Muerte en la sala de espera
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Les platico: llegó puntual a la cita. Tardó dos semanas en conseguirla y cuando finalmente se dio, dejó todo para estar a tiempo.
A los 40 minutos se levantó del asiento donde estaba para preguntarle a la secretaria si su jefe demoraría mucho en recibirle.
“No se tarda”, respondió la que daba toda la impresión de ser una de las musas que tomó Mocedades para componer aquella famosa canción, en alusión al puesto de marras.
“Pero si ya se tardó”, se dijo para sus adentros.
Volvió resignado a su asiento. Se arrellanó de tal forma... que al poco rato comenzó a dormirse.
Y soñó que la propuesta que había enviado y lo llevaba a hacer aquella prolongada antesala, se la aceptaban.
También, que el jefe aquel no regateaba el monto de sus honorarios, de tan entusiasmado que estaba.
Los sueños suelen ser más pletóricamente placenteros que la vida real.
Salió de aquella junta -siempre en su sueño-PLENO, sintiéndose jefe de la aldea, y no el aldeano que en verdad era.
Abordó el vehículo que sólo en sueños podía comprar y se dirigió a una casa muy distinta a donde él vivía.
Lo recibió a la puerta una hermosa mujer que le extendió los brazos al momento que le sonreía como hacía mucho tiempo nadie lo hacía.
Con lujo de detalles le contó lo que había sucedido alrededor de aquella cita por los dos tan anhelada.
Resolvieron en la mesa con números oníricos, el pago de cuentas, deudas y un ahorro.
Les colmó una paz que hacía mucho no sentían.
Los aciagos tiempos actuales les habían arrebatado cercanía, intimidad y estar tranquilos.
Se miraron a los ojos largamente y se redescubrieron uno al otro después de tanto tiempo de estar perdidos en preocupaciones y sus penas.
Mientras todo eso sucedía, un barullo en torno suyo se cernía.
Y a diferencia de los poco afortunados que se mueren mientras duermen, él se durmió y soñó mientras moría...
CAJÓN DE SASTRE
“Qué alivió saber que además de tus temas habituales, conservas el toque para platicarnos historias como ésta”, remata la irreverente de mi Gaby.