La guerra de los memes
El retiro de contenidos se dará desde el ámbito empresarial, sin que el gobierno asuma la incómoda labor de ejercer la impronunciable censura que indirectamente estaría llevando a cabo. El crimen perfecto
El meme es una unidad de información que se replica y viraliza. Puede ser modificada, ampliada y recontextualizada para apuntalar una idea o un argumento, muchas veces con resultados humorísticos, aunque no necesariamente.
La definición es mía, armada con los retazos de lo que recuerdo haber investigado hace 15 años cuando el término se masificó, llenando los huecos con la experiencia que nos han dado a la humanidad estos mismos tres lustros de “memear” a full, como si de un trabajo a tiempo completo se tratase.
Quizás la mayoría de la gente no sea capaz de describir el fenómeno del meme porque no ha hecho el ejercicio de reflexionar en su origen o etimología (mimema = “lo que se imita”, de donde provendría la palabra “mimetizar”).
Sin embargo, es muy probable que cualquiera con una conexión a internet entienda su mecanismo: es una idea que se replica en diferentes situaciones, cuyo antecedente compartido facilita su asimilación.
El meme puede ser una imagen (la mueca de algún famoso, una escena de película o serie, un dibujito), una frase (un diálogo, una pieza de oratoria, la línea de una canción) o un recurso auditivo (un trozo de música, una banda sonora, un sonido de la naturaleza).
Es muy simple: imagine que alguien da un discurso emotivo del que espera una reacción muy entusiasta, pero enseguida insertamos el sonido de unos grillos en señal de que sus palabras tuvieron la misma resonancia que un especial con lo mejor de la LXVI Legislatura en el Canal del Congreso.
¡Pues ahí está! Todos entendemos lo que los grillos significan. Ese es el meme: no la intención humorística, sino la idea compartida de que los grillos, en ese contexto, significan una pobre respuesta emocional, casi letárgica.
No es el chiste, sino su vehículo, la idea en la que va montado el chiste, aunque, insisto, no busca necesariamente la risa. Aun así, es probable que su tía, la de los piolines por WhatsApp, crea que “meme” es la manera caprichosa en que la Gen Z le llama a los chistes.
En realidad, Richard Dawkins acuñó el término en la era preinternet. Y es que, aunque las ideas viajan mucho más deprisa en las plataformas digitales, no significa de ninguna manera que antes no se propagaran a la velocidad propia de los medios de su época.
Otra anotación: el meme puede cobrar vida propia y dejar de depender totalmente de su contexto original. Probablemente usted haya utilizado una foto, una frase o una tonada para darle la puntilla a alguien que se le puso insolente en redes sociales, sin estar seguro –o sin conocer en absoluto– el origen de la bomba de sarcasmo que le aventó. El meme le sirve a usted, comunica bien su idea, el otro la entiende... Su origen es ya totalmente irrelevante; si lo investigamos, es ya por mera curiosidad (a algunos nos encanta hacer ciberpaleontología).
¿Se pueden proscribir los memes? ¿Se puede prohibir un meme? ¿Se puede crear una ley antimemes?
No. A lo sumo, un gobierno puede poner obstáculos y trabas legales a la difusión de las ideas, pero no prohibir las ideas en sí. Así que cualquier esfuerzo en contra del libre tránsito del pensamiento y la libre expresión será siempre una victoria parcial y transitoria... lo que tampoco significa que sea inofensiva.
La “doctora Pacheco”, la presidenta Claudia Sheinbaum, insiste en que no existe tal “ley antimemes” y que su iniciativa trata sobre la propiedad intelectual.
Y tiene razón. El documento enviado al Congreso para su inmediata y dócil aprobación no dice nada sobre los memes o su supuesta censura.
Y obviamente no dice nada al respecto porque para ello habría que introducir antes este concepto en la Constitución y, como hemos visto, un meme es básicamente una idea; sería ridículo siquiera tratar de redactar un proyecto de ley a ese respecto.
Lo que los analistas y críticos señalan es que la ley posibilitaría el veto y la sanción de algunos contenidos incómodos, persiguiendo el uso no autorizado de uno de los componentes fundamentales del meme: las ideas, específicamente las que constituyen material protegido por el derecho de autor.
Es genial porque da la excusa para ir detrás del autor de un meme sin decir que se le persigue por el meme en sí. Un ardid tramposo, pero bastante efectivo a la hora de desalentar la crítica.
Y es que no se necesita iniciar una cacería indiscriminada en contra de cualquiera que comparta un meme. Basta con dejarle caer todo el rigor del Estado a unos cuantos casos ejemplarizantes para que el resto de nosotros nos la pensemos dos veces antes de meternos en un problemón que superaría por mucho la capacidad de defensa legal del ciudadano promedio (¿qué puede hacer el memero de a pie frente a las instituciones gubernamentales, frente a una marca quejosa o frente a la representación legal de las plataformas y redes sociales?).
Porque esa es la otra: el Gobierno busca que las mismas compañías que operan las redes sociales bajen contenidos “peligrosos”, “nocivos” o “poco edificantes” (los criterios siempre quedan abiertos y ambiguos) bajo amenaza de multa.
De manera que, si alguien se queja por alguna de las muchas estupideces que comparto en X o Facebook, la compañía, para no arriesgarse con las sanciones y sin pensárselo dos veces, retirará mi publicación. Fácil y sin despeinarse, pues atropellar mi libre expresión no es nada frente a la multa que pueda imponerle el gobierno de un país.
Así, el retiro de contenidos se dará desde el ámbito empresarial, sin que el gobierno asuma la incómoda labor de ejercer la impronunciable censura que indirectamente estaría llevando a cabo. El crimen perfecto.
No necesitan ser tan estúpidos como Luisa María Alcalde y presentar una nueva lista de contenidos, tópicos o vocablos prohibidos. Basta con meter a unos cuantos ciudadanos en un marasmo legal para que los propios internautas y creadores moderen el discurso, atenúen el lenguaje y le bajen al tono.
O bastará con mirar hacia otro lado cada vez que uno de los caciques estatales de la 4T arremeta contra un usuario por crear o compartir un meme, ahora bajo el argumento de proteger el derecho de autor.
Y si las plataformas dejan de sentirse como espacios libres de censura, el Gobierno Federal no tendrá que ensuciarse las manos: desde la mañanera podrán seguir presumiéndose tolerantes y pro libre expresión, pese a haber colocado los cimientos para un ambiente represivo.
De cualquier manera, sabemos que el meme no es un chiste ni la burla que hacemos de la clase política (a la que tenemos constitucional derecho). El meme es una idea en estado puro, destilada. No es necesario intervenirla, modificarla ni adosarle una explicación o comentario: basta colocarla en el momento correcto para que se entienda, sin violar ninguna ley tonta, extravagante y autoritaria.
Pero si el gobierno quiere darle la pelea a los ciudadanos en el terreno de las ideas, le informo que allí sí lleva todas las de perder.