La pax narca y el nuevo orden mundial
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Extraordinariamente conveniente resulta descubrir ahora que el caos y la violencia en Sinaloa son culpa de la “injerencia extranjera”. Siguiendo esa lógica, antes de que los estadounidenses presuntamente metieran las manos todo funcionaba sin mayores sobresaltos; menos homicidios, relativa calma y una envidiable pax narca que permitía al cártel del “Mayo” Zambada y sus socios políticos administrar sus negocios sin estorbar demasiado la narrativa oficial.
Esta coartada que pareciera útil al gobierno de Sheinbaum para explicar varias cuestiones evidentes como la implosión de Morena y su crisis reputacional con la imparable ola de escándalos choca con la incómoda realidad.
La pirueta presidencial discursiva es extraordinaria. El problema no es el empoderamiento gracias a los abrazos al crimen organizado durante el sexenio anterior, donde el delincuente Zambada y sus narco-socios morenos se regodearon en un océano de impunidad.
Para la desgracia del régimen la cortina de humo de la “injerencia extranjera” duró poco, además de exhibir la supina ignorancia en una coyuntura particularmente desfavorable para el gobierno mexicano.
Apenas se había desplegado para trasladar hacia Washington la responsabilidad —hágame el favor— por haber roto aquella pax narca, cuando desde la tribuna de la ONU llegó el severo revés (geo)político.
El presidente Trump puso el problema en términos brutalmente distintos al expresar que “México es el epicentro de la violencia de los cárteles” y que debe recuperar el control de su territorio. Un golpe directo a la narrativa de fortaleza proyectada desde Palacio Nacional.
Por eso la acusación del magnate desde la ONU es tan incómoda. El presidente estadounidense no demostró que México está gobernado por los cárteles, sino que atestó un golpe político particularmente grave. Coloca en la mesa justamente la pregunta que la narrativa de la “injerencia extranjera” intenta esquivar.
Si durante la pax narca era indispensable conservar intacto el equilibrio entre el crimen organizado y la red de narcopolíticos para mantener a raya Sinaloa, ¿qué es exactamente lo que se estaba preservando, la cacareada soberanía del Estado mexicano o la estabilidad del poder criminal?
Y como si al relato le faltara sincronía, irrumpe en el caótico escenario la FGR y su megadecomiso de huachicol fiscal donde el engrudo se hace bolas y lo que debía ser un operativo para presumir músculo institucional, con el paso de las horas se volvió un ejercicio de auto-confusión. Cada aclaración necesitó una aclaración y cada respuesta abría nuevas preguntas. El engrudo ya no pega, se apelmaza.
La mejor definición del momentum que se vive es un gobierno atrapado en una cadena de escándalos de corrupción e ineficacia que ya ni siquiera intentan resolver. No hay tiempo para cerrar una crisis antes de inaugurar la siguiente en medio del torbellino político electoral rumbo al 2027. La acumulación deja de ser una sucesión de crisis para convertirse en una crisis de gobierno.
El desgaste presidencial deja de ser episódico y se vuelve estructural. Ése es el Rubicón que amenaza con cruzarse. Que el problema ya no sea el control de la agenda sino descubrir que se ha perdido la capacidad de imponerla.
México se consume en su propio laberinto mientras por un lado Washington y Pekín dibujan los contornos del nuevo orden mundial y en paralelo 15 países firman la Declaración Conjunta del Escudo de las Américas.
La sutileza, en este caso, resulta francamente innecesaria.
@GomezZalce