Mirar las estrellas

Opinión
/ 17 enero 2023
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A las nuevas generaciones las estamos preparando para vivir en la velocidad, los entrenamos en un estilo de vida que afecta su sentido ético

Los acontecimientos que estamos viviendo en México como la violencia, el narcotráfico, la pornografía infantil, la desesperanza social, el desenfrenado consumismo y tantas otras desgracias y desencuentros que padecemos, de tiempo en tiempo, me hacen recordar mi infancia.

Posiblemente a las nuevas generaciones las estamos preparando para vivir en la velocidad, los entrenamos en un estilo de vida que afecta su sentido ético, imprescindible para vivir humanamente en sociedad. Ellos están inmersos en un mundo repleto de distracciones y de inmediateces que les arrebatan el vuelo libre de la imaginación, así como la capacidad de atención, ambas necesarias para reflexionar y desarrollar, gradualmente, un proyecto de vida.

Hoy abusamos de la tecnología y limitamos la imaginación, tal vez ignoramos lo que menciona Vigotsky: “La formación de una personalidad creadora proyectada hacia el mañana es preparada por la imaginación creadora encarnada en el presente”.

SIEMPRE NIÑOS

Antes los niños éramos más niños. En aquellos años la imaginación no era artificial, se rellenaba de fantasías y de sueños “reales”. Personalmente no tuve el “privilegio” de la televisión (tenía ocho años cuando llegó a la ciudad y era de pésima calidad), pero sí tuve la oportunidad de crear una “televisión” natural y personal basada en mi propia imaginación. Mi infancia estuvo repleta de movimiento, de conexiones humanas y contacto con la naturaleza.

No recuerdo haber sido el blanco de hambrientos publicistas, mercadólogos y demás invasores que, por infinidad de medios, ahora buscan apoderarse del pensamiento de los pequeños. En esto sí que mi generación fue agraciada: nuestra mente jamás fue expuesta a la terrible violencia, ni a las escenas de sexo, droga y muerte que hoy son el pan de cada día, inclusive en la publicidad. Al contrario, en aquel entonces, ciencia ficción hubiera sido haber visto aviones estrellarse intencionalmente contra edificios repletos de gente inocente, y observar en vivo las escenas de guerra que ahora pululan en los medios de comunicación.

Hoy, muchos niños se han acostumbrado a las tragedias; inclusive, infinidad de videojuegos “matan” a seres humanos sin piedad, por lo que bastantes niños y adolescentes no se inmutan ante tanta desolación real. Pareciera que están habituados al terror.

CREATIVIDAD

A diferencia de mi tiempo, a los niños de hoy les es más difícil imaginar nuevos mundos. La razón: desde su amanecer, son invadidos por ideas, imágenes y conceptos fabricados por personas ajenas a su cultura que, gradualmente, los narcotizan hasta impedirles pensar por cuenta propia. Así, velozmente, cruzan su infancia sin percatarse que esa época es una fábula, es un universo maravilloso de sueños y ensueños muy necesarios para luego ser buenas personas.

Recuerdo que en mi niñez una piedra repentinamente se convertía en un fantástico juguete; una lata se transformaba en pelota. Un montón de tierra en un castillo. Las nubes renacían convirtiéndose en insospechados animales. Coleccionaba infinidad de objetos y convivía con mascotas -animales de carne y hueso- que llegaron a ser parte de la familia. La radio, a lo mucho, era mi más tecnificado pasatiempo.

SENCILLEZ

Mi generación no requería de la tecnología electrónica para divertirse, tampoco era necesario “chatear” para hacer “amigos” y no precisábamos de productos de “marca” para “ser” personas. Sencillamente éramos niños que improvisábamos de la nada. Entonces la nada era “algo” que se transformaba en fiesta y juego. Por tanto, la palabra “aburrimiento” no estaba en nuestro diccionario. Tampoco nuestro lenguaje se arropaba de reticencias, groserías y dobles sentidos, como hoy es costumbre en muchos niños.

Carecer de televisión e Internet daba tiempo para hacer camaradas, para compartir canicas, pelotas y espacios libres. Inclusive, en la escuela, cuando jugábamos en torneos, lo esencial era divertirse y no necesariamente ganar. Quizás no había ese espíritu destructivo que ahora la televisión ha generado en el deporte. No sabíamos de ese mensaje que dice: “el segundo lugar es solamente el primero de los perdedores”. Por eso, nuestros padres no le gritaban al árbitro, ni discutían con el entrenador, ni tampoco perdían la cordura cuando el equipo de la escuela perdía. Éramos los mejores simplemente por ser sus hijos.

CUENTOS

Tampoco se nos atiborraba de las preocupaciones propias de los adultos: crisis, corrupción, terribles enfermedades, sexo, drogas, terrorismo y otras miles de inquietudes que ahora continuamente penetran en el alma de los pequeños. Entonces había respeto por los adultos y los viejos. Se nos enseñaba que a la mujer no se le debía tocar ni siquiera con el “pétalo de una rosa”. Amábamos a México. Teníamos aprecio al escudo de la escuela y una sincera admiración a nuestros maestros. Sabíamos escribir “de corrido” y disfrutábamos los cuentos más fascinantes jamás escritos; por ejemplo, los de Julio Verne. En ellos viajamos al mismísimo centro de la tierra y a las profundidades más lúgubres de los mares. Esa era nuestra realidad virtual. Además, no teníamos tantas cargas académicas como hoy las sufren los pequeños, muchas de ellas verdaderamente innecesarias.

TIEMPO

De todo, lo que más me añoro de mi niñez, es el concepto que teníamos del tiempo. Tiempo que ahora ha distorsionado la televisión y la modernidad: hoy los pequeños desean ser como los más grandes; los que tienen 10 años quieren vivir como lo hacen los de 15, y los de esa edad ya piensan -y hacen- no sé qué tantas cosas que han aprendido de sus artistas de moda. En resumen, antaño los años eran larguísimos. Atiborrados de misterio. No había prisa por crecer, se vivía cada momento. El tiempo era más tiempo. Mejor tiempo. Tiempo pausado.

UN MUNDO PREFABRICADO

¡Qué estragos hacemos los adultos!, ¡qué daño hace la televisión!, ¡qué equivocados estamos al secuestrar los sueños y la imaginación de los niños!, ¡qué mal estamos al pensar por ellos y al violentar sus mentes! Tal vez, por cortarles las alas, infinidad de niños y jóvenes, viven sin creatividad: aburridos, encadenados a lo ya hecho, a lo prefabricado, metidos en sus cuartos, secuestrados por las redes sociales y el internet. Hoy, muchos de ellos, se encuentran a merced de las imágenes y noticias que, sin cesar, salen de sus pantallas.

Yo no cambiaría mi infancia por la que hoy los niños viven. No cambiaría la mesa del comedor en la que en familia nos reuníamos a comer y platicar. No canjearía la imaginación que teníamos por la mejor tecnología del presente. No sustituiría mis mascotas de ayer por el mejor juego electrónico de hoy. No haría mía la velocidad que tenemos, ni cambiaría los adelantos de ninguna clase, por la paz que antaño disfrutaba. No permutaría, por ningún precio, los amores, pasatiempos y las alas abiertas que de pequeños mi generación tenía.

En este contexto, no quiero dejar la impresión de que he caído en la trampa de la añoranza, de pensar que todo pasado fue mejor. Claro que no. La tecnología ofrece infinitas oportunidades; además, la existencia no se juega con las cartas del pasado, tampoco con las del mañana. Cada día tiene un acontecer que es imperioso descubrir como recién nacidos. Condicionar la existencia al ayer, o al futuro, sería un brutal engaño.

SOLO...

Me gustaría que los niños volviesen a ver las estrellas, me encantaría que soñaran con ellas como antaño lo hacíamos. Me fascinaría que, simplemente, supieran que millones de ellas existen y que, desde lo alto del firmamento, iluminan al mundo.

Lo que quiero es que los niños no pierdan su inocencia tan temprano; que la curiosidad y el asombro colmasen sus días; que sientan que son amados y protegidos. Me encantaría que vivan sin miedo, tal como lo hacíamos los niños de ayer. Que todos los días, sencillamente, sean lo que realmente son: niños. En fin, desearía que no se les escapara la vida enchufados a una pantalla.

cgutierrez@tec.mx

Programa Emprendedor Tec de Monterrey Campus Saltillo

$!ILUSTRACIÓN: ESMIRNA BARRERA.

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