Lo que se entrega y lo que se estanca
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La tradición auténtica está centrada en una verdad existencial original, como una aportación no transitoria, sino permanente
“Tradición” viene del verbo latino “trado”, que se traduce como “entregar”.
La tradición, lo tradicional, es lo que se entrega de una generación a las venideras.
Es un depósito que se quiere conservar, defender, observar. Es algo constitutivo, esencial, característico. Es una peculiaridad que no se quiere ver distorsionada, contaminada, adulterada. Para esa entrega se pide lealtad, fidelidad y perseverancia.
La tradición auténtica está centrada en una verdad existencial original, como una aportación no transitoria, sino permanente. Es lo dogmático que, como revelación divina, no puede ser alterado, sustituido, terminado ni negado, sino sólo aceptado, asumido y vivido para seguir entregándolo intacto en su esencia.
¿NO ACEPTAR LA VERDAD?
La herejía surge contra la tradición como indiferencia, exclusión, negación o separación. Puede ser una falsificación que se queda sólo con apariencia o fachada, pero con un contenido distinto. Puede también haberse conservado lo constitutivo, pero lo manifestativo resulta insuficiente o desvanecido.
Es error querer contagiar de inmovilidad y conservación a lo que ha de mostrarse con variaciones periféricas de manifestación. Un buen vino no ha de querer beberse sólo en las vasijas de barro con que se estrenó su gran calidad. Botella, copa, tarro, taza de diferentes formas y materiales pueden usarse, en diferentes épocas y culturas, aprovechando su inconfundible sabor.
CONSERVAR PROGRESANDO
Un texto no pierde su autenticidad si se publica, en traducciones fieles, a muchos idiomas.
En templos románicos, jónicos, clásicos, góticos, mudéjares, barrocos, churriguerescos, modernos, minimalistas, puede celebrarse la misma fe, en diversos ritos que se conservan en comunión.
En el culto mariano se exponen las diversas advocaciones de la Virgen con imágenes de distinta apariencia, ante las cuales se reza el mismo saludo del ángel.
CAMBIAR EN UNIDAD, QUE NO ES UNIFORMIDAD NI UNICIDAD
La unidad eclesial ha de ser dogmática, jerárquica y litúrgica. Los Concilios han promulgado, a lo largo de la historia, el depósito auténtico de la verdad revelada. Han respetado la obediencia jerárquica, señalando las formas litúrgicas admitidas y preferidas, en Oriente y en Occidente.
Para respetar mejor el depósito de verdades reveladas, se han ido cambiando y adaptando las normas pastorales, las disciplinas internas y las modalidades en el culto, distinguiendo siempre lo que es ley divina y lo que es precepto humano. El lubricante que evita rispideces es la obediencia jerárquica, establecida por el Evangelio de Cristo.
UNA DOBLE FIDELIDAD
Como lo que se entrega es para entregarlo, en cada época la comunidad eclesial ha de practicar la doble fidelidad a las raíces y a los fundamentos, evitando estancamientos y, como en un árbol, no sólo conservar cimentación de raíces y reciedumbre de tronco, sino también flexibilidad de ramas y vibración de hojas en los vientos de la historia.
No creer lo revelado es herejía. No obedecer lo dispuesto por quien debe mandar puede ser cisma. La unidad eclesial sigue avanzando, en unidad de fidelidad a lo original y al tiempo actual, con reconciliación progresiva, no tachando concilios.
TÉ CON FE
-¿Por qué se cambia lo que ya es costumbre?
-Porque es exigencia de todo lo que vive. No puedes quedarte en costumbres infantiles o adolescentes, en juventud inexperta o en madurez sin dar frutos. Renovarse, sin quitar lo esencial, es el mejor servicio a la verdadera tradición...