Nuestros ancestros
Con motivo de la entrega de la Presea Vito Alessio Robles a la doctora Margarita Menegus me puse a reflexionar, a partir de alguna de sus publicaciones acerca de nuestros más antiguos antepasados. Ella ha publicado acerca de los mixtecos, otomís y zapotecos en el centro y sur de México; indígenas que tienen una civilización. También sobre aspectos y personajes de la revolución, como Zapata, Genovevo de la O y otros.
Por mi parte, en diálogo no concertado antes, le mencioné quiénes fueron los indios que no tuvieron otra denominación que bárbaros y chichimecas. Consideré que hay que revisar el concepto civilización, que de acuerdo al latín es atribuido a quienes habitan en una comunidad fija (una ciudad) y son sedentarios. De esto no hay la menor duda, los mesoamericanos, dígase mexicas, mayas o teotihuacanos se definían por estas prácticas. Ellos mismos usaban un concepto de desprecio, muy racista, contra los nómadas llamándoles chichimecas: los que chupan sangre o los del linaje de perros.
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La doctora Margarita nos contó en la cena posterior que en Oaxaca había encontrado racismo y clasismo entre indígenas. Afirmó que, por ejemplo, llamar mije a un zapoteco era ofensivo (mijes son los indios de las nubes; músicos privilegiados). También dijo que los mixtecos se consideraban superiores a los demás indígenas. Quedé sorprendido.
Por mi parte hablé de los nómadas. Fui director del Archivo Municipal de Saltillo seis años y ahí descubrí a los indios de papel. ¿Por qué lo digo? Porque ya no existen más que en documentos coloniales manuscritos y en libros e informes enviados a España. Encontré miles de menciones de indios que se extinguieron.
Doy orden a procesos que influyeron en que cientos de miles de indígenas dejaran de existir. Primero llegaron esclavistas portugueses, casi todos judíos conversos, y españoles que secuestraron y vendieron “piezas” en las Antillas, Venezuela y Honduras; calculamos 25 mil; luego aparecieron epidemias de viruela, como la de 1600 que arrasó con los indios laguneros, la de 1606 con las bandas del río Nadadores (cuechales, bobosarigames, quamocuanes); luego vendría la plaga de los encomenderos vascos, extremeños y asturianos; y en medio de tales fenómenos, la Iglesia católica, en muchos casos defensora de los naturales, en otros a la ofensiva. Baste recordar la carta enviada por el virrey-arzobispo Juan Antonio Vizarrón, que ordenaba al gobernador de Coahuila, en carta firmada: “A los bárbaros que no se acogieren a nuestra sagrada religión extermínelos”. Por suerte el gobernador no obedeció.
La competencia entre esclavistas, encomenderos y eclesiásticos fue, en momentos, brutal. En el Archivo General de Indias está el informe al rey de la visita pastoral del obispo Juan Ruiz de Colmenares de 1649 en que dice al rey que los esclavistas han aprovechado las misiones para extraer indios. Le hacía ver que “contra natura” venden a los hombres en las minas, a las mujeres como sirvientas y a los niños como recaderos, es decir, separaban a las familias. Años más tarde el obispo Juan de León y Garabito lanzó al rey un largo y feroz escrito en defensa de los indios de la región. Garabito enfrentó al gobernador del Nuevo Reino de León y lo excomulgó de la Iglesia por propiciar el esclavismo.
Quien mandaba en el imperio era el rey Felipe V, su reina no era española sino de la casa de Borbón. Ante las quejas del obispo de Guadalajara ella envió órdenes de “no maltratar a sus amados súbditos chichimecas”, para lo cual designó a un auditor. Éste encontró que los españoles robaban inditos (así les nombran) y mujeres. Un fraile informó al representante de la Audiencia que nadie hace caso de los reyes, ni siquiera el virrey y que tanto han abusado que en un momento dado se enfrentaron los españoles a un grupo indio que declaró: aquí estamos; ya nos quitaron a nuestros hijos y mujeres, pueden hacernos lo que quieran. Y dos que traían niños cargados los mataron para que no fuesen esclavos.
Le dije a la doctora Menegus que estamos rehaciendo ese pasado que nos duele, pero que es el nuestro.