Las fiestas colectivas: el sabor de México frente al racismo
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No importa dónde se celebre el Día de Muertos; desde hace años es una festividad popular a escala global que se realiza en puntos distantes
Hay mucho por valorar e incorporar a nuestra reflexión sobre las celebraciones de México: la colectividad es la que produce el arte que nos nutre como país. De hecho, todas las manifestaciones artísticas, científicas y culturales surgen de ese modo; solo no se reconoce, se sublima o se realiza un acuerdo de individualidad asignando un solo nombre a una obra en particular (esculturas, piezas visuales, música, literatura). Sin embargo, la fuerza de la colectividad se activa cuando se realiza un acto que se sabe es completado y transformado por otros.
Esta grandeza se expresa, por ejemplo, en la celebración del Día de Muertos, fiesta realizada por muchas manos en diferentes espacios. El 2 de noviembre está destinado a los adultos, el famoso Día de los Fieles Difuntos, mientras que el 1 de noviembre se festeja el Día de los Angelitos o el Día de Todos los Santos, dedicado a los niños que nacieron sin bautizar o nacieron y murieron antes de ser bautizados. A estos últimos, además, se les coloca en el altar juguetes o dulces, un vaso de leche y un poco de aceite de oliva, como ofrenda simbólica por no haber alcanzado el bautismo.
Por supuesto, esta es una de las múltiples variantes que se expresan en el llamado Día de Muertos de acuerdo con el estado de la República en donde se festeje. La práctica más extendida incluye en el altar una fotografía del o la difunta; un jarrón o un vaso con agua para que el ánima mitigue su sed en el recorrido hasta llegar a esta dimensión; sal dispuesta en cruz para la purificación, lo que evita que el ánima se corrompa en su viaje de ida y vuelta; también velas y veladoras, a menudo colocadas en cruz, para orientar el camino del ánima; la presencia de flores de cempasúchil, que guían con su color y aroma a los muertos hacia la ofrenda colocada (las flores de nube o alhelí se emplean para el altar de los niños).
Se agregan platillos y bebidas favoritos del o la difunta, así como algunos de sus objetos personales. El copal o el incienso limpia el sitio de malos espíritus y ayuda a elevar las oraciones y alabanzas hacia el cielo. El papel picado encarna el viento y la alegría, mientras el pan de muerto representa el afecto, la fraternidad y el ciclo de la vida y la muerte. Las calaveritas de amaranto, azúcar o chocolate recuerdan que la muerte la traemos dentro y que es parte natural de la existencia, en una invitación para no temerle, sino para celebrarla. Se suman alimentos tradicionales como chocolate, atole, pulque o tequila, mole o tamales, caña, tejocotes, calabaza, mandarina o naranja y otras frutas de temporada.
Un altar sencillo, de dos niveles, representa el cielo y la tierra. Y los más elaborados, de siete escalones, requieren una configuración específica para los elementos incluidos: el séptimo o más alto nivel incluye la imagen de una deidad, santo o virgen de la devoción del o la difunta para bendecir el altar y proteger la ofrenda; el sexto resguarda la fotografía de la persona fallecida a quien se dedica la ofrenda; en el quinto se coloca la comida y bebida favorita del o la difunta; en el cuarto se coloca el pan de muerto; en el tercero, la sal en forma de cruz dentro de un plato; en el segundo se encienden velas para representar a las ánimas del purgatorio y lograr obtener permiso para que el o la difunta salga, si es que todavía se encuentra allí y, finalmente, en el primer nivel se coloca una cruz de tierra, ceniza o pétalos de cempasúchil acompañada de una vela para que el alma expíe sus culpas y tenga lugar en donde arrodillarse.
Toda esta complejidad de colores integra una festividad a la que se le añaden rezos, música, cantos diversos, peregrinaciones y un ánimo festivo. No importa dónde se celebre el Día de Muertos; desde hace años es una festividad popular a escala global que se realiza en puntos distantes, llevando el mensaje de una celebración que inició hace más de tres mil años en las civilizaciones maya, mexica, purépecha y totonaca. Luego, con la transformación producida por el contacto con los europeos, hoy integra diversidad y colectividad en una sola fiesta, que es orgullo mexicano y una de tantas joyas nacionales frente al racismo y la campaña de odio que actualmente se ha emprendido en contra de nuestro país.
El vocablo “muerto” proviene del latín mortuus, que es el participio pasivo del verbo moriri, que significa “morir”.