Maquío: Ni cómplice, ni agachón, ni violento
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No podemos criticar el autoritarismo de unos y justificar el de otros. La verdad no cambia dependiendo del color del partido en el poder
El 1 de octubre se cumplieron 37 años de la muerte de Manuel J. Clouthier. Con ese motivo, circuló un video en donde hablaba de los graves problemas que enfrentaba el país en 1988 y de las cuatro opciones que tenían los mexicanos frente a ellos. Decía Maquío que podíamos ser cómplices, agachones o violentos. Acto seguido señalaba: “Yo no soy cómplice, no soy agachón y no me gusta la violencia. Frente a eso, lo único que nos queda es la lucha política activa y pacífica”.
Hace unos días, en la Ciudad de México, entré a una librería y vi juntos dos libros. Uno de Rubén Moreira Valdez y otro de Andrés Manuel López Obrador. Tan juntos y tan iguales. Me hizo pensar en que a muchos mexicanos nos quieren imponer un dualismo absurdo y artificial: si no estás con uno, entonces estás con el otro; si criticas a uno, es porque apoyas al otro. Nada más falso. No tenemos por qué aceptar esa camisa de fuerza. Conozco panistas que no se los deseo ni a Morena y conozco morenistas que no se los recomendaría ni al PRI de Coahuila.
Hay vida más allá de los partidos. La mayoría simplemente estamos por una democracia sin adjetivos, por la transparencia, la justicia, los derechos humanos, los pesos y contrapesos y los límites en el ejercicio del poder. Pedimos gobiernos que respeten al ciudadano y que resuelvan cuando se les requiera, bajo la premisa de que muchos preferiríamos no tener que lidiar con ellos nunca, o casi nunca.
En esta columna se ha criticado la impunidad imperante en la federación y en los estados, los escándalos del huachicol, a los Rocha Moya y a los Adán Augusto. Pero también al autoritarismo que veo en Coahuila, la impunidad de los gobernantes del pasado y la arrogancia autoritaria del mandatario del presente. Y en ello no existe contradicción; es consistencia democrática.
Gracias a la democratización y a la apertura que vivió México a partir del año 2000, durante casi dos décadas, los mexicanos nos acostumbramos a criticar, a levantar la voz, a señalar y a defendernos. Aunque le duela al Gobierno Federal, esa libertad la adquirimos y ya nadie nos la quita, por más que lo intenten.
El caso de Coahuila es distinto. Aquí la complicidad y la cabeza agachada siguen imperando en demasiados círculos políticos y económicos, sea en Torreón, Saltillo, Monclova, Piedras Negras o la Región Carbonífera. Es raro encontrar liderazgos que levanten la voz para señalar al gobierno estatal.
Parecería que tenemos un gobierno perfecto, cuando los gobiernos perfectos no existen.
No existe gobernante perfecto cuando las calles de Saltillo se inundan cada vez que llueve o cuando la ciudad es señalada por tener el aire más sucio de América Latina. No se es ejemplar cuando Coahuila ocupa el último lugar en dinamismo económico. Tampoco se puede hablar de excelencia cuando existe un miedo generalizado a cuestionar o a siquiera hablar de las autoridades responsables de la seguridad pública. Y no existe gobierno perfecto cuando demasiada gente prefiere callar por miedo antes que incomodar al poder.
Recordando al Maquío, también recuerdo a mi papá. Muchos me preguntan: ¿por qué dices lo que dices? ¿Qué ganas con ello? Tengo dos respuestas: gano satisfacción y tranquilidad al expresar lo que pienso. Tengo un límite de conciencia que me hace mucho ruido cuando veo una injusticia y permanezco callado. Si no hablara, estaría intranquilo. Pero existe otra razón: así me educaron. En mi casa aprendí como valor que hay que señalar la injusticia y el abuso; aprendí que eso es algo que hacen los valientes y que callan los cobardes, y aprendí también que, si los demás callan, uno tiene que levantar la voz con mayor fuerza.
Hace catorce años me retiré de la política activa, pero no me puedo apartar de la ciudadanía participativa. Es lo mínimo que puedo heredarles a mis hijos: el testimonio de cómo ejercerla. Es difícil regresar a la vida partidista con las opciones que tenemos. La política organizada en Coahuila es patética. No hay oposición frente al gobierno del PRI. Existen liderazgos aislados y muy valientes, pero son muy pocos, y la mayoría de quienes pudieran ejercerlo son cómplices, mientras que otros son agachones. Y entre ambos están quienes se justifican con el mismo dualismo absurdo: que para oponerse a Morena nacional hay que aguantar el autoritarismo coahuilense, o que para combatir al gobierno de Coahuila hay que guardar silencio frente a los excesos del Gobierno Federal.
La democracia se construye con instituciones, ejerciendo nuestra libertad, con pesos y contrapesos, con rendición de cuentas, gobierne quien gobierne. No podemos criticar el autoritarismo de unos y justificar el de otros. La verdad no cambia dependiendo del color del partido en el poder, sean los tuyos o los del otro. Treinta y siete años después, regresamos con el Maquío. Ni cómplice, ni agachón, ni violento. Democrático, activo y pacífico, aunque con la pasión de las palabras.
Facebook: Chuy Ramírez