Investigadores de la Universidad Autónoma de Coahuila

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Opinión
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Creo que en Coahuila hay muchos maestros e investigadores valiosos

Después de trabajar seis años con indígenas tojolabales en Chiapas y tres y medio con los yaquis en Sonora, regresé a Saltillo con un hijo de 11 años, un Jeep canadiense de 1951 y 200 pesos. En un cuarto de hora vendí ese bellísimo vehículo porque alguien se acercó y quiso comprármelo. Ni siquiera tuvimos que regatear: lo que ofreció lo recibí con gusto; mis 200 pesos se multiplicaron. Por suerte, tenía casa a donde llegar: la de mi mamá. Pero estaba en la ruina, buscando a alguien que pudiera darme un trabajo pagado.

Gracias a mi amigo Humberto Dávila, quien tenía buenas relaciones con el rector, me dieron un lugarcito de cuarto nivel en Investigación y Posgrado, encabezado por el doctor en química Jesús García Delgado. Le pregunté qué debía hacer; me dijo que yo pensara qué era lo que valdría la pena. Presenté un proyecto para crear un Centro de Documentación Regional que se envió como propuesta a la SEP nacional junto a muchos otros. Sólo aprobaron dos: el mencionado y uno de la Escuela de Medicina de Torreón (del doctor que llamaban Andresito; olvidé su apellido).

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Pregunté cómo se controlaba la investigación y me enteré de que los rectores entregaban “horas” a diversos maestros según su gusto o compromiso. La mayor parte las disfrutaban abogados, unas pocas Ciencias Químicas, otras Medicina, una Matemáticas Educativas en Torreón y otra Comunicación en Saltillo.

Pedí la lista y les escribí a todos. Nada más respondieron de Químicas, Comunicación y las dos de Torreón. Reescribí a los de la Facultad de Derecho preguntando qué habían investigado. Uno respondió alegando que ningún reglamento los obligaba a informar. Esa puerta se cerró. Era la situación en 1988. Luego aparecería el Conacyt con el Sistema Nacional de Investigadores y solitas desaparecieron las llamadas “horas de investigación”. Hoy somos más de 160 quienes estamos en el sistema del Conahcyt (puede que me equivoque).

Acaba de publicarse el prestigioso ranking internacional de la Universidad de Stanford, Estados Unidos, en el que destacan a cuatro investigadores de la UAdeC, pertenecientes a la Facultad de Ciencias Químicas. Ellos se ubican en los más altos niveles globales, dentro del 2 por ciento de los científicos más destacados. Sus nombres son: Cristóbal N. Aguilar, Héctor A. Ruiz, Rafael Gomes Araújo y Rosa María Rodríguez, todos con proyectos de Biotecnología. No debe caber duda de la importancia de este dato, que pone a esos maestros, a la universidad y al estado en un lugar de privilegio. Ellos se lo han ganado a pulso; salieron del pequeño Saltillo y, como dicta el sabio refrán, todavía no son profetas en su tierra, pero a todos nos enorgullecen. Hay otro saltillense en esa lista, pero investiga en la Ciudad de México dentro del área de Neurología. Es bueno presumirlo.

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Creo que en Coahuila hay muchos maestros e investigadores valiosos. En Torreón tenemos a uno de los grandes especialistas en estudios de ADN, el doctor Rafael Argüello, y a otros médicos cuyos nombres ignoro. En aquel año en que ingresé a Investigación y Posgrado, la Escuela de Medicina de Saltillo ni se interesaba en ello: la gran mayoría egresaba para atender pacientes, realizar cirugías y asistir a congresos; ¿investigar?, ¡para nada!

Hoy, la ahora facultad cuenta con varios médicos que hacen ciencia, además de enseñar y curar. Son pocos. En La Laguna brillan varios, unos más en Monclova y alguno en Nueva Rosita. La Facultad de Historia es la que más publica y tiene doce docentes en el Sistema Nacional de Investigadores. A ella se suma el Centro de Estudios en Investigación Interdisciplinaria, que la semana pasada doctoró a catorce alumnos. Avanzamos poco a poco. En estos 38 años, los progresos han sido notables y los aportes a las distintas áreas del conocimiento, abundantes.

¿Qué falta, según yo? Publicar más (casi no hay dinero para hacerlo; en no pocas ocasiones algunos maestros pagamos libros y textos); fomentar intercambios; enviar alumnos a doctorarse al extranjero con beca y obligarlos a regresar a la UAdeC. (No faltan los que allá se quedan vendiéndose al mejor postor). En resumen: nuestra universidad progresa a pesar de sus problemas.

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