La ONU frente al espejo en su cumpleaños 81

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Opinión
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Necesitamos que la sucesión esté bien hecha, porque el próximo secretario o secretaria general tendrá que navegar un mundo distinto al de hace 80 años

El 24 de octubre se celebró el Día de las Naciones Unidas y, con ello, su cumpleaños número 81. Como sabemos, en este tipo de fechas, los festejos llegan con planteamientos críticos sobre los objetivos y los resultados del funcionamiento de la institución. En esta ocasión, sin embargo, la celebración viene con otro regalo incómodo: la sucesión de su secretario general.

En efecto, el segundo mandato de cinco años de António Guterres (Lisboa, 1949) concluirá el 31 de diciembre de 2026. Lo que estamos viendo estas semanas en Nueva York no es una elección democrática como la solemos entender en los países, sino un proceso diplomático con ciertas opacidades, pero que a la vez resulta decisivo para el mundo.

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Así funciona: cualquier Estado miembro puede proponer candidaturas y será la Asamblea General la que haga el nombramiento a recomendación del Consejo de Seguridad. En la práctica hay cierto cabildeo y se celebran audiencias ante esta Asamblea, pero el verdadero filtro está en el segundo órgano a través de los famosos straw polls, es decir, sondeos informales que hacen sus integrantes para tantear la tendencia antes de la votación oficial.

En esta suerte de “encuesta interna”, se reparten papeletas donde los 15 integrantes del Consejo marcan su respaldo o no a las candidaturas que se presentan, de manera que se va perfilando el panorama meses antes de la renovación del cargo. Para que un perfil sea recomendado a la Asamblea General, se requiere que obtenga 9 votos y no recibir un veto de los cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido). Es un sistema diseñado en 1945 para obligar al consenso entre potencias rivales. Funciona, pero con el costo de dejar fuera de la decisión al mundo.

Hay que considerar además que en este proceso hay actualmente una presión histórica, nunca cumplida, para que por fin sea una mujer quien dirija la Organización. A esto se suma la exigencia geográfica para que sea de América Latina o de Europa del Este, regiones a las que les “tocaría” el cargo, considerando la dinámica de rotación regional que suele verse en el historial de designaciones.

Al respecto, ya hay nombres que circulan en los pasillos. Inicialmente se habla de siete postulaciones, de las cuales cuatro corresponden a mujeres y tres a hombres. Entre ellas figuran Rebeca Grynspan, de Costa Rica, cuyo último cargo es secretaria general de la UNCTAD (la agencia de Comercio y Desarrollo de la ONU); Carolyn Rodrigues-Birkett, de Guyana, actual embajadora de ese país ante Naciones Unidas en Nueva York; María Fernanda Espinosa, de Ecuador, expresidenta de la Asamblea General de la ONU; Ivonne A-Baki, también ecuatoriana, exministra de Comercio Exterior. En su momento también se presentó la expresidenta de Chile, Michelle Bachelet. Por cierto, sobre esta última, fue apoyada por nuestro país, aunque ya retiró su candidatura al enterarse de algunos vetos que tuvo en los recientes sondeos del Consejo.

Un dato que puede resultar alentador es que, por primera vez en la historia, son más las mujeres que hombres las que están buscando el cargo, y quizá también el hecho de que la mayoría de las candidatas sean latinoamericanas desde nuestra región no suena mal.

Ahora bien, una cosa es el debate sucesorio, pero otra la oportunidad que supone debatir de fondo sobre el futuro de la institución. En este sentido, ciertamente hay bastantes críticas a la ONU, entre ellas la de su involucionado diseño institucional que data de 1945, la paralización que puede hacer el Consejo de Seguridad con el veto y la consecuente inacción ante los conflictos mundiales (pensemos en Gaza, Ucrania o Sudán). Presenta también debilidades financieras, lo que tiene al organismo “al día” y dependiente de las aportaciones voluntarias de sus mayores contribuyentes.

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Sin embargo, ello no puede llevarnos al extremo de afirmar que la ONU “no sirve para nada”, como a veces he leído por ahí con cierta ligereza. Gracias a ella, por ejemplo, tenemos avances importantes en el Derecho Internacional y un Sistema Universal de Protección de Derechos Humanos. Además, Naciones Unidas cuenta con muchos programas y estrategias que han logrado la descolonización, la paz, la ayuda humanitaria y la contención de bastantes problemas mundiales. Hay áreas de oportunidad, ciertamente, como todo en la vida, pero es mejor tener lo que hay de la ONU que no tener nada.

Y claro, también hay que decirlo, la ONU no es la culpable per se de sus dificultades. El organismo es resultado del diseño dado por los países y son estos también los que la pueden cambiar; por eso se torna importante el perfil y el plan que las candidaturas traigan bajo el brazo en esta sucesión para su fortalecimiento y modernización.

Estemos atentos al proceso. Necesitamos que la sucesión esté bien hecha, porque el próximo secretario o secretaria general tendrá que navegar un mundo distinto al de hace 80 años, que ahora está lleno de crisis geopolíticas, ambientales, migratorias, tecnológicas, energéticas, alimentarias, de salud mental y demográfica. Necesitamos su evolución, porque si no se reforma a sí misma, me temo que otros –las potencias, las corporaciones, los conflictos– la reformarán por omisión.

El autor es el secretario académico de la Academia Interamericana de Derechos Humanos

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH

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