Llegamos como héroes... nos fuimos como leyendas

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Opinión
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La Selección no volvió con la copa. Pero volvió recordándonos algo que muchos habían olvidado: No siempre gana el que nunca cae; gana el que aprende a levantarse cada vez mejor

Hay derrotas que duelen. Y luego está esa derrota que no duele... arde. Arde porque venías caminando como si fueras el dueño de la cuadra. Porque durante semanas el pecho parecía más inflado que un globo en feria. Porque el mexicano tiene una virtud muy bonita... y un defecto todavía más bonito: nos enamoramos de la esperanza aunque venga disfrazada de cachetada.

La Selección Mexicana llegó al Mundial sin perder un solo partido. No recibió un solo gol. No caminó... desfiló. Cada encuentro era un recordatorio de que, por primera vez en mucho tiempo, este equipo no parecía una colección de once nombres famosos; parecía un grupo de tipos que entendieron que el escudo pesa más que el apellido.

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Y claro... Como buenos mexicanos... Ya andábamos viendo dónde poner la estrella del campeonato. Que si el quinto partido ya quedó chiquito. Que si ahora sí el campeón.

Que si el himno iba a sonar mientras el mundo entero aprendía a pronunciar “¡Viva México, cab...!” Bueno... eso último mejor déjenlo incompleto porque luego se ofenden los delicaditos de cristal.

Y llegó el día. Ese partido donde el futbol recordó que también sabe ser un hijo de su elegante madre. Porque el balón es así. No respeta estadísticas. No respeta invictos. No respeta corazones. Mucho menos ilusiones. Nos hizo lo que el destino hace cuando te ve demasiado confiado: Te deja entrar... Te sonríe... Te guiña un ojo... Y cuando ya estabas acomodándote... ¡Pum! La puerta en toda la nariz. Y sí. Perdimos. Se acabó. Hasta ahí llegó el sueño.

Y como siempre, apareció la fauna nacional. Los entrenadores de sillón. Los estrategas de control remoto. Los que jamás han corrido más de cincuenta metros sin buscar una coca bien fría, pero analizan presión alta, bloque medio y transiciones ofensivas como si les pidieran consejos por WhatsApp. Aparecieron los expertos. Los mismos que hace tres días pedían monumentos. Hoy piden cabezas.

Porque el mexicano cambia de opinión más rápido que un político en campaña. Ayer eras un dios. Hoy eres un tronco. Ayer te pedían autógrafos. Hoy quieren tu acta de nacimiento para comprobar que sí naciste aquí. Somos especialistas en fabricar altares... y todavía mejores para fabricar funerales.

Pero aquí viene la parte incómoda. ¿De verdad fracasaron? Porque perder... Perdemos todos. Fracasar... Eso ya es otra historia. Fracasar es salir goleado sin intentar. Fracasar es caminar la cancha. Fracasar es esconder la pierna. Fracasar es ponerse la verde solamente para salir en comerciales de pasta dental. Y estos tipos... No. No perdieron un solo partido. No recibieron un solo gol. Pelearon cada balón como si les debieran dinero. Llegaron donde nadie esperaba. Y cuando finalmente cayó el muro... No salieron llorando por cobardes.

Salieron con la cara destrozada porque dejaron hasta el último músculo en la cancha. Eso cambia todo. Porque hay una diferencia enorme entre perder... y rendirse. Y esa diferencia vale más que muchas copas.

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Vivimos en una época donde todos quieren resultados instantáneos. Si la planta no florece en dos semanas... la tiran. Si el negocio no da dinero en tres meses... lo abandonan. Si el gimnasio no marca abdominales en veinte días... cancelan la membresía. Queremos éxito de microondas. Pero la vida cocina a fuego lento. El futbol también.

Hoy muchos hablan de eliminación. Yo hablo de proceso. Porque durante años criticamos que México jugaba sin identidad. Hoy, por primera vez en mucho tiempo... la identidad apareció. Orden. Disciplina. Carácter. Y hambre.

¿Qué faltó el último paso? Sí. Pero el último paso siempre es el más caro. Pregúntale al montañista qué tan difícil es el último metro. Pregúntale al maratonista qué tan pesado es el último kilómetro. Pregúntale al estudiante qué examen fue el que más lo hizo sufrir.

Siempre es el último. Porque cuando ya casi llegas... es cuando más pesa todo.

Y es que el mexicano tiene la mala costumbre de emocionarse cuando la ve grande... la expectativa, pues. Y luego, cuando llega el momento de demostrar de qué está hecho... se le aflojan las piernas. No las del jugador. Las del aficionado.

Porque exigir desde la comodidad del sillón es más fácil que levantarse cinco minutos antes para tender la cama. Qué curiosos somos. Le pedimos a once hombres que representen a ciento treinta millones de personas... cuando muchos de esos ciento treinta millones hacen trampa hasta en la fila de las tortillas.

Queremos campeones... pero manejamos como salvajes. Queremos disciplina... pero llegamos tarde. Queremos trabajo en equipo... pero nos da alergia recoger el plato que ensuciamos. Queremos un país ganador... haciendo puras jugadas de tercera división. Y luego nos preguntamos por qué duele tanto perder. Porque en realidad no lloramos por el marcador. Lloramos porque durante unas semanas creímos que todo era posible.

Que podíamos ser gigantes. Que podíamos callar bocas. Que podíamos escribir historia.

Y eso... eso no tiene precio. Hay quien dice: “Solo es futbol”. Sí. Como un libro “sólo son hojas”. Como una canción: “sólo son sonidos”. Como un abrazo “sólo son brazos”. No. El futbol es un espejo. Y el espejo nunca miente. Nos muestra exactamente quiénes somos cuando las cosas salen bien... y sobre todo quiénes somos cuando salen mal.

Hoy toca aplaudir. Sí. Aplaudir una derrota. Porque no todas las derrotas son vergonzosas. Hay derrotas que enseñan. Hay derrotas que construyen. Hay derrotas que siembran algo mucho más importante que un campeonato: Carácter.

Así que antes de empezar a repartir culpas como si fueran volantes en crucero... hazte una pregunta incómoda. En tu propia vida... ¿cuántas veces has abandonado un sueño antes de llegar al partido más difícil? ¿Cuántas veces has preferido criticar al que intenta, en lugar de intentarlo tú? ¿Cuántas veces has confundido perder con fracasar?

La Selección no volvió con la copa. Pero volvió recordándonos algo que muchos habían olvidado. No siempre gana el que nunca cae. Gana el que aprende a levantarse cada vez mejor. Llegamos como héroes. Nos fuimos como leyendas.

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No por el resultado. Sino porque, por fin, volvimos a sentir orgullo sin necesidad de inventarnos excusas.

Y si esa misma pasión con la que gritaste un gol, discutiste una alineación o defendiste unos colores la pusieras en tu trabajo, en tu familia, en tu negocio, en tu salud o en cumplir tu palabra, quizá el próximo campeonato que celebres no sería el de una selección, sino el de tu propia vida.

Porque los trofeos se oxidan. Las copas se empolvan. Las estadísticas cambian.

Pero el carácter que forjas cuando decides levantarte después de perder... ese sí juega para siempre. Y ese, mi querido lector, no lo gana una selección. Lo ganas tú. Pero al fin y al cabo, esta es solamente mi siempre y nunca jamás humilde opinión. Y usted... ¿Qué opina?

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Oriundo de Matamoros, Tamaulipas, México, estudió la carrera de Licenciatura en Comercio Exterior, pero debido a su gran pasión e interés por la cocina, decide estudiar posteriormente la carrera de Profesional Gastronómico, la cual ejerce actualmente. Se ha desarrollado como Chef de distintos restaurantes. Es miembro de distintas organizaciones gastronómicas como: La Sociedad Mexicana de Gastronomía, Embajadores Gourmet sede México, así como además de estar certificado ante la WACS (World Association of Chefs Societies/ Asociación Mundial deSociedades de Cocineros) de París, Francia. Y Master Pizzaiolo ante la AVPN (The True Neapolitan Pizza Association (Associazione Verace Pizza napoletana,AVPN). Actualmente, se dedica a impartir cursos, talleres, masterclass y conferencias, así como brindar servicios de asesoría y consultoría gastronómica a distintas empresas y restaurantes.

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