La serie que México debe ver (2 de 2)

Opinión
/ 14 julio 2022
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Compartí en la pasada entrega mis cinco tips para no caer en esos abismales vórtices de atención, tiempo y devoción que consumen nuestras vidas: Las series de plataformas. Le recuerdo brevemente: 1.- Sólo vea “limited series” (de una sola y única temporada). 2.- No inicie una serie hasta que haya concluido y sólo si tanto la crítica como el público la avalan. 3. Vea sólo seriales de una extensión razonable (si tiene 72 temporadas quizás no sea tan buena idea). 4.- Prefiera series clásicas y de culto. 5.- No vea narcoseriales (¡no sea...!).

En más de una ocasión, sin embargo y sin que me lo proponga, he iniciado un serial cuyo destino aún no está escrito. Recién me pasó con “The Boys” (de Amazon Prime). La comencé a ver porque tenía entendido que se basaba en una novela gráfica. Así que supuse que ya había sido adaptado todo el material y sus dos temporadas eran todo lo que había que contar.

¡Por qué -maldita sea- seré tan iluso!

Ahora estoy -como se suele decir- bien picado. ¡Sí! Pero también muy fastidiado para esperar a ver cómo todo se resuelve, quizás, en la cuarta, quinta o sexta temporada. ¡No lo sé y me frustra! No quiero tener esa chatarra almacenada en mi cabeza todo un año sólo para retomar el hilo. El problema es que como ya me importan los personajes, quiero un buen desenlace y lo quiero ahora.

“The Boys” se desarrolla en un mundo alternativo y muy semejante a éste, con la pequeña salvedad de que los superhéroes son reales. Sí, los hombres y mujeres en mallas con habilidades suprahumanas, que están “para proteger a las personas y servir a la sociedad”, existen y coexisten con el común de los mortales.

Pero los súper no son gente noble, no pertenecen a una raza superior de moral elevada; no son elegidos de los dioses, ni supervivientes de un planeta moribundo. Son gente muy ordinaria a la que una perversa corporación le administró, desde su niñez, un compuesto que hace que cada individuo desarrolle particulares habilidades especiales.

No son paladines ni héroes en ningún sentido de la palabra. Son gente llena de flaquezas morales y debilidades del carácter, con toda suerte de vicios, comportamientos tóxicos y desde luego y como tenía que ser, el mayor psicópata de todos, el mayor narcisista, acomplejado e inadaptado de todos, es el líder que los comanda. Es también el ser más poderoso sobre la Tierra y se hace llamar Homelander, que yo traduciría como “El Patriota”, aunque para la versión Latino América nombraron “Vengador”

Este personaje es un claro guiño a Superman y el Capitán América; es como si ambos se hubiesen cebado en drogas -heroína y “foco”- para luego aparearse y tener un hijo sociópata e idiota. No obstante, Homelander es venerado y aclamado por las multitudes aunque, al igual que sus súper colegas, su misión primordial no es ni el orden ni la justicia, sino posicionar productos, filmes y a la marca que los creó.

Poca cosa les importa menos a los súper que la gente a la que dicen defender (y que hacen con muy dudosa eficiencia, pues su intervención suele resultar catastrófica). Sin embargo, gracias a un trabajo coordinado de relaciones públicas, su imagen siempre sale bien librada. Todo esto, además de parodia de la Liga de la justicia, es una metáfora de las celebridades, la clase política y una crítica al mundo empresarial.

Pero regresemos con el protagónico, el invencible psicópata Homelander quien, no obstante es el ser más poderoso del mundo, está lleno de miedos, enojo, inseguridades y envidia. Su debilidad no es la kryptonita sino el rechazo, la frustración, la crítica, el disenso y cualquier cosa que se le niegue o le contradiga. Es un inestable catalogado como narcisista maligno y vea a qué grado:

Mientras se le realizaba un homenaje, el Homlander escuchó el grito inconforme de un miembro de la audiencia. Esto bastó para fisurar su frágil personalidad y destaparse, diciendo lo que siempre pensó: “Yo no soy como ustedes... yo nunca me equivoco... Soy más fuerte, más inteligente, soy mejor... Toda mi vida los ricos y poderosos me han querido controlar y cancelar... Deberían agradecerle a Cristo que soy quien soy, porque me necesitan, necesitan que los salve”.

Pero lejos de costarle caro, el visceral discurso le valió un repunte en su popularidad, claro, entre el segmento menos ilustrado de la sociedad.

Y a propósito de Jesucristo, en otro momento de la serie, Homelander se compara con Martin Luther King, porque “ambos son mártires libertadores...” ¡Qué modesto! ¿Conoce a alguien así?

¿Conoce a alguien que concentre suficiente poder como para hacer el bien y mejorar al mundo, pero es tan frágil que el menor disentimiento lo derrumba, lo encoleriza y deprime? ¿Alguien con el mayor estatus al que se puede aspirar pero que en su fuero interno se sigue sintiendo chiquito, poca cosa, frágil, tan minúsculo que necesita escudarse permanentemente en sus índices de aprobación? ¿Alguien con el ego tan inflado que necesita ‘estársela’ midiendo constantemente con los próceres de la Patria? ¿Conoce a alguien que lo podría todo, pero sin la validación constante y la aclamación popular no puede nada? ¿Alguien que cada vez que lo contradicen, lanza miradas que lo destruirían todo si tuviera visión calorífica?

Si conoce a alguien parecido al Homelander, por favor, escríbale a este su columnista local de confianza, que mejor se va a conseguir el comic original, para no estar esperando varios años a ver cómo termina este drama de superhéroes mesiánicos, narcisistas, megalómanos y malignos.

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Columna: Nación Petatiux

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