La mujer, ese ser ingobernable
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Se equivocaba don Amadeo. España no era ingobernable. Ningún país lo es. Las que son ingobernables son las damas
La corte madrileña andaba escandalizada. El rey de España, Amadeo de Saboya, se había enredado en amores adulterinos con una dama de palacio. No tan dama, por lo visto. Se le veía con ella en los jardines, y luego desaparecían de súbito en alguna de las casitas de hortelano que había en las esquinas de la huerta real. Seguramente no iban ahí a rezar el rosario.
Por fortuna para los buenos modos y la moral del reino, el soberano se cansó bien pronto de aquella señora. Un par de semanas después de recibir su favor y todo lo demás, se olvidó de ella y puso los ojos en otra dama, ahora la esposa del embajador de cierto país de poca monta. La abandonada, desgraciadamente, no quedó contenta. Empezó a asediar a don Amadeo. Lo perseguía por todas partes; sin decoro alguno lo tiraba del brazo para lograr que la atendiera. Entonces lo llenaba de reproches, y se podían oír sus alteradas voces. Aquello era la diversión de la corte. Las damas de la reina, que habían mirado con envidia el encumbramiento de su compañera, ahora se burlaban de sus quejas, sus lágrimas y su despecho.
El pobre de don Amadeo no hallaba ya qué hacer. Su antes amiga lo seguía por dondequiera con obstinación como sombra fatal, sombra del mal; lo abrumaba con lamentos y amenazas. Le decía que si la desdeñaba propalaría todos los detalles íntimos de su relación, con algunos datos secretos y muy interesantes sobre sus peculiaridades en la cama. El rey andaba inquieto y desasosegado. Se arrepentía de haber hecho su amante a aquella española con temperamento de gitana y lengua cortante de francesa.
Desesperado, reunió a sus ministros y, en términos comedidos, y aun suplicantes, les preguntó si no podían hacer con su tremenda amiga lo mismo que habían hecho con otra de sus amiguitas, italiana ella: quitársela de encima y sacarla del país.
Los ministros le dijeron que eso era imposible. El caso era distinto. La otra era extranjera; ésta era española; la amparaban las leyes del reino. Debía arreglárselas él solo.
Otra vez ardió en furia don Amadeo, y pronunció entonces una frase que en broma se repitió durante muchos años en España:
–¡Este país es ingobernable!
Se equivocaba don Amadeo. España no era ingobernable. Ningún país lo es. Las que son ingobernables son las damas, criaturas misteriosas a las que los varones no sólo no podemos conducir: ni siquiera podemos entender. Ellas tienen su voluntad, y la ejercitan como lo que son: reinas de su propio arbitrio, y dueñas también del nuestro.
La afición a las damas no es pecado: es muestra de buena educación. Gran irreverencia, descortesía grande es no rendir a nuestras compañeras el homenaje que merecen por el sólo hecho de ser mujeres, preciosa cualidad que no necesita de ninguna otra para imponerse sobre el varón, su vasallo.
Séame permitido decir una verdad irrefutable: el hombre mandilón es hombre sabio.