La revista El Ateneo a más de un siglo de su aparición (4)
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El Ateneo fue caja de resonancia de la vida ateneísta, cuyos ecos desbordaron el ámbito exclusivamente estudiantil, al tiempo que se constituyó en altavoz del acontecer académico, literario y científico de su época
Con esta colaboración cerramos el tema de la producción editorial del Ateneo Fuente, con un repaso a su revista estudiantil El Ateneo, como órgano oficial de la Sociedad de Alumnos “Juan Antonio de la Fuente”, quizás la publicación de más larga vida en su tipo. En la colección que conocemos, puede apreciarse el trabajo de diseño gráfico en los cabezales interiores, enmarcados en especie de cartelas, y en la tipografía de las portadas, casi todas impresas a color, algunas a dos tintas. Humildes en los primeros números, adquieren categoría principalmente en la época de los treinta y con algunas ediciones a todo color en la década siguiente.
Las portadas de El Ateneo constituyen un muestrario de los estilos y diseños gráficos imperantes en sus distintas épocas. En 1929 y 1930, el maestro de dibujo Eugenio David Reyes trazó en tinta china algunas portadas para la revista. Sus dibujos son composiciones que incluyen en primer plano a la diosa Atenea, su templo griego y la silueta del edificio nuevo del Ateneo, combinados con el pebetero o la emblemática antorcha del escudo institucional y otros símbolos de la sabiduría y el conocimiento.
Otras portadas lucen en tinta roja versiones distintas de la antorcha ateneísta. La década de 1930 dejó cubiertas con dibujos modernistas en líneas y figuras geométricas a una o varias tintas. Entre las de los últimos años, la de junio de 1944 reproduce a todo color la simbólica antorcha cruzada por el lema Veritas sobre la flama radiante; a su lado derecho, el banderín y, en el tercio inferior, la guirnalda de laurel adornada con el listón rojo del escudo del Ateneo Fuente.
Francisco Sánchez Uresti, un personaje clave en la vida ateneísta, diseñó y dibujó en 1917 el escudo del Ateneo descrito arriba, para la gran celebración del Cincuentenario del colegio. El mismo profesor, encontrándose imposibilitado por alguna enfermedad para hacerlo él mismo, mandó llamar al también maestro de dibujo Eugenio D. Reyes, para que hiciera el trabajo de transferir el escudo al estandarte y la bandera que, desde entonces, son los símbolos de identificación del Ateneo Fuente.
Además de constituir un compendio de la actividad editorial de la institución, la revista El Ateneo fue caja de resonancia de la vida ateneísta, cuyos ecos desbordaron el ámbito exclusivamente estudiantil. Al mismo tiempo, se constituyó como altavoz del acontecer académico, literario y científico de su época, y más allá de incidir en la vida social, profesional, empresarial, financiera, turística y comercial de Saltillo y la región, logró proyección a todo el país.
En sus mejores épocas, sus vibraciones alcanzaron espacios impensados. Los alumnos que habían participado principalmente en el cuerpo de editores y redactores, y aun como colaboradores de la revista, al terminar la preparatoria se llevaban consigo la inquietud editorial adonde fueran a estudiar carrera profesional, principalmente a la Ciudad de México, donde encontraron ambiente propicio para aterrizarla.
El ejemplo más contundente es la revista Vanguardia, órgano del Grupo de Universitarios Coahuilenses Pro-Acción Social, creado en la difícil etapa de puertas cerradas que sufrió el Ateneo durante el conflicto por la educación socialista en 1934. La dirigieron los ateneístas Eduardo J. Hernández, Ernesto Flores Mellado y Rubén Aguirre Elguézabal. Su formato es muy parecido al de la revista El Ateneo y sus colaboradores son coahuilenses y ateneístas. En el primer número, Vanguardia publicó obras de Manuel Múzquiz Blanco, José Rodríguez Garza, José García Rodríguez, Artemio de Valle-Arizpe, Andrés L. Viesca y Vito Alessio Robles. Algunos autores repiten en ediciones siguientes y en el de mayo aparecen, además, dos ensayos cortos del siempre escurridizo Julio Torri.
En la época de la revista El Ateneo, hubo otras publicaciones escolares como las revistas El Normalista, de la Escuela Normal de Coahuila, y Minerva, del desaparecido Colegio Roberts, pero la diferencia radicó en que estas se dedicaron sólo a los asuntos estudiantiles y no reflejaron la cultura de Coahuila y del país como sí lo hizo El Ateneo, que dejó tras de sí toda una enseñanza de trabajo editorial prolongado por muchos años e imitado en otras publicaciones de ateneístas.