Fascismo de juguete

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Opinión
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Así como expropió el título de izquierda para explotarlo desde una visión pobremente emparentada con el progresismo, AMLO se agenció también el vocablo ‘fascista’ para repartirlo indiscriminadamente entre los destinatarios de su resentimiento

Cualquier autor que se precie de su nueva obra organiza, en colaboración con su editorial, una presentación o incluso una gira de conferencias para discutir directamente con el público algunas de las ideas centrales de su texto; quizás para escuchar las impresiones de algún colega invitado, responder dudas e inquietudes de los asistentes y hasta firmar y dedicar el nuevo libro a quien así lo desee.

Pero no nuestro Tolkien de Macuspana. Él, desde su selvático edén personal en el que cómodamente decidió hacer vida monástica, nos envió una teleperorata de casi hora y media en la que presentar su obra fue apenas el pretexto para su verdadera intención: injuriar a sus detractores y acomodarles los peores calificativos de su inagotable costal de denuestos.

https://vanguardia.com.mx/opinion/democracia-pendular-BA23989459

Sólo imagine usted que acude con emoción a la presentación del nuevo libro de su escritor predilecto –novelista, poeta, ensayista– y que, en lugar de una amena charla de anécdotas, fuentes de inspiración, pasión por las letras y el oficio, su tótem literario fuese un resentido que aprovechara la ocasión para destilar públicamente su bilis contra todas aquellas personas que no traga:

“Y los siguientes que voy a mencionar se pueden ir mucho a fornicar con la autora de sus días”.

No le bastaron seis años de micrófono diario para colocar a todos los que no se alinearan con sus caprichos, a los que no se sometieran a su palabra o a los que cuestionaran su proceder, en una posición de antagonismo exacerbado con respecto a su amplísima y muy nutrida secta.

Y, al parecer, no siente que tener a la Presidenta de México como guardiana de su legado e intereses sea suficiente, o no considera que se esté esforzando lo bastante, de manera que tuvo que salir en persona, abandonar su retiro y emerger de entre la espesura de la selva para advertirle a su feligresía que se van a seguir diciendo y escuchando muchas cosas, algunas de ellas incómodas; quizás en algunos casos incluso se presenten pruebas y un rastro de evidencias que de manera lógica e inequívoca nos conduzcan hasta él o su círculo más allegado.

No importa, nada de ello es cierto. Es menester recordar (y justo a eso salió el viejo) que sus opositores son la peor escoria sobre la faz de la tierra, al menos con respecto a él, que es todo virtud: hombre de leyes, de palabra y de justicia; incorruptible e inmaculado; engendrado, no creado; demócrata, hombre de Estado, pacificador y conciliador.

Pero la palabra escogida en esta ocasión para tatuar en el pecho y la frente de sus malquerientes es “fascista”.

¡Wow! Y no es para menos. Es un vocablo muy poderoso. Después de todo, bajo dicha doctrina y sus variantes se cometieron los crímenes más atroces del siglo pasado.

https://vanguardia.com.mx/opinion/grafomania-fabrica-de-churros-NL23939040

A diferencia de otros epítetos que ha utilizado el macuspano para acusar una confabulación en contra suya (mafia del poder, fifís, aspiracionistas, conservadores, neoliberales), “fascista” entra en un terreno más delicado, pues prácticamente constituye una acusación de índole criminal.

Fascista me han llamado incluso a mí, casi siempre en la forma coloquial ibérica del término: “facho” o “derefacho”, lo cual me ofende mortalmente. Y no porque me quede el saco (objetivamente puedo demostrar que ideológicamente soy todo lo opuesto al fascismo), sino por la ligereza y la total ignorancia con que el término se utiliza como un insulto ya totalmente vacío, desprovisto de significado.

Pero es que ese es precisamente uno de los rasgos que Umberto Eco enlista como característicos del fascismo: el empobrecimiento del lenguaje, la neolengua.

Se trata de la reducción sistemática del debate a través de la sustitución de conceptos amplios y ricos por trampas dialécticas y la descalificación del interlocutor.

Y AMLO era el amo absoluto para simplificarlo todo y reducir los temas complejos a un nivel de párvulos. Desde el “fuchi caca” hasta los “fifís” o las “camionetas machuchonas”, hasta la puerilización de una política de Estado: “Primero los pobres”, “abrazos, no balazos”, “austeridad republicana”. No dice en qué consiste ni el cómo, pero dado que es la expresión de una buena intención, cuestionarla equivale a no querer la paz, a estar en contra de que los pobres prosperen o a favor de los privilegios excesivos de la clase política.

Si el líder llama a sus adversarios “conservadores” o de “derecha” todos los días desde su inventado púlpito-palestra, es una invitación para que su grey descalifique así a cualquiera que cuestione al régimen.

Así hasta que “derecha” o “conservador” terminan por perder su significado y se convierten en un insulto genérico, asociado con algo malo, pero difícilmente enunciable, si no es que imposible de describir. Sólo sirve para descalificar, como hace el líder en su conferencia matutina, y eso es todo lo que se necesita de la palabra en cuestión.

Pero palabras como “derecha”, “conservador” y, desde luego, “fascismo” y “fascista” tienen cada una un significado puntual (al menos al día de hoy creo que aún lo conservan).

Y he allí que no conviene tanto profundizar, pues ahondar en el significado podría ser autolesivo para el propio régimen que se promueve desde la estigmatización con tan graves rótulos.

Resulta que, según el dogma de la 4T, cualquier académico, intelectual, periodista o investigador cuyo trabajo conduzca hacia una conclusión desfavorable para el partido en el poder sería en automático un siervo de los grandes capitales, de potencias injerencistas y de círculos de corrupción.

https://vanguardia.com.mx/opinion/obradorismo-la-ultra-en-el-poder-AO23963131

Pero, por alguna razón, el macuspano o alguien más decidió que “fascista” sonaba mucho más contundente, que ponía más en alerta, quizás porque la palabra activa algunos resortes asociados con el pánico a las dictaduras del siglo pasado. Y así como expropió el título de izquierda para explotarlo desde una visión pobremente emparentada con el progresismo, se agenció también el vocablo “fascista” para repartirlo indiscriminadamente entre los destinatarios de su resentimiento.

Es necesario que cada individuo lea, investigue, descubra y comprenda cabalmente lo que es el fascismo, y decida libre y personalmente si el término le acomoda mejor a una periodista con un micrófono o, acaso, a un régimen que insiste en el uso indiscriminado de dicho término en un afán de vaciarlo por completo de su contenido.

Recomiendo encarecidamente los 14 puntos con que Umberto Eco describe al ur-fascismo (el fascismo eterno). Si tras su lectura y análisis más honesto cualquier lector decide que la periodista Carmen Aristegui es una fascista (como la llamó el viejo loco del rancho La Chingada), será un honor para este servidor militar en esa misma doctrina infame.

Columna: Nación Petatiux

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