Mirador 04/11/2026
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Las opiniones de mi amigo me perturban, porque de mis abuelos y mis padres recibí un dios
Este amigo mío con el que tomo la copa –varias– los martes por la noche dice cosas que no sé si son nacidas del espíritu del vino o del espíritu de contradicción.
Ayer, por ejemplo, afirmó que hay demasiados dioses en la tierra.
– Cada región del mundo tiene uno –dijo–. China tiene uno; Japón otro; la India un más. Los judíos tienen su dios; los musulmanes el suyo; los cristianos, igualmente. De nada sirve decir que todos son el mismo dios, porque algunos son irreconciliables entre sí. Pienso que el dios de los israelíes y el de los palestinos ni siquiera se saludan.
Las opiniones de mi amigo me perturban, porque de mis abuelos y mis padres recibí un dios. Claro, de haber nacido en otro continente –en África, digamos– de seguro habría recibido otro distinto.
Los romanos tenían un dios para cada cosa: dios del mar, dios del viento, dios de la guerra, dios del sueño. Incluso, por si las dudas, erigieron un templo dedicado “al dios desconocido”.
A ese dios, dijo anoche mi amigo, habrá que encomendarnos, también por si las dudas.
¡Hasta mañana!...