Metafísica de los tubos
COMPARTIR
No es de extrañarse que el comienzo de algo se convierta en la parte ardua de una tarea. Comenzar a ejercitarse, a leer, a hacer una nueva actividad o cambiar un hábito. Todo supone un reto cuando el historial está en blanco.
En una cultura que elogia la repetición irreflexiva y los resultados inmediatos, iniciar algo es al mismo tiempo la suma de nada y el inicio de todo. Ese momento en que aún no hay nada, pero se dio el primer paso, el inicio de una búsqueda, donde el resto es conjetural. Entonces, será el momento de que entren en escena dos deidades silenciosas para mirar juiciosas, la paciencia y la disciplina.
La literatura no escapa a ello. Amélie Nothomb escribe en “Metafísica de los Tubos” la historia de un comienzo, un recién nacido que no se rebela contra la vida al ser parido, no grita ni llora, simplemente se mantiene inerte como durmiendo el sueño de los justos, incluso, con los ojos de plato.
Pasados dos años, estalla como un volcán que hubiese esperado el momento idóneo para gritar una rabia inexplicable para su familia que, tan sorprendida como feliz, acoge los berridos de la ira como la mejor de las noticas.
Ahora, luego de ese embarazo extrauterino, comenzará conocer un mundo donde los placeres se convertirán en el motivo para vivir y entablar vínculos en un entorno que premia el castigo y la abstinencia.
Decíamos, la literatura no escapa. Por ello, el inicio de un libro, como el de una vida, no siempre es conforme al canon de ir a tambor batiente, pues cabe la posibilidad de incubar la tensión de una trama que no acabará de cocinarse sino mar adentro de sus páginas.
Transcurridas pocas páginas, la autora pone sobre la mesa el tema de fuste acerca de la naturaleza a la que obedece la obertura de los libros, pues es ni siquiera las obras fundamentales de la literatura garantizan un inicio trepidante.
No es casual que algunos textos de cenáculo arranquen con disimulo para hipnotizar a su lector con el encanto de Sherezade, es decir, paulatinamente. Quizá por ello, Franz Kafka apeló a la contundencia final cuando dejó por sentado que “un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que tenemos dentro”.
Así, el despertar del dios iracundo de la familia que retrata esta escritora es como esos libros sigilosos, donde la trama se va colando de a poco hasta que envuelve sin que sea posible evitarlo, es decir, sin tener conciencia de cómo inició aquello y con la única certeza de que, de un momento a otro, no existe más realidad que ese estallido.
La metafísica, palabra originada incidentalmente por Aristóteles, en este caso de los tubos, nos remite al deseo consustancial que da forma y sentido al temperamento de los seres humanos, quienes no solo deben sobrevivir diariamente al mundo en el cual despiertan, sino (y sobre todo) a sus propias apetencias y parentela.