Las listas del miedo de la 4T
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Las listas que dio a conocer Alcalde no son la anatomía del ecosistema digital, sino del miedo, porque el reflejo de la realidad que exhiben no se detendrá
La 4T está perdiendo la guerra cultural que inició el expresidente Andrés Manuel López Obrador. El régimen no ha sido derrotado y conserva la hegemonía política y el control de los instrumentos para mantener, cuando menos para las elecciones del próximo año, el poder. Sin embargo, el monopolio narrativo que conservó por casi ocho años está roto, al dejar de ser unilateral. La narrativa épica ya tiene una contranarrativa que ha llegado por el desgaste natural de ser gobierno y por la fuerza, superior a la del obradorato, de la realidad.
El miércoles vimos el último caso de lo que parece cada vez más un acto de desesperación, porque no logran cambiar el curso de la conversación en las redes sociales que durante tanto tiempo manipularon y dominaron, al presentar la consejera jurídica de la Presidencia, Luisa María Alcalde –completamente fuera de sus atribuciones legales–, lo que llamó “la anatomía de un ecosistema de amplificación digital” que opera contra la 4T.
Enumeró a 54 comunicadores, periodistas y medios que, afirmó, originan los mensajes que llegan a una segunda “capa” de 32 políticos que “respaldan y politizan” esa información, para que de manera secuencial se trasladen los contenidos politizados a otras 34 cuentas, en la tercera “capa”, que llamó “bloque anónimo”, aunque no todas las cuentas que mencionó eran anónimas, y cuyo papel, aseguró, es el “ataque”. Son miles, millones de mensajes, con los que atacan todos los días, se quejó.
Alcalde sugirió que se trata de una conspiración en la que interactúan tres capas que, interpretando sus palabras, todos los días se ponen de acuerdo para escoger las temáticas para golpear al movimiento de López Obrador, a la Presidenta y al gobierno. La representatividad de Alcalde significa que lo que dijo es la voz oficial, con el encargo de difundir decenas de nombres –la mayoría de fama pública–, colocándoles algo así como una marca para que todos sepan que son enemigos de la 4T, como los nazis hicieron con los judíos. Diferentes objetivos, cierto, pero mismo método: estigmatizarlos y colocarles una diana en la frente.
El documento que presentó fue elaborado por Iván Silva, el estratega electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum y la persona más influyente en materia política y comunicación dentro de Palacio Nacional. Silva fue el autor intelectual de otro estudio de marras sobre la conspiración de la ultraderecha detrás de la marcha de la Generación Z, el año pasado, y cuyo documento entregó a Alcalde con afirmaciones que, según Carlos Piña, doctor en Ciencias de la Computación por la Universidad Essex, en el Reino Unido, y con una estancia postdoctoral en el Instituto de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas, no eran ciertas, pues lo que presentó no soportaba lo que dijo.
Esto no es nuevo con la 4T. El movimiento lleva ocho años de propaganda alimentada por el arquitecto del odio del régimen y quien metió a Silva al movimiento, Jesús Ramírez Cuevas; él le dio estructura al discurso binario de López Obrador para emprender la guerra cultural, donde era el pueblo el que debía marchar sobre los privilegiados, los pobres sobre los ricos, los honestos sobre los corruptos, los fieles por encima de los infieles y los transformadores contra los conservadores.
La pareja López Obrador-Ramírez Cuevas utilizó lo que han hecho los populistas de derecha e izquierda: acelerar la polarización para conservar su identidad, exacerbando las contradicciones a través de la feroz batalla del régimen durante estos ocho años contra sus críticos, por la resiliencia de un puñado de políticos, activistas y de aquellos a quienes identifica como enemigos, medios y periodistas. La guerra cultural que emprendieron no consistía sólo en ganar elecciones, sino en redefinir qué era moralmente legítimo en México.
El envión fue poderoso. Lograron imponer un lenguaje orwelliano donde criticar al gobierno era ser conservador, neoliberal y antipueblo. La defensa de órganos autónomos, contrapesos y libertades era un quejido por la pérdida de privilegios. Pero la fuerza de la realidad comenzó a hacer la narrativa menos eficaz: el fracaso de las megaobras de López Obrador, la corrupción de sus cercanos, los presuntos vínculos de sus incondicionales, sus hijos y sus títeres con el crimen organizado, los muertos, la ingobernabilidad, la economía que sigue deteriorándose, la degradación institucional, la incompetencia y la ignorancia de muchos militantes le fueron quitando peso al discurso del régimen, que mostró sus contradicciones.
Las listas que dio a conocer Alcalde no son la anatomía del ecosistema digital, sino del miedo, porque el reflejo de la realidad que exhiben no se detendrá. Existe una gran preocupación en Palacio Nacional, la mayor quizás, porque no han podido revertir la percepción en la ciudadanía de que Morena está asociada con el crimen organizado, ni logrado neutralizar las etiquetas en las redes sociales que se han hecho populares, como #narcogobierno, #narcoMorena y #narcopresidente. Pero, ¿cómo cambiar la percepción de ello si persiste el encubrimiento del gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya?
Llama la atención, en este contexto, que la operación para desmontar la información y crítica de medios y periodistas tenga como inspiradores a Silva y Ramírez Cuevas, muy cercanos al controvertido gobernador de Tamaulipas, Américo Villarreal, y presuntamente vinculados al crimen organizado por la vía del “rey del huachicol”, Sergio Carmona, quien, de acuerdo con funcionarios mexicanos y estadounidenses, les entregó dinero y flotillas de automóviles compactos blancos para las elecciones intermedias de 2021.
Subir a decenas de personas al patíbulo no cambiará las cosas, porque no depende de los individuos, sino de las acciones de la 4T. La publicación de las listas no fue una iniciativa para desmontar un complot global, sino para amedrentar a algunos e inhibir a otros, en la búsqueda de la autocensura, porque el monopolio narrativo, que impuso López Obrador en su sexenio y no pudo mantener Sheinbaum, está provocando pérdidas en la guerra cultural. Viejos caballos de batalla en el relato, las virtudes de los programas sociales, el nacionalismo económico o fanfarronerías como decirse amados y respetados en el mundo, han ido cediendo, quizás inconscientemente, a otro discurso dominante, el del “no somos narcos”.
Esta pérdida de terreno le ha quitado puntos de popularidad a Sheinbaum, pero sobre todo, le empieza a arrebatar la interpretación de México, lo que podría significar el fin de la hegemonía de Morena y su poder.