Las niñas detrás del horror: les robaron la infancia y el silencio prolongó su sufrimiento

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Opinión
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Ninguna película de terror parece capaz de provocar tanto horror e indignación como las historias reales de las más de 200 mil mujeres y niñas que fueron sometidas a un sistema de esclavitud sexual militar bajo el gobierno japonés

Las historias de terror clásicas se centran en personajes ficticios como un fantasma, un muñeco que cobra vida, un asesino serial o hasta demonios. Octubre, conocido por la celebración de Halloween, se convierte así en una época ideal para disfrutar del cine y los relatos que buscan provocar miedo. Sin embargo, mientras estas narraciones suelen permanecer en el terreno de la ficción, la realidad retrata diversas formas de violencia que trascienden la pantalla: noticias sobre asesinatos, asaltos y otras tragedias que afectan tanto a personas desconocidas como a quienes forman parte de su entorno cercano. En ocasiones, el verdadero terror no proviene de aquello que se imagina, sino de lo que se tiene certeza que ha ocurrido.

En un mundo hiperconectado, las redes sociales han acelerado la difusión de noticias impactantes, especialmente cuando se trata de hechos delictivos que, por su crueldad, conmocionan a la opinión pública. Algunos de estos acontecimientos llegan a convertirse en documentales que reconstruyen los hechos y examinan sus causas y consecuencias. No obstante, la violencia que merece la atención de la sociedad no se limita a los sucesos recientes ni a los crímenes que circulan diariamente en los medios de comunicación.

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A lo largo de la historia, la humanidad ha sido testigo de atrocidades cometidas en contextos de guerra y persecución, cuyos efectos han trascendido generaciones y continúan provocando indignación y sufrimiento. El Holocausto constituye uno de los ejemplos más significativos: un acontecimiento que marcó un antes y un después en la conciencia internacional sobre la necesidad de proteger los derechos humanos y que, en países como Alemania, forma parte de una memoria histórica preservada mediante la educación, los museos, los monumentos conmemorativos y otras iniciativas destinadas a mantener vivos los recuerdos de las víctimas y evitar que estos crímenes caigan en el olvido.

Entonces, bajo esta lógica, cabe preguntarse: ¿por qué siguen siendo tan poco conocidas las historias de las niñas y mujeres que fueron sometidas a esclavitud sexual, violaciones y otras formas de violencia por parte del ejército imperial japonés durante la Segunda Guerra Mundial? ¿Por qué la historia de Kim Bok-dong, quien fue sometida a esclavitud sexual cuando tenía apenas 14 años, no ocupa un lugar más visible en nuestra memoria colectiva?

Ninguna película de terror parece capaz de provocar tanto horror e indignación como las historias reales de las más de 200 mil mujeres y niñas que fueron sometidas a un sistema de esclavitud sexual militar bajo el gobierno japonés, en el que la tortura sexual se ejercía de manera sistemática y continuada. Para dimensionar la gravedad de estos hechos, es necesario mirar más allá de las cifras y reconocer que detrás de cada una existía una vida, una infancia y un futuro que fueron violentamente arrebatados.

El sufrimiento de estas mujeres no terminó con la derrota de Japón en 1945. Varias sobrevivientes quedaron lejos de sus hogares, mientras que otras regresaron a sus comunidades después de años de cautiverio. Algunas enfrentaron secuelas físicas y psicológicas, pobreza, desarraigo y dificultades para reconstruir sus vidas.

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A estas consecuencias se sumó el estigma social: en sociedades donde la sexualidad de las mujeres se ha asociado históricamente con la honra familiar y la supuesta castidad, reconocer públicamente que habían sido víctimas de violencia sexual podía exponerlas al rechazo, la discriminación y la vergüenza impuesta por su propio entorno. Así, para muchas de ellas, sobrevivir significó también cargar durante décadas con el peso de un silencio que no habían elegido libremente. Sin embargo, ese mutismo comenzó a resquebrajarse cuando algunas sobrevivientes encontraron la fuerza para contar sus historias públicamente.

En 1991, Kim Hak-sun contó por primera vez su historia como víctima de esclavitud sexual por el ejército imperial japonés; las únicas dos demandas que realizó al gobierno fueron reconocer los hechos y que se disculpara con las víctimas. Japón manipula deliberadamente la información para minimizar los sucesos y deslindarse de responsabilidades. La manera en que un país enseña su pasado influye en la forma en que las nuevas generaciones comprenden la violencia, reconocen a sus víctimas y asumen las obligaciones históricas. Cuando la memoria se minimiza, se omite o se presenta de manera incompleta, también se debilitan las posibilidades de aprender de ella.

Por eso, cada 11 de octubre, cuando se conmemora el Día Internacional de la Niña, reconocido por la Asamblea General de la ONU, resulta indispensable recordar a aquellas menores a quienes se les arrebató la infancia mediante la violencia, la explotación y la esclavitud sexual, como un acto de recuperación de memoria colectiva.

La autora es titular de la Unidad de Derechos Humanos e Igualdad de Género del Poder Judicial del Estado de Coahuila de Zaragoza

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH

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