Mitos en la polis (II): Caos, el abismo de la posibilidad creativa
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Para los griegos, la creencia no es una abstracción, sino una vivencia sensible concreta del mundo, manifestada en el símbolo por medio de la palabra y la poesía
“En primer lugar existió el Caos”.
Después de su proemio, en el que Hesíodo explica cómo las musas lo inspiraron en el Monte Helicón, el poeta comienza la narración de su cosmogonía (el nacimiento del cosmos) con el Caos, al cual no debemos entender como desorden ni confusión –pues esto implica que ya existe algo en el mundo–, sino como un estado previo: el vacío primordial, la nada original, la posibilidad infinita.
Etimológicamente, caos significa vacío o abismo.
A partir de esta potencialidad, en su estado puro, Hesíodo desarrollará su genealogía de los dioses, que representan al mundo exterior (material) y al mundo interior de los humanos (las emociones, pasiones e ideas). Así, observamos en la “Teogonía” un movimiento que va desde la nada hacia el orden de las cosas.
Esta dinámica es la del lenguaje y el pensamiento, por medio de la cual el cosmos –que en griego antiguo significa tanto orden como mundo– es aprehendido e interpretado por el ser humano. El instrumento del pensamiento –y su forma– es el lenguaje, y es por medio del pensamiento que podemos comprender y manipular (ordenar) nuestro entorno –tanto naturalmente, por medio de la ciencia y la tecnología– como socialmente, a través de las instituciones religiosas, políticas y culturales, que en muchas ocasiones eran la misma.
En la antigua Grecia, esta relación entre lenguaje y visión del mundo radicaba en las divinidades mismas, en su nombre, en sus vínculos familiares y en los conflictos que suscitaron entre ellas. No es casualidad que las palabras griegas para “visión” y “divinidad” sean théa (visión o contemplación, de donde proviene la palabra teoría) y theá (divinidad). Para los griegos, la creencia no es una abstracción, sino una vivencia sensible concreta del mundo, manifestada en el símbolo por medio de la palabra y la poesía. Homero relata que cuando Atenea y Hera aparecen para calmar al iracundo Aquiles –al enterarse de que Agamenón buscaba despojarlo de su botín–, únicamente él podía observarlas. Las diosas son la sensatez dentro de la furia: el poeta evoca el fuero interno del héroe, por eso su invisibilidad ante los otros.
Ver era vivir la religiosidad misma; así, la religión griega adquiere un matiz en el plano del conocimiento (epistemológico) y en el plano normativo (jurídico y político). De ahí la relevancia del mito y del hecho de que la genealogía inicie con el Caos (la nada) y se desarrolle hacia el orden de las cosas. El mundo para los griegos era divino: visión, poesía, verdad y justicia. Las palabras eran el mundo y el orden; el mundo y el orden eran las palabras.
Hoy, el Caos subsiste. El mundo es un lienzo vacío ante la capacidad humana de plantearnos los problemas y preguntas que debemos resolver como sociedad, problematizarlas y proponer respuestas. Es esencial cuestionarnos si hoy somos capaces de proponer soluciones que se alejen de los paradigmas míticos y dogmáticos del pasado, o si podemos innovar.
P.D.: El asunto reciente de las equis y las jotas no es irrelevante. Pareciera trivial porque me vale una jota si vino tal alcaldesa de España a decirnos cuál es la grafía correcta para escribir el nombre del país en el que nací. Es importante porque el lenguaje lo hacemos sus usuarios y, al menos, según mis cálculos, para más de 130 millones de hablantes, México se escribe con equis. Y no es equis, güey. El lenguaje confiere realidad y la realidad moldea al lenguaje.
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