¡La izquierda ha muerto!

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Opinión
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Los morenistas fingen no haberse dado cuenta para justificar su existencia y su voracidad por el poder como un fin en sí mismo

Friedrich Nietzsche escribió: “Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado”. Parafraseo su sentencia para aplicarla al caso de la izquierda: “La izquierda ha muerto. La izquierda sigue muerta. Y los izquierdistas la han matado”.

Con la caída del Muro de Berlín, en 1989, la izquierda entró en un vacío existencial: perdió su razón de ser. Se vio forzada a reconocer su incapacidad para construir una sociedad a imagen y semejanza del ser humano. La hoz y el martillo, sus emblemas, se volvieron contra aquella esperanza: la segaron de tajo y la golpearon hasta dejarla crucificada, con rostro proletario, en el altar del socialismo fracasado.

¡Lo siento!

El derrumbe dejó al descubierto el rostro autoritario y totalitario de los distintos experimentos socialistas en la Unión Soviética, los países de Europa del Este, China, Camboya, Corea del Norte, Angola, Mozambique y Cuba, entre otros. La promesa de emancipación quedó derruida ante sus resultados.

El común denominador fue aterrador. Yevgueni Zamiatin advirtió que “el socialismo eliminaba la intimidad, convertía a las personas en números y presentaba la libertad como una enfermedad”. Milovan Djilas denunció “la formación de una élite burocrática que monopolizaba el poder y los privilegios mientras proclamaba haber eliminado las clases sociales”. Václav Havel describió: “la obediencia cotidiana y la participación ritual en la mentira oficial como mecanismos de reproducción del régimen”. George Orwell retrató “la vigilancia, la falsificación del pasado y la manipulación del lenguaje”.

Leszek Kołakowski cuestionó “el dogmatismo y las justificaciones ideológicas del autoritarismo”. Hannah Arendt analizó “la combinación de ideología, terror y aislamiento social”. Arthur Koestler expuso “la lógica de las confesiones fabricadas y de las purgas masivas de intelectuales, artistas, homosexuales o exmilitantes comunistas”. Finalmente, Albert Camus rechazó “la justificación del asesinato y de la represión en nombre de una futura emancipación de la humanidad”.

Esos experimentos socialistas fallidos se sostuvieron mediante la vigilancia, el terror, la destrucción del individuo y la obediencia.

Desde esta perspectiva, la izquierda muere con la destrucción de la utopía socialista. Su derrumbe abre paso a un horizonte distópico: la erosión de la democracia como vía para organizar la convivencia social y alcanzar la equidad y la justicia; la deshumanización progresiva, que convierte a la persona en mercancía; y el desplazamiento de la razón por la emoción como criterio para interpretar la realidad.

En ese horizonte prospera la posverdad: las emociones y las creencias personales pesan más que los hechos objetivos en la formación de la opinión pública. La distorsión deliberada de la realidad se convierte en un instrumento para influir en los comportamientos sociales.

El control de la información obstaculiza el acceso a versiones independientes y contrastables de los hechos. Se profundizan las desigualdades económicas y las diferencias en el acceso al poder político. La polarización nos asfixia. La vigilancia y la disciplina inducen a la población a comportarse como si estuviera siempre observada. La tecnología –a través de las redes sociales y la inteligencia artificial– toma por asalto el sentir y el pensar de los individuos. El cinismo y la desesperanza se apropian de nuestras vidas.

En ese entorno distópico, ¿cómo es posible que los morenistas se autodenominen como izquierdistas? La pregunta es clave porque el populismo que los arropa es, por su vocación autoritaria y totalitaria, el hijo bastardo del socialismo y del fascismo. El caso de Nicaragua es emblemático. También lo son Cuba y Venezuela, hasta antes de Nicolás Maduro. México, sin rubor alguno, camina en esa dirección.

¿Y el ‘Papayita’? O, ¿cómo tapamos el pozo?

Roger Bartra, eminente antropólogo e integrante de la izquierda histórica, advierte que esa corriente política está muerta en México:

“El gobierno de México es de derecha, conservador, y tiene esas peculiaridades que continúan de la época del PRI y que son propias del nacionalismo, que aparenta una especie de izquierdismo y oculta una condición fundamentalmente reaccionaria y de derecha, que es lo que caracteriza al populismo de López Obrador y de Claudia Sheinbaum”.

Lo dicho: ¡La izquierda ha muerto! Los morenistas fingen no haberse dado cuenta para justificar su existencia y su voracidad por el poder como un fin en sí mismo.

La transformación es su excusa, pero la ruta la marcan personajes como Guadalupe Taddei, Rubén Rocha Moya, Ricardo Monreal, Adán Augusto López, Andy López Beltrán y el propio AMLO.

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