La gula, el segundo mejor pecado
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Muchos buenos lugares hay en la ciudad de Oaxaca para comer bien. A mí me gustan dos: “La casa de la abuela” y “El biche pobre”. El nombre del primer restorán se explica por sí solo: el del segundo requiere explicación.
En Oaxaca el calificativo “biche” se aplica a quien es rubio y de ojos claros. El término, perteneciente al habla popular, equivale a nuestra voz “borrado”. Pues bien: había dos hermanos gemelos, biches los dos. Uno fue a la universidad y se hizo abogado. El otro, poco afecto a los estudios, puso una taquería. El licenciado comenzó a medrar con su profesión. El otro seguía vendiendo tacos. La gente llamó entonces al abogado “el biche rico”, y al taquero lo apodó “el biche pobre”.
Pero vino a suceder que la buena sociedad empezó a gustar de los guisos del vendedor de tacos, y éste, como suele decirse, se fue para arriba. Puso un restaurancito, y después un restauransote con el cual se hizo rico, más rico aún que el abogado. Con orgullo el fortunoso taquero bautizó a su establecimiento con el nombre que el pueblo le aplicó: “El biche pobre”.
En ambos sitios, “El biche pobre” y “La casa de la abuela”, se come muy bien. Pero a mí me gusta más ir al mercado. Ahí puedes degustar gusanos de maguey y chapulines; hay cecina y tasajo, y gallina en cualquiera de los siete moles que a Oaxaca han dado fama. También, obvio es decirlo, se expenden ahí tamales de todos los colores y sabores, y hay empanadas, y tlayudas, y chalupitas, y memelas, y tostadas, y la gran variedad de quesos oaxaqueños, y la profusa panadería lugareña, pues cada región tiene su propio pan, y todos llegan a este mercado, y puedes sopear los deliciosos panes en el humeante chocolate hecho en agua o en leche que ahí se sirve muy temprano por la mañana, o para la merienda de la tarde. En Oaxaca, bendito sea Dios, se pasa uno la mitad del tiempo comiendo. Y la otra mitad desayunando, merendando y cenando.
Las frutas que se venden en el mercado de Oaxaca decuplican las que en otras partes se consiguen. Aquí encuentras ciruelas que son ciruelas y ciruelas que no son ciruelas, sino otro fruto que sólo aquí he comido, de agradable gusto ácido. También hay esa fruta con nombre y sabor de paraíso que es el maracuyá. Y están el mamey y la guanábana, la chirimoya y el nanche, el zapote y el chicozapote, y otras diversas frutas más con las cuales se confeccionan las nieves sabrosísimas que se hallan junto al templo de la Soledad. Yo me pregunto si la gente va al templo a visitar la doliente imagen de la Virgen o a comer la exquisita nieve del lugar. A las dos cosas va, seguramente, que buen arte es saber armonizar las cosas del espíritu con las que al cuerpo atañen.
He ido una vez más al mercado de Oaxaca y me he llenado todo con sus sabor y sus aromas, con el color de sus flores, el lujo de sus atuendos femeninos y el arte de sus artistas artesanos. Mi estancia en la ciudad duró tres días, y sin embargo ahora me parece que duró un instante. En lengua zapoteca la palabra “colibrí” se dice “biulú”, que significa algo así como “lo que se va y se queda”. Al colibrí lo vez por un fugaz instante, pero se queda en la memoria. Se fueron esos días, pero queda su recuerdo como un regalo que el viajero, ya en su casa, evoca con saudade, o sea con nostalgia.