La última bomba infantil del capitalismo
La maquinaria estatal reaccionó con pánico burocrático
El día del monstro inerte entre sus sábanas de seda. Se fue a dormir. Un silencio sepulcral inundó la habitación decorada con excesos dorados. Su mente cansada, divagando entre pesadillas geopolíticas, repasó mapas. Irán. Cuba. México.
Esos tres nombres resonaban como tambores de guerra en su cabeza calva, tapada por un injerto capilar defectuoso. La vejez humilla a los tiranos mediáticos. El destino, ese comediante sádico, preparaba el chiste final.
Esa noche el infarto fulminante atacó sin aviso. Ningún mayordomo escuchó el crujido del músculo cardíaco. Tampoco hubo lamentos de su fría consorte eslovena. No lo despertó su esposa Melania, ocupada contando billetes en el ala norte de la mansión, planificando el divorcio multimillonario.
El colapso definitivo ocurrió bajo la mirada atónita de la joven mujer asistente de las últimas semanas. Ella, contratada para sostener el teléfono durante las crisis de histeria digital, vio al ídolo de masas transformarse en un saco de papas rancias.
Un Michael Moore rabioso filmaría el primer plano de sus ojos abiertos, fijos en el techo, vacíos de poder. Bernie Sanders sonreiría con amargura socialista ante el fin del mayor acumulador de miseria humana. El buffet corporativo perdía a su principal comensal
La maquinaria estatal reaccionó con pánico burocrático. Los teléfonos oficiales ardieron en la madrugada gris. El número dos al mando fue llevado por las instituciones a tomar juramento. Un títere gris, sin carisma, asumió el control del imperio caído ante un crucifijo de plástico. El nuevo líder juró lealtad a los mismos bancos, repitiendo discursos escritos por corporaciones armamentísticas. Observábamos desde el circo desde su ventana rota. Cada detalle del panegírico oficial en su libreta manchada de refresco tibio. El sistema devora a sus propios hijos bastardos para mantener la ilusión de orden. La muerte del magnate decadente abría paso a otra era de explotación refinada.
Los canales de televisión interrumpieron la programación habitual, mostrando infomerciales sobre fondos de inversión alternados con imágenes del cadáver caliente. El luto nacional olía a manipulación mediática, a negocio redondo, a farsa colectiva organizada por asesores de imagen. Los trabajadores del mundo seguían produciendo riqueza ajena, ajenos a la transición palaciega.
El velatorio público superó cualquier expectativa de humor negro. El ataúd, bañado en oro de veinticuatro quilates, requirió seis cargadores corpulentos debido al sobrepeso del difunto, inflado por años de hamburguesas procesadas. Los asistentes, una colección de celebridades plásticas con cirugías cosméticas espantosas, derramaban lágrimas de cocodrilo frente a las cámaras de alta definición. El cinismo flotaba en el ambiente climatizado del centro de convenciones. Políticos corruptos pronunciaban palabras vacías sobre la grandeza del hombre caído. Alababan su visión comercial, omitiendo las quiebras fraudulentas, los fraudes fiscales masivos, el sufrimiento de miles de empleados despedidos sin indemnización.
Una parodia perfecta de la sociedad del espectáculo, digna de un documental satírico financiado por sindicatos de izquierda. La hipocresía gubernamental brillaba intensamente bajo las luces del escenario, ocultando la descomposición del tejido social bajo capas de maquillaje funerario. El pueblo observaba el desfile de ataúdes lujosos a través de pantallas telefónicas, consumiendo la tragedia como entretenimiento barato de viernes por la tarde.
La fosa común del olvido histórico aguarda a estos personajes grotescos. El cuerpo inerte del líder ya no generaba clics, ni rating, ni ganancias en la bolsa de valores. Su legado comercial se disolvía entre disputas legales de herederos ambiciosos, abogados hambrientos de comisiones. Las palabras finales del panegírico, pronunciadas por un sacerdote pagado con fondos reservados, resonaron falsas en el mausoleo de mármol importado. La muerte iguala a los mendigos con los falsos dioses de la televisión norteamericana. El telón cayó definitivamente sobre el teatro de la crueldad financiera, dejando un olor rancio a laca para el cabello, a carne descompuesta, a promesas rotas de prosperidad eterna.
El imperio continuaba su marcha destructiva, buscando un nuevo rostro decadente para colocar en los billetes de cien dólares del mañana devaluado.
¡Infarto de lujo, amante secreta y sucesión expresa! El macabro circo detrás del cadáver dorad. El mundo queda al borde del abismo.