¿La austeridad alivia o...?
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Desde los años setenta, con Luis Echeverría como presidente, se iniciaron los contactos de México con el Fondo Monetario Internacional (FMI) –incluso se realizó una reunión con todos sus agremiados en el país en esa época– y se firmó una Carta de Intención, parecida a la que se había hecho con otros países de América Latina.
Recuerdo con gran relevancia que en 1969 Uruguay fue víctima de una crisis económica. Sobre aquel episodio existe un gran libro del doctor Samuel Lichtensztejn, quien fue rector de la Universidad de Uruguay y que, tras el golpe de Estado, encabezó en México un área académica relevante en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Con el regreso de la democracia a su nación, volvió como rector para más tarde retornar a México como embajador. Tuve la suerte de revisar con él varias cartas de intención de nuestro país, e incluso me ayudó en un libro que está en proceso de publicación.
En aquellos tiempos también se habló de que se iba a firmar una Carta de Intención, la cual se concretó durante la presidencia de José López Portillo, con Julio Rodolfo Moctezuma al frente de la Secretaría de Hacienda.
Recuerdo una anécdota sobre la visita que hicieron al secretario de Hacienda un grupo de entre 10 y 12 diputados economistas, encabezados por la maestra Ifigenia Martínez, quien había sido directora de la Facultad de Economía, y Jesús Puente Leyva, extraordinario economista de Nuevo León, quien trabajó en Nacional Financiera durante el sexenio de Echeverría y fue embajador en Venezuela. La comisión planteó la necesidad de conocer la Carta de Intención firmada con el FMI.
Frente a la solicitud, el secretario les dijo que no existía. Sin embargo, Puente Leyva sacó de su portafolio el documento al tiempo que le decía: “Lo conseguí en Washington, señor Secretario, y le quiero entregar una copia”. Este último montó en furia contra ellos, acusándolos de ser unos traidores al presidente de la República.
Por otro lado, también en esos años, Carlos Tello, otro extraordinario economista que fue docente en la Facultad de Economía de la UNAM y que tuvo una gran temporada como embajador en Rusia, realizó un trabajo estupendo, aunque López Portillo terminó por despedir a ambos...
Guardo una buena anécdota de Carlos cuando visitó Oaxaca, en la época en que yo era secretario de Finanzas en el gobierno de don Heladio Ramírez López. Hablamos sobre la evolución del Sistema de Coordinación Fiscal y los avances en política fiscal, destacando el trabajo de Francisco Gil Díaz, entonces subsecretario y, posteriormente, secretario de Hacienda. Recuerdo que Carlos se paró para brindar por el “maravilloso mundo de las finanzas públicas”.
Por otra parte, el asunto del FMI tuvo gran repercusión en muchos países del mundo, como ocurre hoy particularmente en Argentina, por ejemplo.
Más adelante, en la revista del Colegio Nacional de Economistas publiqué un texto sobre el tema, el cual me valió un reconocimiento público de don Jesús Silva Herzog, quien acompañó al presidente Lázaro Cárdenas durante la expropiación petrolera.
Un trabajo muy amplio que escribí, al llevarlo con Arnaldo Orfila Reynal, de la editorial Siglo XXI, me dijo: “Ni lo abras. ¿Es un libro? Ya no se publican libros tan grandes”.
Hoy se han publicado muchos libros sobre el tema, particularmente en Argentina. Tengo a la mano uno que se llama “El FMI y la Deuda”, de Alejandro Olmos, y hace dos años encontré uno estupendo de Alejandro Werner, quien trabajó en su época con Gil Díaz cuando este fue secretario de Hacienda. Asimismo, resulta brillante el trabajo de David Stuckler y Sanjay Basu: “¿Por qué la Austeridad Mata? El Coste Humano de las Políticas de Recorte”.
Hoy, por ejemplo, observamos que en los países donde existen impuestos indirectos como el IVA, pese a ser eficientes en su naturaleza, afectan a la población independientemente de su nivel de ingreso, porque gravan por igual a quienes tienen mucho y a quienes tienen poco o casi nada. Ese es un tema que hoy los economistas debemos revisar con mucho cuidado, aprovechando el conocimiento cada vez más amplio entre las nuevas generaciones y la existencia de proyectos tan relevantes como los que ha escrito Pedro Aspe o los de José Ángel Gurría.
Del libro de Stuckler, donde se habla del costo humano de las políticas de ajuste, destaca esta frase: “Lo que hemos aprendido es que el verdadero peligro para la salud pública no es la recesión en sí, sino la austeridad; cuando se cortan las redes de protección social, una conmoción económica, como la pérdida del empleo o de la vivienda, puede convertirse en una crisis para la sociedad”.