Justificando desde el engaño: La manipulación del casus belli
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Cuando la mentira y el engaño se aprovechan de mecanismos legítimos de defensa se pervierte tanto el mecanismo como lo defendido
Las ciudades son espacios de paz. Cada habitante, cada persona que en ella se encuentra –ya sea de manera temporal o definitiva– accede a una serie de condiciones de comportamiento que le garantizan poder estar ahí y dedicarse a lo que mejor le convenga.
El tácito pacto de no agresión que se manifiesta en la convivencia pacífica cotidiana hace posible el complejo urbano, así como la materialización de las dinámicas que este alberga, volviendo indispensables los mecanismos para evitar algo que le interrumpa.
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Los mecanismos están enfocados tanto a dinámicas interiores, procurando evitar conductas que ponen en riesgo la integridad y el patrimonio de las personas, como a evitar que alguna nación pueda atentar contra la paz y la tranquilidad de la propia.
La premisa es que nada justifica la intervención de una nación soberana en otra, salvo que exista alguna provocación válida que legitime la acción militar. Esta provocación, ya sea perpetrada por un gobierno o incluso por civiles, avala la respuesta armada.
A primera vista, lo anterior es lógico, es justo y es razonable, por lo que las naciones del mundo han hecho del respeto a la soberanía ajena una forma de garantizar el respeto a la propia, incluso interviniendo en defensa de naciones injustamente invadidas por otras.
Lo anterior debería desincentivar con eficacia cualquier intención de ingresar por la fuerza a un Estado soberano, a sabiendas de que la comunidad internacional actuará en defensa de la nación vulnerada. Sin embargo, la historia nos habla de una realidad distinta.
Cuando una nación tiene interés en algún activo de gran valor en alguna otra, precisará de una justificación que motive una intervención militar que le permita hacerse de lo que busca, procurando presentar argumentos válidos a ojos de la comunidad internacional.
Me refiero aquí al casus belli, que se traduce del latín al español como “motivo de guerra”. Es precisamente el casus belli el argumento central que justifica la intervención militar en otro país y que evita que otras naciones intervengan en defensa de la nación invadida.
Sin embargo, a partir de engaños y manipulación de hechos, se ha aprovechado de manera obscena el casus belli para justificar la acción armada ante la percepción global, aunque con otros intereses que resultarán evidentes cuando el daño ya esté hecho.
Uno de los casos más emblemáticos es el llamado Incidente de Gleiwitz, en 1939, cuando la Schutzstaffel alemana simuló un ataque polaco a una estación de radio fronteriza con prisioneros ejecutados disfrazados de soldados polacos como prueba de agresión.
Aunque la también conocida como Operación Himmler –de la que se supo a detalle hasta los Juicios de Nuremberg– no fue tan eficaz, ya que ni Francia ni Reino Unido aceptaron el pretendido casus belli como válido, detonando así el inicio de la Segunda Guerra Mundial.
En años recientes, Estados Unidos de América dieron a conocer la supuesta amenaza inminente que representaba Irak a partir de inexistentes pruebas de que Saddam Hussein contaba con armas de destrucción masiva que ponían en grave riesgo la paz mundial.
A pesar de que las inspecciones conducidas por la Organización de las Naciones Unidas nunca acreditaron la existencia de tales armas, una coalición integrada por Estados Unidos, el Reino Unido, Australia, Polonia y otros países, invadió Irak en marzo del 2003.
El interés, resultó finalmente, estaba en el petróleo, si bien esto no ha sido reconocido por los Estados Unidos. El casus belli construido este año contra Venezuela, que cuenta con las mayores reservas probadas de petróleo, inevitablemente evoca lo sucedido en Irak.
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La acusación de que Nicolás Maduro lideraba el Cártel de los Soles y que con él se provocaba narcoterrorismo de Estado, se modificó apenas horas después de la captura del líder venezolano, reconociendo la inexistencia de la supuesta organización criminal.
La ampliamente cuestionable legitimidad del régimen de Maduro dio lugar al motivo perfecto para invadir. La literalidad de las declaraciones de Trump no ha intentado ni siquiera esconder las pretensiones de apropiación del petróleo venezolano.
Cuando la mentira y el engaño se aprovechan de mecanismos legítimos de defensa se pervierte tanto el mecanismo como lo defendido. Como hemos visto en estos días, lo anterior sucede también entre particulares, con intenciones igualmente perniciosas.
Reivindicar la verdad como sustento de la convivencia es fundamental en la intención de garantizarnos un futuro posible.