La Carta de la Tierra y su relevancia en la transformación de la conciencia global
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Este lunes celebramos el Día Mundial de la Educación Ambiental. El motivo de la celebración, de la mayor relevancia para nuestras ciudades, nuestras naciones y nuestro planeta, ha evolucionado de manera realmente importante a lo largo de los últimos años.
Hemos pasado de promover pequeñas acciones voluntarias y optativas, sobre todo entre las infancias, a construir un sentido de compromiso compartido, en el que todas y todos, independientemente de nuestros contextos personales, tenemos parte y responsabilidad.
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Se han realizado significativos esfuerzos tanto en la educación formal como en la no formal, siendo probablemente estos últimos los que más posibilidad tienen de permear, ya que trascienden las aulas y encuentran en todo espacio un virtual laboratorio educativo.
Asimismo, se ha trabajado globalmente en relevantes instrumentos de consenso sobre la vida del ser humano como un habitante más de este planeta, así como de la relación que guarda con su entorno y con quienes también en él se desarrollan buscando subsistir.
De entre estos, tal vez el más significativo de los últimos tiempos es la Carta de la Tierra. Este instrumento es el resultado de un diálogo global multiactor que, después de varios años, logró dar origen a una de las expresiones más genuinas de conciencia colectiva.
Este diálogo plural e incluyente hizo posible que la Carta de la Tierra no fuese vista como una imposición de valores occidentales, sino como un rico entramado de sabidurías diversas, ancestrales y contemporáneas, que convergen en la responsabilidad universal.
Desde su presentación oficial en el año 2000, el documento ha funcionado como un instrumento de soft law, o no vinculante, adquiriendo una relevancia moral que influye en políticas públicas, programas educativos y códigos de ética corporativa en todo el mundo.
El documento reconoce que la Tierra es nuestra casa común y que está viva, dando sustento a una comunidad de vida plena y diversa, rompiendo con la óptica utilitarista en la que la naturaleza es sólo una fuente de recursos a disposición de la sociedad humana.
En este sentido, en su diagnóstico se describe cómo los patrones dominantes de producción y consumo causan devastación ambiental y extinción masiva de especies, ensanchando las brechas sociales y económicas, profundizando la injusticia y el conflicto.
La propuesta es sencilla: O formamos una sociedad global responsable del cuidado de la Tierra y de los seres vivos, u optamos por la destrucción de la especie humana y de la diversidad de la vida. Es una declaración de interdependencia y responsabilidad universal.
La Carta de la Tierra está integrada por 16 principios éticos fundamentales orientados a la construcción de una sociedad global justa, sostenible y pacífica que busca inspirar entre las naciones un sentido de interdependencia global y de responsabilidad compartida.
Leonardo Boff, uno de sus principales promotores, acuñó el concepto de “cuidadanía”, que resulta de unir cuidado y ciudadanía, sugiriendo que el nuevo sujeto histórico debe tener un sentido pleno de responsabilidad con todos los seres vivos y su entorno.
Esto, reflexiona, significa reconocer a la y el otro y reconociendo a la vez su valor intrínseco, estableciendo límites a nuestra propia arrogancia y voluntad de poder. La compasión y el cuidado esencial son antídotos al cinismo y a la apatía de nuestro tiempo.
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Sólo desde la perspectiva del cuidado, la compasión, la empatía y una profunda concepción de la otredad podremos aspirar a una verdadera casa común, donde los valores estructurantes sean la amabilidad y el respeto por la diversidad cultural y natural.
En un momento de la humanidad en que la inmediatez, la vocación al consumo y el enfoque en lo superficial son predominantes, el llamado a la transformación de las conciencias individuales y colectivas es, más que oportuno, tremendamente necesario.
La Carta nos invita a lograr que nuestra generación sea recordada por el despertar de una nueva actitud hacia la vida, con el compromiso inquebrantable de alcanzar la sustentabilidad en todo lo que hacemos, procurando en todo momento la justicia y la paz.
Evidentemente, el reto no es sencillo, pero si todas y todos hacemos lo que nos toca, estaremos en condiciones de cambiar el rumbo que lleva el planeta, y con él las distintas expresiones de vida que en él se encuentran, incluida la nuestra.
Desde nuestras casas, desde nuestras ciudades, desde cada espacio en el que nos desenvolvemos podemos hacer algo para asegurarnos un futuro posible.