IA: Un nuevo amigo peligroso
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Cuando un chatbot responde siempre de forma amable, nunca se muestra cansado ni se enfada y está disponible las 24 horas, algunos menores pueden llegar a preferir esa interacción sobre la humana
La inteligencia artificial dejó de ser una tecnología futura para convertirse en una realidad presente; niños y adolescentes la incorporan hoy a su vida cotidiana. Muchos de ellos utilizan chatbots para realizar sus tareas, hacer preguntas, jugar y hablar.
Estos sistemas:
- Contestan en lenguaje natural.
- Recuerdan conversaciones.
- Pueden expresar frases como “te entiendo”, “estoy orgulloso de ti”, “siempre puedes hablar conmigo”.
Esto se denomina inteligencia artificial social: una extraordinaria oportunidad para aprender, pero también plantea problemas. Al respecto, un estudio titulado Risks and Consequences of Children’s Use of Social AI—A Framework, publicado en mayo en la revista JAMA Pediatrics por la Dra. Jenny Radesky, experta de la Universidad de Michigan en el impacto de pantallas y redes en el desarrollo infantil, advierte que los niños pueden llegar a establecer vínculos emocionales con estos sistemas.
El problema es que la inteligencia artificial social se diseñó para ser como una persona: dialogar de forma empática, mantener la conversación, simular emociones, etcétera. En otras palabras, muchos menores pueden sentir que han encontrado un “nuevo amigo” que está disponible 24 horas y todos los días del año. Para un adulto será más sencillo comprender que detrás de esas respuestas sólo hay un programa informático, pero para un niño, especialmente en la infancia, diferenciar entre una relación verdadera y una interacción establecida con un programa puede ser más complicado.
Uno de los mayores peligros es la confianza ciega. Muchos niños llegan a creer que la inteligencia artificial “todo lo sabe”, que “siempre dice la verdad” o incluso que puede ser su mejor amiga. Cuando esto ocurre, es como si se silenciaran los interrogantes ante la información que reciben. La IA puede confundirse, inventar respuestas, dar recomendaciones en ocasiones desacertadas. De hecho, ya se han dado casos, aunque en algunos sistemas se han propuesto estrategias de mitigación de riesgos.
La privacidad es otra preocupación central. Los niños suelen compartir con facilidad emociones, problemas familiares, fotografías y datos personales, convencidos de que hablan con alguien de confianza. No obstante, toda esa información puede almacenarse, analizarse o usarse con cualquier fin. Los menores aún carecen de la madurez suficiente para comprender el valor de sus datos personales y la peligrosidad que implica ofrecerlos de forma indiscriminada.
Otro aspecto especialmente sensible es el apego emocional. El cerebro infantil está diseñado para crear vínculos con las personas que le brindan atención, comprensión y, por supuesto, respuestas al instante. Cuando un chatbot responde siempre de forma amable, nunca se muestra cansado ni se enfada y está disponible las 24 horas, algunos menores pueden llegar a preferir esa interacción sobre la humana. Pero esa amistad no es real: la inteligencia artificial no siente afecto, no tiene una idea de las emociones ni busca el bienestar del niño; simplemente sigue un algoritmo diseñado para prolongar la conversación y aumentar el tiempo de uso.
La disponibilidad incondicional también fomenta la dependencia. A diferencia de las personas, la IA tiene respuestas inmediatas, nunca tiene límites y, con frecuencia, ofrece al usuario las respuestas que le gustaría escuchar de una persona. Esto puede mermar la tolerancia a la frustración, reducir el interés en relacionarse con otras personas y dificultar el desarrollo de habilidades sociales fundamentales. Los niños que enfrentan ansiedad, soledad o dificultades en sus relaciones constituyen un grupo particularmente vulnerable.
Hay una segunda preocupación importante: algunos sistemas aún presentan defectos de seguridad y pueden mantener conversaciones inapropiadas o sexualizadas. La exposición temprana a este tipo de interacciones puede afectar el desarrollo emocional y la comprensión de relaciones sanas y respetuosas.
¿Qué pueden hacer los padres? La respuesta no está en prohibir la tecnología, sino en enseñarla con criterio. Revisa las aplicaciones que usan los hijos, define su frecuencia, habla de lo que hacen con la inteligencia artificial, hazles entender que, aunque parezca que se habla con una persona, no piensa, no siente y no siempre tiene razón. Cuestionar lo que leen y las respuestas que reciben –con preguntas sencillas como “tú, ¿qué opinas?” o “tú, ¿cómo lo explicarías con tus propias palabras?”– contribuye a generar pensamiento crítico y evita la aceptación incondicional de las respuestas que se les ofrecen.
También es esencial mantener protegidos aquellos espacios donde realmente se da el desarrollo del cerebro infantil: el juego libre, la lectura, las conversaciones en familia, la convivencia con los amigos, el deporte y las vivencias compartidas. Ninguna tecnología puede sustituir todos esos aprendizajes.
La inteligencia artificial llegó para quedarse y, bien utilizada, puede ser una excelente herramienta pedagógica. Pero los niños deben aprender que es precisamente eso: una herramienta, no una amiga, no una consejera y mucho menos un sustituto de las relaciones humanas.
En esta nueva época, la mejor protección para los hijos no está en alejarlos de la tecnología, sino en enseñarles a pensar por sí mismos. Un niño que desarrolla juicio crítico y autonomía podrá aprovechar las bondades de la inteligencia artificial sin convertirse en dependiente de ella.