Mundial 2026: Popochas, Marx y Foucault

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Opinión
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Llamé a mi Maestro Popochas (MP) a Maupiti, una de las 130 islas de la Polinesia Francesa, donde vive autoexiliado desde el arribo de AMLO al poder. Le marqué al mediodía (7:00 de la mañana en Maupiti) cuando el Iluminado recién terminaba su práctica meditativa.

Yo: ¿Cómo está, mi muy querido Maestro?

MP: ¡Qué gusto saber de ti! Aunque sé cómo estás, porque con Goku he perfeccionado mi técnica de teletransportación y, en varias ocasiones, sin que lo sepas, he estado cerca de ti.

https://vanguardia.com.mx/opinion/pato-merlin-a-la-naranja-JE22047824

Yo (ansioso): Avatar, le robo 5 minutos antes de que vaya al huerto a sembrar plantas sagradas, árboles para la meditación y vegetales para su consumo diario.

MP (tranquilo): Cuéntame.

Yo: Necesito su iluminación para comprender cómo los sociólogos Karl Marx y Michel Foucault verían el Mundial 2026.

MP: Karl comenzaría haciéndose una pregunta: ¿quién gana económicamente?

Observaría que los jugadores generan un enorme valor económico, mientras clubes, patrocinadores, cadenas de televisión y organismos internacionales concentran gran parte de la riqueza que ellos producen.

También advertiría cómo el torneo convierte las emociones humanas en mercancías: camisetas, derechos de transmisión, apuestas, turismo, publicidad, videojuegos y redes sociales. Y cómo la identidad nacional funciona como un poderoso incentivo para el consumo.

Vería el deporte como una forma de alienación temporal. Durante un mes, millones de personas olvidan los salarios, la inflación, la desigualdad, el desempleo, la inseguridad y los conflictos políticos para concentrar toda su energía emocional en 90 minutos.

Finalmente, subrayaría la desigualdad estructural global: mientras las élites económicas y políticas disfrutan los partidos desde los estadios de las distintas sedes, las grandes mayorías los observan por televisión de paga o en pantallas instaladas por las autoridades.

En síntesis, para Marx el capitalismo convierte la diversión en un mecanismo de reproducción del sistema.

Yo (maravillado): ¡Wooow! ¿Y Foucault?

MP: En un principio, él ni siquiera hablaría de futbol: sería más provocador. Expondría al Mundial como una gigantesca fábrica global de cuerpos y de vigilancia.

Los movimientos de los futbolistas son monitoreados por GPS, sensores, inteligencia artificial, análisis biométrico, nutrición científica y medicina deportiva. El cuerpo deja de ser únicamente biológico para convertirse en un objeto de administración.

E iría todavía más lejos. Millones de aficionados son disciplinados y aceptan voluntariamente controles de seguridad, cámaras, reconocimiento facial, geolocalización, aplicaciones oficiales, seguimiento digital y el consumo constante de datos.

Foucault diría que el Mundial produce un gigantesco espacio de vigilancia aceptada, no coercitiva, porque los aficionados participan con entusiasmo. De esta manera, el poder ya no necesita imponerse: se vuelve atractivo.

Y añadiría otra dimensión del poder: la producción de los relatos que dominan el torneo. ¿De dónde surgen? De los comentaristas, las redes sociales, los algoritmos, la FIFA y los patrocinadores.

En esencia, para Michel, el Mundial administra nuestros cuerpos, emociones y la manera de actuar, pensar, sentir y mirar el futbol.

Yo (en éxtasis): ¡Maravillosa explicación, Iluminado!

MP (puntual): Hijo, me esperan en el huerto. Ciao.

https://vanguardia.com.mx/opinion/lo-que-nos-dejo-el-mundial-DB22100636

Nota: Va un comentario para un perspicaz lector, de nombre Carlos y de apellido Arredondo. El Pato Merlín de mi anterior entrega editorial no se enfrió ni se secó, a pesar de la extensión de las disquisiciones intelectuales de los personajes sentados a la mesa, quienes conversaron sobre la catarsis colectiva generada por el Mundial 2026, como tú, preocupado, señalaste.

Por el contrario, el buen Merlín conservó una temperatura perfecta gracias a un termo de acero inoxidable, de boca ancha y doble pared aislante, proporcionado por nuestro chef, Juan Ramón Cárdenas, quien jamás habría permitido que, después de cocinar al ícono mundialista con una receta familiar, este padeciera frialdad o sequedad alguna, sobre todo después de haber alegrado al país entero.

Los comensales coincidieron en que la cena, aderezada con varias botellas de Pinot Noir de Bodegas del Viento y coronada con los postres de Don Artemio, fue tan mágica como el propio Merlín.

Espero, mi querido Charlie, que esta larga nota haya despejado tus comprensibles temores.

Salud.

Columna: Panóptico

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