entre siglos. Sin contradecirme con lo antes declarado, debo exponer datos que son obligados para comprenderlo mejor. Me refiero a su biografía. Luego presentaré de manera sucinta su último libro.

Edgar Morin no era su verdadero nombre, sino Edgar Nahoum, apellido sefardita, cuyos antepasados fueron parte de los judíos expulsados por la reina de España en 1492. Muchos se refugiaron en África del Norte y no pocos en ciudades griegas. De Salónica, Grecia, llegaron los Nahoum a Francia. Él nació el 8 de julio de 1921 en París, en una familia de clase media-baja y un barrio de migrantes, y falleció hace tres meses, a los 105 años, con una erudición admirable. En efecto, su último libro lo escribió un año antes de morir, en 2025.

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Estudió historia, geografía y leyes. Participó en el Frente Popular y se adhirió a la resistencia antinazi a los 20 años. Ingresó al Partido Comunista Francés, del que fue expulsado por sus opiniones contra el estalinismo. Nunca dejó la crítica social, el compromiso con los oprimidos, la promoción de la justicia, el respeto a la naturaleza y la necesidad del diálogo entre religiones y países. No está de más decir que apoyó a la República española durante el despotismo franquista. Por eso, durante un tiempo, en España fue leído a escondidas o en francés.

En sus obras estudió temas relativos a su primer oficio: la enseñanza. Fueron bien recibidos, pero no quiso quedarse con lo ya publicado; continuó profundizando y abriendo su abanico a otras ciencias. Se convenció de que ninguna ciencia puede existir cerrada, sin tomar en cuenta a las demás, entre sociología y biología, educación y matemáticas, y así. No se quedó con el gusto de sus aportes leídos y aplaudidos por miles de lectores, los cuales no sólo analizaban, sino que practicaban sus teorías. No es casualidad que una de sus grandes contribuciones fuera poco a poco apareciendo en su libro “El Método” (en seis tomos).

Morin vivió en Chile varios años y quedó prendado de América Latina, cuyos maestros y académicos (en Brasil, México, Uruguay) adoptaron sus orientaciones en un buen número de campos del saber: biología, filosofía, pedagogía, ecología y, en general, cultura. No se limitaba a transmitir conocimientos, sino que buscaba guiar a los estudiantes hacia cuestiones de las que sus profesores poco se ocupan, como la fragilidad humana, la incertidumbre, el respeto por la vida y por la naturaleza, la promoción de la justicia y la aceptación de sí mismo. Tanto las ciencias duras como las sociales deben comprometerse en esta reflexión, que es el nuevo reto ante la catastrófica situación del mundo y la posibilidad real de destruirlo. Considero que todos los docentes mexicanos deberíamos leerlo, seamos de primaria o de universidad. Sus teorías son emancipadoras y liberan al mismo tiempo a enseñante y alumno.

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Produjo tanto que es difícil considerarse su discípulo. Fundó en Francia tres revistas y sus obras forman una pequeña biblioteca. Casualmente, encontré en una librería su último libro, el cual escribió cuando tenía 104 años; uno antes de morir. Su vejez, real sin duda, no se deja ver en ninguna de sus páginas; su lectura es simple, atractiva y limpia. Es una rareza porque lo dedicó a la historia y lo redactó con sus recuerdos de lecturas y su memoria. El título es “Lecciones de la Historia: ¿Podemos Aprender de Nuestro Pasado?”. Habla de las naciones, los mitos y su importancia, los héroes y los santos, el progreso. Y, además, sostiene que lo material no influye necesaria y positivamente en la moralidad de los gobernantes (como lo estamos experimentando).

Me impresionó demasiado que, a su edad y por su origen judío, hubiera propuesto la necesidad del diálogo entre religiones, fuera de que tomó partido por los palestinos frente a Israel. Debo citarlo: “En las matanzas y guerras que se suceden hoy con la mayor crueldad, muchas técnicas se ponen al servicio de la opresión, o incluso de genocidios. Es el progreso científico que ha permitido Auschwitz, Hiroshima o Gaza” (p. 104).

Columna: De habla y tiempo

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