La hipocresía moral en el poder
Aceptar que no hay mandato divino detrás de las guerras obliga a enfrentar una realidad más difícil: que las decisiones que cuestan vidas humanas no provienen del cielo, sino de la voluntad de quienes gobiernan
El título que da nombre a esta reflexión puede implementarse a partir de los siguientes enunciados, que bien podrían servir como casos para reflexionar y ejemplificar la afirmación: a) Un líder político que habla de paz mientras impulsa guerras innecesarias, b) un líder religioso que defiende la justicia, pero actúa violentamente, y c) un discurso religioso que predica la compasión, pero justifica la violencia. El tema de fondo, en los tres: la hipocresía moral en el poder.
Tácitamente hablamos de una incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Y en el marco del poder es pretender que las acciones moralmente malas (no convenientes) sean moralmente buenas o justificables, desde los mismos valores que lo contradicen; eso nunca lo será.
Cuando la religión se entromete, como es el caso de la guerra cruenta entre Israel, Estados Unidos e Irán, que lleva como saldo más de 3 mil 500 decesos –en su mayoría civiles–, 30 mil heridos y más de 4 millones de personas desplazadas (The Wall Street Journal, 28 de marzo de 2026), hablamos del uso de Dios y de lo sagrado para justificar acciones que contradicen los valores centrales de esa misma religión. Es el caso del judaísmo, el chiismo y del cristianismo protestante, así como la idea del Destino Manifiesto.
En ese sentido, se da una constante incómoda en la historia: quienes ejercen el poder rara vez se presentan como lo que son –actores políticos con intereses–, sino como instrumentos de una verdad superior. Dios, la historia, el destino o la civilización se convierten en coartadas. Y en ese desplazamiento, la responsabilidad moral se diluye.
En el caso del judaísmo político en Israel, ciertas corrientes han transformado conceptos religiosos –como la idea del pueblo elegido o la tierra prometida– en argumentos territoriales contemporáneos. Lo que en origen es una narrativa espiritual se convierte en legitimación del control, expansión o defensa armada. El problema no es la tradición religiosa en sí, sino su mutación en lenguaje de poder: cuando lo divino respalda fronteras, cualquier cuestionamiento deja de ser político y pasa a interpretarse como una amenaza existencial.
En Irán, el fenómeno es aún más explícito. La teocracia no oculta la fusión entre religión y Estado; la institucionaliza. El discurso de resistencia, profundamente arraigado en el islam chiita, se convierte en una narrativa total: no hay oposición política; hay enemigos de la fe. Así, la guerra deja de ser una tragedia que debe evitarse y pasa a ser una expresión de fidelidad religiosa. El sacrificio humano, en este marco, no es un costo: es una virtud.
Por su parte, en Estados Unidos la retórica es más sofisticada, pero no menos problemática. El llamado “destino manifiesto” no necesita declararse teológico para operar como tal. La idea de una nación elegida, portadora de valores universales, convierte sus intervenciones en el mundo en actos casi inevitables. No se trata de intereses geopolíticos, sino de una supuesta misión moral. En este relato, la violencia no se ejerce: se administra en nombre del bien.
Las diferencias entre estos tres contextos son evidentes, pero la estructura que los sostiene es inquietantemente similar. En todos los casos, el poder político se reviste de un lenguaje trascendente que cumple tres funciones: justificar, simplificar y absolver. Justifica la acción antes de que sea cuestionada; simplifica la complejidad del conflicto en términos morales binarios y absuelve a quienes deciden, trasladando la responsabilidad a una instancia superior. Lo curioso del caso es que el concepto “religión” etimológicamente proviene de la palabra “re-ligar”: unir o volver a unir; hablamos de otra de las incoherencias.
Aquí es donde la crítica se vuelve inevitable. Porque si todos los bandos pueden invocar a Dios, la historia o la moral absoluta para justificar la violencia, entonces esas invocaciones dejan de ser criterio de verdad y se revelan como lo que son: herramientas de legitimación. La consecuencia más peligrosa de este mecanismo no es sólo la guerra, sino la imposibilidad de cuestionarla. Cuando una decisión política se presenta como voluntad divina, disentir no es debatir: es blasfemar. De ahí el desprestigio y la cada vez menor influencia de las religiones actuales.
Después de tantos días esperando una palabra del recién elevado al máximo cargo pontificio, el papa León XIV, el pasado Domingo de Ramos –al inicio de la Semana Santa–, en su campo –el tema religioso–, advirtiendo de la hipocresía moral del poder, afirmó que “Dios rechaza las oraciones de quienes tienen las manos manchadas de sangre”. Verdad monumental.
No es la religión la que debe legitimar al poder, sino el poder el que debe someterse a los principios éticos que dice representar. Y cuando no lo hace, la invocación de Dios no lo eleva: lo expone. La hipocresía moral en el poder no consiste en la existencia de contradicciones –eso es inherente a la política–, sino en su negación sistemática. Porque aceptar que no hay mandato divino detrás de las guerras obliga a enfrentar una realidad más difícil: que las decisiones que cuestan vidas humanas no provienen del cielo, sino de la voluntad de quienes gobiernan. Así las cosas.