La paz en todas partes
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La educación para la paz no es un lujo académico, sino una herramienta de prevención
El 21 de septiembre es, para buena parte del mundo, una fecha más en el calendario. Sin embargo, desde 1981 tiene una conmemoración y un propósito: recordarnos que la paz es una construcción permanente que exige memoria, instituciones y voluntad política e individual.
La Carta de las Naciones Unidas se firmó el 26 de junio de 1945 en la ciudad de San Francisco, California, en un contexto marcado por el final de la Segunda Guerra Mundial. El compromiso fundacional de dicho documento fue convertir a la paz en algo más que la ausencia de un conflicto armado, sino en condición previa para el ejercicio de los derechos humanos.
En el preámbulo de la Carta se menciona que los pueblos deben preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra, reafirmar la fe en los derechos humanos, en la dignidad y el valor de la persona, y en la igualdad de derechos. Además, establece que para lograr tales fines los países deben practicar la tolerancia y la convivencia.
El artículo primero señala, como uno de los propósitos de las Naciones Unidas, mantener la paz y la seguridad internacionales, tomar medidas para prevenir y eliminar amenazas a la misma, así como suprimir actos de agresión.
Estos fines fueron recogidos en la Constitución de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, aprobada en Londres en el mes de noviembre de 1945, cuyo preámbulo menciona que, puesto que las guerras nacen en la mente de los seres humanos, es en la mente de las personas donde deben erigirse los baluartes de la paz.
Además, establece que la amplia difusión de la cultura y la educación en la humanidad y la libertad son indispensables para la dignidad de las personas, por lo que es importante desarrollar e intensificar las relaciones entre los pueblos a fin de que se comprendan mejor entre sí y adquieran un conocimiento más preciso y verdadero de sus vidas.
Con esa frase, la paz dejó de ser exclusivamente un asunto de tratados entre Estados y pasó a ser también un asunto de educación, cultura y diálogo entre las personas. Es decir: la paz no sólo se firma, también se enseña.
Esta idea no es ajena a nuestro contexto. En las aulas, en los centros de formación en derechos humanos, en las comunidades donde se disputan recursos o se enfrenta la violencia cotidiana, la paz se construye –o se erosiona– todos los días. Invertir en ella significa, entre otras cosas, invertir en educación, en justicia pronta y en instituciones capaces de resolver los conflictos antes de que escalen.
En 1981, la Asamblea General de las Naciones Unidas acordó que el 21 de septiembre de cada año se celebraría el Día Internacional de la Paz, con el propósito de conmemorar y fortalecer los ideales de paz en cada nación y en cada pueblo, especialmente por conducto de todos los medios de enseñanza.
En 2026, el lema adoptado por la ONU para conmemorar este día es “Invierte en la paz para todas y todos, en todas partes, todos los días”, el cual busca impulsar pequeñas acciones que contribuyan a generar espacios de paz en nuestras actividades cotidianas, invitándonos a convertirnos en arquitectos cotidianos de la paz y a sostener una convivencia pacífica en los distintos espacios en los que nos desarrollemos.
Si bien los gobiernos tienen grandes responsabilidades en el mantenimiento de la paz y la tolerancia entre las naciones, todas y todos nosotros tenemos la oportunidad y el deber de incidir en la construcción de una convivencia armónica y solidaria entre las personas.
El panorama internacional no deja lugar a la complacencia. En Gaza, 63 universidades han sido destruidas desde octubre de 2023, y el 97 por ciento de los edificios escolares requieren una reconstrucción completa. En Ucrania, 2 mil 800 escuelas han sido dañadas o devastadas desde que comenzó la guerra, en febrero de 2022. En ambos escenarios se repite el mismo patrón: cuando colapsan las instituciones, la educación es de las primeras víctimas, pero también es, invariablemente, una de las principales herramientas para la reconstrucción.
La educación para la paz no es un lujo académico, sino una herramienta de prevención: las aulas –desde la educación básica hasta la formación universitaria– son el espacio donde se enseña a resolver las diferencias sin violencia, se fortalece la cultura de la legalidad y se forman las y los ciudadanos que, más adelante, sostendrán la paz social.
A la violencia armada se suma otra forma de erosión de la paz, menos visible, pero igualmente peligrosa: la polarización que crece en el debate público, por lo que es necesario insistir en que convivir en paz exige construir confianza mediante el diálogo, la inclusión y la reconciliación.
Esta tarea, de nuevo, comienza en las aulas: en la manera en que enseñemos a las nuevas generaciones a discrepar sin deshumanizar al otro. A construir la paz en todas partes, todos los días.
El autor es director del Centro de Educación para los Derechos Humanos de la Academia Interamericana de Derechos Humanos
Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH