La salud mental también mata
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Hay enfermedades que se ven, duelen y obligan a buscar un médico. Y hay otras que se esconden detrás de una sonrisa, de un día de trabajo o de un silencio que nadie se toma la molestia de interpretar. La salud mental pertenece a esa segunda categoría, hasta que el sufrimiento deja de ser invisible y se convierte en tragedia.
Cada 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental. Una fecha que debería servir para algo más que llenar las redes sociales de frases motivacionales y recomendaciones que olvidaremos al día siguiente. Porque mientras hablamos de bienestar emocional, millones de personas libran una batalla silenciosa sin atención profesional, sin recursos económicos y, demasiadas veces, sin alguien dispuesto a escucharlas.
Las cifras son contundentes. La Organización Mundial de la Salud advierte que más de mil millones de personas viven con algún trastorno mental en el mundo. La ansiedad y la depresión están entre los padecimientos más frecuentes y afectan a personas de todas las edades y condiciones sociales.
No estamos hablando de un problema marginal ni de una debilidad individual. Estamos ante una crisis de salud pública que atraviesa familias, escuelas, centros de trabajo y comunidades enteras. Una crisis que deteriora las relaciones personales, reduce la calidad de vida y, en los casos más graves, puede contribuir a la pérdida de vidas humanas.
Lo verdaderamente preocupante es que, pese a la magnitud del problema, la atención sigue siendo insuficiente y desigual. Hay quienes pueden pagar una consulta psicológica y sostener un tratamiento durante meses. Otros apenas tienen para cubrir sus necesidades básicas. Para estos últimos, cuidar la salud mental en un lujo que no pueden permitirse.
En México, el panorama tampoco permite el optimismo complaciente. Las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) registraron 8 mil 709 suicidios durante 2025. Detrás de cada número hay una persona, una historia y una familia que tendrá que aprender a vivir con una ausencia que ninguna estadística puede explicar.
Esto exige detectar a tiempo las señales de alarma, facilitar el acceso a profesionales, fortalecer los servicios públicos de salud y terminar con el prejuicio de que pedir ayuda es una muestra de debilidad. Porque todavía hay quienes creen que la depresión se resuelve echándole ganas; que la ansiedad desaparece con fuerza de voluntad y que los problemas emocionales son inventos de una sociedad demasiado cómoda.
Tampoco podemos ignorar las presiones de la vida cotidiana. La incertidumbre económica, la violencia, la inseguridad, el aislamiento, las jornadas laborales extenuantes y los conflictos familiares pueden agravar el sufrimiento emocional. No explican por sí solos todos los padecimientos, pero forman parte de una realidad que debemos atender si queremos construir comunidades más saludables.
La responsabilidad no es exclusiva del Gobierno y aunque comienza en casa, las autoridades tienen una obligación ineludible: garantizar servicios accesibles, personal capacitado, programas de prevención y atención oportuna. No basta con recomendar que la gente cuide su salud mental ni publicar mensajes de solidaridad mientras los servicios de atención son insuficientes.
La pregunta es inevitable: ¿cuánto estamos dispuestos a invertir para evitar que el sufrimiento se convierta en una emergencia? ¿Cuántas tragedias necesitamos para entender que atender la salud mental es una necesidad?
Este 10 de octubre no hacen falta más discursos para quedar bien. Hace falta menos indiferencia, menos estigmas y más acciones. Hace falta entender que detrás de una persona que se aísla, pierde el interés por la vida o pide ayuda puede haber un sufrimiento que no sabemos dimensionar.
La salud mental no siempre aparece en una radiografía ni en un examen de sangre, pero sus consecuencias pueden ser devastadoras. Mientras sigamos tratando el dolor emocional como un asunto privado, una vergüenza familiar o una simple falta de carácter, estaremos dejando solas a demasiadas personas.
Porque cuidar la salud mental no consiste en aprender a vivir mejor. En muchas ocasiones, consiste en evitar que alguien pierda las razones para seguir viviendo.
@marcosduranf