Los esfuerzos antimigrantes de Trump presentan fisuras. ¿Qué sigue?

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Opinión
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La intención de las políticas de migración del presidente no es eliminar la mano de obra migrante; es despojar a esa mano de obra del poder de negociación y de sus derechos

Por Jean Guerrero, The New York Times.

Esta primavera, el prominente nacionalista blanco Nick Fuentes decidió que la guerra contra los migrantes es una causa perdida. “El país se acabó”, dijo en su programa de Rumble. “Ya somos un país no blanco”. Anteriormente, este año, declaró que la migración es un tema muerto, argumentando que el presidente Donald Trump “lo echó todo a perder” al aliarse con oligarcas y librar una guerra contra Irán.

“La inmigración se está convirtiendo en uno de esos temas que se usan casi exclusivamente para engañar gente blanca”, dijo, una rara muestra de claridad para un hombre que tiende a ser orientado hacia la confusión por sus muchos prejuicios. En una publicación antisemita en X, argumentó que la retórica antimigrante y antimusulmana era una distracción. “Probablemente la mejor manera de evitar que los inmigrantes musulmanes vengan aquí o nos ataquen es dejar de matarlos y destruir sus países por Israel”, escribió. Y el mes pasado, escribió en X: “La izquierda populista tiene toda la energía ahora. Las promesas rotas de Trump sobre la inmigración, Irán y Epstein han desinflado por completo cualquier entusiasmo en la derecha”.

Fuentes es solo una de las figuras influyentes en el movimiento antimigrante que están criticando la política exterior de Trump, que ha desencadenado una crisis de refugiados dentro de Irán a medida que sus intervenciones en América Latina crean las condiciones para un aumento a largo plazo en la migración masiva a Estados Unidos desde esa región.

El descontento entre los restriccionistas de la migración surgió a pesar de la mano dura de Trump contra los migrantes que viven en Estados Unidos. El gobierno moderó la crueldad performativa de sus deportaciones masivas después de sus acciones letales e impopulares en Mineápolis; sin embargo, los arrestos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por su sigla en inglés) se dispararon a casi 50.000 en julio, el total de arrestos mensuales más alto del segundo mandato de Trump. Los comentaristas y provocadores que temen al cambio demográfico han destacado la contradicción con su política exterior.

La desilusión de los restriccionistas de la migración se remonta a fines del año pasado, cuando Trump comenzó a destruir embarcaciones en el océano Pacífico y el Caribe, una demostración de guerra contra los cárteles que fue un preludio a su captura del presidente Nicolás Maduro de Venezuela. Él respaldó a un candidato hondureño cuyo partido ha estado vinculado a cárteles, protegiendo allí una ciudad emergente para el sector tecnológico y sus multimillonarios. “Los esfuerzos por transformar otras sociedades terminan rehaciendo la nuestra”, advirtió Mark Krikorian, un restriccionista de la migración, en un artículo para la revista Compact titulado “La intervención lleva a la inmigración”. Krikorian es el director ejecutivo del Centro de Estudios de Inmigración, un centro de estudios que pareció haber influido en las políticas de migración del primer mandato de Trump. Citó ejemplos como la guerra de Vietnam y años de interferencia de Estados Unidos en Centroamérica que llevaron a un millón de personas a emigrar.

La ansiedad de los líderes del movimiento antimigrante ha recibido menos atención que la protesta de los votantes aislacionistas de Trump. Pero podría ser más consecuente porque la migración es el tema emblemático del presidente, en el que confía para dividir y vencer. La desilusión revela una posibilidad extraordinaria, aunque incómoda: que los estadounidenses blancos de clase trabajadora que están preocupados por la migración se den cuenta de que sus intereses están alineados con los de las personas de color en todo el mundo que quieren quedarse en sus países de origen. Comparten un enemigo: las élites corporativas y políticas que extraen, explotan y expulsan a través de las fronteras.

Ha habido momentos en la historia política de Estados Unidos en los que la solidaridad de la clase trabajadora trascendió brevemente las líneas raciales y nacionales. Estuvo la Rainbow Coalition, una alianza multirracial basada en la clase que el líder del Partido Pantera Negra, Fred Hampton, creó en Chicago en 1969, el año en que fue asesinado. Incluía a migrantes blancos de los Apalaches y a otros trabajadores blancos de la Organización de Jóvenes Patriotas, quienes renunciaron al racismo para unirse con activistas negros y latinos contra su opresión económica compartida y quienes llevaban parches de la bandera confederada con símbolos del poder negro.

A fines de la década de 1970, organizadores sindicales en Arizona se separaron de la Unión de Campesinos debido a sus ataques contra los migrantes indocumentados, y establecieron un modelo transnacional más radical de organización laboral que se rehusaba a distinguir entre trabajadores agrícolas documentados e indocumentados y que construyó solidaridad a través de la frontera entre Estados Unidos y México. “Todos estamos sujetos al mismo mal subyacente: la corporación transnacional inhumana y etérea que solo tiene consideración por las ganancias”, escribieron los organizadores sindicales en 1981.

Personas como Fuentes son demasiado racistas como para adoptar la organización transfronteriza o multirracial. Pero su declaración de que la migración es un “tema muerto” es una señal de que el hechizo más poderoso de Trump podría estar rompiéndose. Si se puede persuadir a los estadounidenses blancos de clase trabajadora de que sus verdaderos enemigos son los oligarcas y belicistas que se enriquecen a expensas de todos, y no los migrantes que huyen del caos que esos oligarcas crean, un tipo diferente de política podría ser posible. Y Fuentes, al igual que otros en la derecha, están empezando a señalar con el dedo a los multimillonarios tecnológicos transnacionales que respaldan a Trump y al vicepresidente JD Vance, como Peter Thiel. Fuentes suele usar el término “globalista” para promover propaganda antisemita, racista y falsa sobre los judíos que controlan todo y reemplazan a las poblaciones blancas con migrantes de color. De hecho, la oligarquía transnacional se beneficia de las divisiones basadas en la raza que distraen a todos de la explotación de todas las personas por parte de los oligarcas. Los estadounidenses de todo el espectro político están empezando a volverse en contra de partes de esa oligarquía. En una era de polarización extrema, la oposición a la inteligencia artificial y las protestas contra los centros de datos son fuertemente bipartidistas.

Si algo puede sanar al resquebrajado cuerpo político, podría ser la oposición a lo que el periodista Gil Durán detalla en su nuevo libro, The Nerd Reich: Silicon Valley Fascism and the War on Democracy. Él escribe: “En todo el mundo, los oligarcas de Silicon Valley están conspirando para adquirir tierras, recursos y poder. Ven un mundo en declive y buscan lucrar acelerando su colapso, y rehaciéndolo a su propia imagen”.

El gobierno de Trump ya ha revelado que el objetivo no es una fuerza laboral estadounidense fuerte, sino una permanentemente explotable al servicio de las élites transnacionales, lo que requiere una expansión no regulada de tecnologías extractivas como la inteligencia artificial y mantener a los trabajadores migrantes en un estado vulnerable. El Departamento de Trabajo de Trump ha reestructurado discretamente el programa de trabajadores invitados H-2A para que sea más barato contratar a trabajadores agrícolas extranjeros, recortando los salarios por hora hasta en 7 dólares y permitiendo que los empleadores incluyan la vivienda en su compensación. La Unión de Campesinos ha demandado, argumentando que la regla debilitará los salarios de los trabajadores agrícolas estadounidenses y los expulsará de la fuerza laboral. La semana pasada, un juez federal dictaminó que los cambios eran ilegales, y ordenó al Departamento de Trabajo que los reformulara.

El Congreso también ha intentado expandir esta arquitectura de explotación. Un proyecto de ley bipartidista ampliaría la elegibilidad de las visas H-2A a los empleadores que trabajan todo el año y que actualmente están excluidos, como las granjas lecheras. Otras políticas revelan el cambio: su esfuerzo por revocar la ciudadanía por derecho de nacimiento ayudaría a crear una clase marginal hereditaria con menos protecciones constitucionales.

La intención de las políticas de migración de Trump no es eliminar la mano de obra migrante; es despojar a esa mano de obra del poder de negociación y de sus derechos. La política exterior de Trump tiene una simbiosis perniciosa con ese sistema. A medida que deporta a migrantes con empleos, hogares e hijos que son ciudadanos estadounidenses, está sentando las bases para el desplazamiento a largo plazo de personas recién marginadas que serán más explotables porque no tienen raíces aquí.

Lo que comenzó como un impulso para expulsar y excluir a los migrantes de piel oscura de Estados Unidos se ha convertido en algo más extenso y siniestro: un proyecto transnacional de control de la población al servicio de las élites. Llámalo oligarquía transnacional: el uso estratégico de la política de migración y las intervenciones extranjeras para fabricar y mantener una fuerza laboral explotable. Esto no es compatible con el nacionalismo blanco ni con ningún nacionalismo. No cree en las fronteras. Cree en limitar el poder político y económico de una categoría de indeseables en constante expansión.

“Varias sociedades han intentado abastecerse de mano de obra barata de Estados que no funcionan”, escribió en febrero Stephen Miller, jefe de gabinete adjunto de políticas de Trump y uno de sus asesores más poderosos, en X. “Occidente es el primero en importar mano de obra de Estados fallidos con plenos derechos políticos: asistencia social, voto y ciudadanía para los migrantes y sus familias. Cuando la ciudadanía es global, el autogobierno es imposible”. Fue una de sus publicaciones más reveladoras hasta la fecha; el problema principal, según Miller, no es el abastecimiento de mano de obra barata. Es la extensión de derechos a esa mano de obra.

¿Por qué Stephen Miller defendería la maquinaria de desplazamiento transfronterizo de Trump? Se podría decir que Miller es el ideólogo antimigrante más radical en la historia de Estados Unidos, pero también ha defendido apasionadamente la destrucción de Trump en el extranjero. “Puedes hablar todo lo que quieras sobre las sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real, Jake, que está gobernado por la fortaleza, que está gobernado por la fuerza, que está gobernado por el poder”, le dijo a Jake Tapper de CNN en enero.

Como documenté en Hatemonger, mi biografía sobre Miller de 2020, él ha trabajado durante mucho tiempo para estrangular las vías legales de entrada a este país para las personas no blancas. Es una de las principales razones por las que los agentes federales están deteniendo a personas de color sin antecedentes penales, y es su agresiva estrategia de control de cumplimiento la que ha llevado a que quienes se manifiestan en contra del ICE reciban disparos en las calles. Es un aliado de tiempo atrás del centro de Krikorian, que influyó en sus puntos de vista. Durante años, ha argumentado que la migración masiva perjudica a los trabajadores estadounidenses, al tiempo que beneficia a las élites corporativas. Ahora su jefe está adoptando una política exterior que es el mayor deseo de esas élites.

La guerra del gobierno contra los migrantes es un caballo de Troya para erradicar la igualdad ante la ley y crear una casta permanente de trabajadores sin derechos.

Tanto los líderes demócratas como los republicanos han perseguido la oligarquía transnacional a expensas de los migrantes y los estadounidenses de clase trabajadora; no es un mal unilateral. Pero Trump y Miller la han dominado en uno de los actos más perversos de manipulación política, convenciendo a los estadounidenses de clase trabajadora para que los vean como lo opuesto a lo que son.

“La migración masiva es una transferencia de riqueza (y poder político) de la clase trabajadora estadounidense a los migrantes y a las corporaciones”, dijo Miller en una publicación en X el año pasado, combinando los derechos de los migrantes y las ganancias corporativas, como suele hacer, cuando en realidad ocurre lo contrario: las corporaciones aumentan las ganancias al ofrecer salarios bajos. Es la guerra contra los derechos de los migrantes, que Miller ha perseguido con celo, lo que perjudica a los estadounidenses de clase trabajadora y afianza la desigualdad.

Cuando el reverendo Martin Luther King Jr. fue asesinado en 1968, estaba organizando su Campaña de los Pobres y luchando por una declaración de derechos económicos, que buscaba enmendar la Constitución para establecer un derecho humano natural a estar libre de la pobreza y la servidumbre involuntaria. Escribió que ayudaría a los blancos pobres, a quienes llamó víctimas “derivadas” de la esclavitud. “Mientras la mano de obra fuera abaratada por la servidumbre involuntaria del hombre negro, la libertad de la mano de obra blanca, especialmente en el sur, era poco más que un mito”, escribió. “Solo era libre de negociar desde la posición desfavorable impuesta por la esclavitud a todo el mercado laboral”.

Ahora, la subyugación de los migrantes ha ocupado el lugar de la esclavitud como mecanismo para mantener bajos los salarios. Miller quiere que culpemos a los migrantes y a aquellos que abogan por un camino hacia la ciudadanía, como si la esclavitud fuera culpa de los esclavizados y de los abolicionistas.

Es hora de un movimiento político que reconstruya la dignidad económica a través de las fronteras: uno que una al trabajador blanco en los Apalaches y al defensor indígena de la tierra en Honduras, y que exponga la guerra contra los migrantes como lo que es: una guerra contra los trabajadores aquí y en todo el mundo. c. 2026 The New York Times Company.

Jean Guerrero es escritora colaboradora de Opinión para The New York Times. Es la autora de Hatemonger: Stephen Miller, Donald Trump and the White Nationalist Agenda y Crux: a Cross-Border Memoir, que ganó un Premio Literario PEN. Es becaria principal de periodismo en el UCLA Latina Futures 2050 Lab.

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El periódico publicado en la ciudad de Nueva York es editado por Arthur Gregg Sulzberger y se distribuye en los Estados Unidos y otros países. Desde su primer Premio Pulitzer, en 1851, hasta la fecha, lo ha ganado 132 veces.

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