La debacle electoral de Brasil es culpa de Lula
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La derrota de Lula y de sus aliados fue contundente. Al contrario de lo que habían previsto las encuestas preelectorales
Por Andrés Velasco, Project Syndicate.
SANTIAGO- El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, en algún momento pintaba como salvador de la izquierda de su país. Después de las elecciones del 4 de octubre, más bien parece el sepulturero de esa izquierda.
La derrota de Lula y de sus aliados fue contundente. Al contrario de lo que habían previsto las encuestas preelectorales, Lula perdió la primera vuelta de la contienda presidencial ante Flávio Bolsonaro, un hijito de papá cuya única credencial es su apellido. Como los otros tres candidatos que obtuvieron números importantes de votos provienen de la derecha o de la centroderecha, la presidencia está casi en manos de Flávio, ahora favorito en la segunda vuelta del 25 de octubre.
Pero ahí no termina el fracaso del actual gobernante. El Partido Liberal de Bolsonaro, que no tiene nada de liberal, tendrá ahora el mayor número de escaños en el Congreso (con el doble de senadores que antes) y el mayor número de gobernadores estatales. El clan Bolsonaro, que según la revista The Economist está “compuesto por ignorantes cuya capacidad para causar estragos se ve limitada solamente por su incompetencia para gobernar”, resultó el gran ganador: la tercera esposa del patriarca golpista, Jair, además de otros dos hijos y de su hermano, serán ahora parlamentarios.
Toda explicación de lo que le salió mal a la izquierda tiene que comenzar con el propio Lula. Aun cuando su historia de vida –de ser un humilde obrero siderúrgico a ocupar el pináculo del poder– sigue siendo admirable, hoy día Lula es un hombre del ayer. Se repite la historia de Biden: un octogenario proclive a las divagaciones que no debió haber sido candidato presidencial (esta fue su séptima vez), y que compitió solo por la ausencia de alternativas plausibles.
Bajo el árbol de Lula, a sus potenciales sucesores les ha sido difícil florecer. Y la única persona mencionada frecuentemente como heredero, el exministro y alcalde Fernando Haddad, acaba de perder las elecciones para gobernador del Estado de São Paulo (el más populoso de Brasil) por un gran margen contra un aliado de Bolsonaro. Esta fue la cuarta derrota consecutiva para Haddad, de manera que su carrera política también está terminada. La larga sombra de Lula continuará oscureciendo el futuro de la izquierda en Brasil.
La economía brasileña viene creciendo, pero no a causa de los logros del gobierno de Lula, sino más bien gracias al alza del precio internacional de los recursos naturales. Al mismo tiempo, el costo de vida sigue siendo una cuestión candente para el electorado. Lula ha arrastrado los pies respecto a las reformas estructurales que Brasil necesita para volverse más productivo y capaz de crecer a largo plazo. Más encima, la situación fiscal es grave: este año el déficit fiscal superará el 8% del PIB, y la deuda pública, nunca fácil de medir debido a la endiablada estructural federal del fisco brasileño, se estima en cerca del 95% del PIB.
Con las tasas de interés mundiales al alza, esta es una combinación tóxica. Si Flávio llega a ser presidente, su primera prioridad no debería ser liberar a su padre del arresto domiciliario (como ha prometido), sino resolver el desastre fiscal que el mandatario saliente dejará como legado
Lula tampoco supo aprovechar la oportunidad que le brindó Trump, quien de manera descarada ha empleado los aranceles y otras amenazas para conseguir que Brasil le haga caso. Hace algunos meses, parecía que Lula podría emular a Mark Carney en Canadá y a Anthony Albanese en Australia, logrando conservar el poder gracias al resentimiento anti Trump. Pero a medida que la campaña avanzaba, las carencias de Lula empezaron a pesar cada vez más en la mente de los votantes claves.
Entre esas carencias figura su tímida respuesta al crimen organizado, que tanto en Brasil como en el resto de América Latina ha adquirido proporciones terroríficas. Otra deficiencia es su amor por los dictadores. Las fotos de Lula aplaudiendo a Vladimir Putin en la Plaza Roja de Moscú o codeándose en los mullahs que gobiernan Irán (por ejemplo, en la cumbre de los BRICS de 2023), no resultaron un activo para su campaña, aunque los asuntos exteriores no tengan primera prioridad para los votantes brasileños.
¿Qué podemos aprender de estas elecciones trágicas, cuyo menú poco apetecible de Lula y Flávio hizo que un récord de 33 millones de votantes potenciales se quedara en casa, sin votar?
La primera conclusión es que el populismo autoritario de derecha aún va al alza. Trump volvió al poder después de un primer gobierno desastroso y es probable que lo mismo suceda con los Bolsonaro. Este es un mal presagio para las elecciones venideras en Francia, Polonia e Italia, y también para lo que podría pasar si una victoria en las elecciones de medio mandato provoca en los demócratas estadounidenses un exceso de confianza.
Una segunda lección es que las recetas izquierdistas tradicionales, condimentadas con una pizca de superioridad moral (“somos los únicos capaces de defender los derechos del pueblo”), no entusiasman a gran parte del electorado. El contraargumento es que el problema no es el mensaje, sino el mensajero, y que el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, e incluso la congresista estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez, pueden tener éxito allí donde Biden y Lula fallaron. Lo dudo. Esa estrategia podrá funcionar en la ciudad de Nueva York, pero no así en Texas ni en Mato Grosso do Sul (el Texas brasileño), como tampoco en São Paulo (la Nueva York brasileña).
La tercera lección es para los partidos de centroderecha y de centroizquierda: si mantienen su actitud actual, terminarán como los dinosaurios. Este ya es el destino del partido de centro que alguna vez fue el más exitoso de Brasil: los socialdemócratas del expresidente Fernando Henrique Cardoso. El plan B de aferrarse al poder como socio minoritario de partidos extremos resulta ser más veneno que tónico. Los demócratas liberales del Reino Unido aprendieron esta lección hace tiempo, y los socialdemócratas en Chile deberían haberla aprendido (pero hasta el momento no ha sido así). Que tengan ojo con esto los republicanos en Francia y los democratacristianos en Alemania.
Los centristas han cometido muchos errores. Uno de ellos ha sido volverse sinónimos con el Establishment. Toda elección es una contienda entre el cambio y el estancamiento, y quienes propician el estatus quo rara vez resultan victoriosos. Desde luego, no hay nada en las ideas liberales y reformistas que conduzca ineludiblemente a los discursos pomposos ni a los acuerdos turbios alcanzados a puerta cerrada, pero vaya uno a convencer de eso los actuales electores. ¿Un liberalismo insurgente? Parece improbable, pero es lo único que puede impedir reestrenos reiterados de la deprimente película de Lula versus Flávio. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Traducción de Ana María Velasco
Andrés Velasco, exministro de Economía de Chile, es catedrático de Políticas Públicas en la London School of Economics and Political Science.