Moquetes y remoquetes
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No siempre le había ido bien a la Posdata. El marido le salió güevón, con perdón sea dicho. Era borracho, y le gustaba ir todas las noches a bailar con las pintadas
Hay gente muy buena para poner apodos. A mí de joven me decían “el Wildrot”. El mote me lo infligió Salvador Flores Guerrero. Había una brillantina de la marca Wildroot. En sus anuncios aparecía un galán de pelo engominado, como Gardel o Valentino. Un gato podía resbalarse por esa cabellera perfectamente lisa que semejaba pulidísima obsidiana. A mis 18 años yo lucía melena de anarquista o bohemio. Andaba todo desgreñado. Por eso aquello de “el Wildrot” que me asestó el inolvidable Chava Flores.
Hablando de apodos, a una muchacha feíta le decían “La culpa”: nadie se la quería echar. A cierto tipo chaparro y muy moreno lo llamaban “el Aurrerá”, porque no era Gigante ni Blanco. Una señora de Arteaga era “la Pinta”. Cuando le comentaban que se parecía a Fulano o a Mengana respondía siempre: “Díganme la pinta”. Le cumplieron los arteaguenses el deseo, y acabaron por llamarla así: la Pinta. A un sujeto que conocí en Ciudad Victoria, ventripotente él, por no decir panzón, le decían “el Chico Sandy”. El remoquete sonaba a nombre americano, pero era abreviatura de “el chico sandillón”, porque su prominente abdomen recordaba una sandía de las más grandes que se pueden hallar en el mercado.
El apodo más peregrino, sin embargo, lo escuché en cierta ciudad del norte de nuestro Estado. Una señora de ahí era conocida como “la Posdata”. No se molestaba si alguien la llamaba así; antes bien, llevaba el remoquete como una condecoración. Los forasteros pensaban que ése era su nombre, y se dirigían a ella con respeto:
—¿Cómo le va, doña Posdata?
Y ella:
—Muy bien.
No siempre le había ido bien a la Posdata. El marido le salió güevón, con perdón sea dicho. Era borracho, y le gustaba ir todas las noches a bailar con las pintadas. También tenía otra vieja por ahí. Lo sabía su esposa porque frecuentemente el bribón llegaba a su casa en horas de la madrugada oliendo a jabón chiquito. Y ahí no acababa todo. El desgraciado era machista, violento, y si la esposa le reprochaba sus desvíos, le agradecía la amonestación con una sarta de cachetadas que se oían hasta la calle.
Un día ella se hartó. Hizo un atadillo de ropa; cargó a sus dos críos en los brazos y tomó el portante en un carro de sitio. Quiero decir que se largó a la casa de sus padres, en un pueblo vecino. Antes, sin embargo, le escribió al sujeto una carta muy sentida, capaz de hacer llorar hasta a un auditor fiscal. La carta decía así:
“Mi adorado esposo: Por última vez te doy tan dulce nombre. Tú sabes que te he amado con todo mi corazón, y que habría dado la existencia por hacerte feliz. Pero se ha abierto entre nosotros un profundo abismo, y tú has destruido todos los puentes que mi amor tendió para cruzarlo. Con lágrimas en los ojos, sangrante el alma, me despido de ti. Adiós, amor mío, el único hombre de mi vida. No trates de buscarme, pues me voy para siempre de tu lado. Los hijos te mandan besos. Recibe tú el último de quien tanto te amó y que jamás te olvidará. Guardaré tu nombre y tu recuerdo hasta la tumba, y seguiré siendo tuya en la eternidad”.
Firmó con nombre y apellidos. Después, como si de pronto las malas acciones del marido se le hubieran venido a la mente, añadió estas palabras:
“Posdata. Ahora que me acuerdo, vas mucho a chingar a tu madre”.
De ahí el apodo: “La Posdata”.