No debemos dejar de señalar lo peligroso y nocivo que es un peso artificialmente fuerte

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Opinión
/ 31 enero 2026

La coyuntura económica actual obliga a insistir en lo obvio: competir produciendo en México es cada vez más caro, no por falta de talento, esfuerzo o disciplina empresarial, sino por un entorno económico que castiga sistemáticamente a quien aquí produce. Empresas que hacen “todo bien” enfrentan un “sistema” que encarece costos, reduce margen de maniobra y limita su crecimiento. Ese es el contexto bajo el que debe analizarse el mal llamado súper peso, la falta crónica de crecimiento y la terquedad del gobierno en no cambiar de raíz la política económica. México lleva cuatro décadas creciendo muy poco; el PIB per cápita del país ha avanzado a una tasa muy inferior al 1% anual durante este periodo. Como señalamos antes aquí, a ese ritmo, duplicar el PIB por habitante tomaría más de un siglo. China lo logró en doce años; Corea del Sur y Polonia en menos de 20. Seamos honestos, realistas, claros: algo estructuralmente no funciona.

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A pesar de ello, el discurso oficial insiste en vender un supuesto éxito. Se celebra que “no hay crisis”, inflación controlada o el peso fuerte. No entienden que estabilidad sin crecimiento no es éxito: es administrar el estancamiento. Y pocas cosas reflejan mejor esa confusión que empujar la idea de que el súper peso es algo positivo y digno de presumir. Especialmente cuando es claro que no son los fundamentales de la economía los que lo provocan, sino la especulación, variables externas y las altas tasas de interés.

Para una economía en desarrollo como la nuestra —dependiente de exportaciones, turismo, remesas y cada vez más del nearshoring —una moneda persistentemente fuerte no es buena noticia; es, en muchos sentidos, desastrosa. Un peso sobrevaluado encarece los bienes y servicios producidos en el país frente al mundo. Reduce la competitividad de las exportaciones, presiona márgenes, desincentiva inversión y vuelve al país un destino turístico cada vez más caro. No es ideología: es aritmética.

El argumento recurrente de que “las empresas deben competir por calidad y no por tipo de cambio” ignora una realidad elemental: ningún país que haya logrado industrializarse y crecer de forma sostenida lo hizo con una moneda artificialmente fuerte antes de elevar su productividad. ¿Estarán las autoridades económicas del país tan distantes de la realidad que pretenden hacerlo al revés? ¿Saben que hoy un peso compra 70% más yenes que hace cinco años? Tal vez pudieran analizar los números de turistas japoneses en México y mexicanos en Japón.

El impacto del peso fuerte no se limita a exportadores o al turismo. También afecta a millones de hogares receptores de remesas. En un país que recibe 60 mil millones de dólares anuales, una moneda fuerte reduce el poder adquisitivo en pesos de cada dólar enviado. Es un golpe silencioso pero real al ingreso disponible de familias que ya operan con carencias. A esta ecuación se suma una política monetaria restrictiva que ha contenido parcialmente la inflación, pero a un costo elevado para el crecimiento.

Tasas de interés relativamente altas encarecen el crédito, frenan la inversión productiva y dificultan la expansión de pequeñas y medianas empresas. Además, atraen capitales financieros de corto plazo que refuerzan la apreciación del tipo de cambio, profundizando el problema de competitividad. Un ciclo suicida, para el que quiere entender. Peor aún, la política monetaria en México es menos eficaz de lo que se asume porque opera sobre una economía altamente concentrada. En sectores dominados por monopolios, oligopolios o concesionarios con poder de mercado, las tasas de interés no disciplinan precios ni márgenes. Estos actores no reaccionan ajustando eficiencia; simplemente trasladan aumentos al consumidor.

El resultado es perverso: se frena la inversión y el crédito productivo, pero no se corrigen los precios en los sectores que más pesan en la inflación estructural.

Es alarmante la resistencia casi dogmática (o alucinante) a corregir estos problemas. El gobierno —y no solo el actual, aunque el actual insiste en ello— evita sistemáticamente los cambios estructurales. No se rompen monopolios, no se introduce competencia efectiva, no se transforma el sistema financiero para que financie producción, no hay certeza jurídica y no se intenta siquiera la coordinación entre política fiscal, monetaria e industrial. Se administran síntomas, no se corrigen causas; así el paciente no sana. Más efectiva sería una veladora que ese “tratamiento”.

Celebrar crecimiento, lo que sea, como logro histórico es una forma peligrosa de resignación. México sigue atrapado en una mediocridad cómoda para el discurso, pero devastadora para el futuro. La falta de crecimiento no es inofensiva: perpetúa pobreza, informalidad y migración. La Asociación Nacional de Empresarios Independientes (ANEI) ha puesto el dedo en la llaga al señalar que una moneda fuerte sin productividad no es fortaleza, sino lastre.

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La política económica debe dejar de priorizar la apariencia de estabilidad y enfocarse en crear condiciones reales para invertir, producir y competir. No hay justicia social sostenible sin crecimiento sostenido. Mientras la política económica siga defendiendo la apariencia de estabilidad sobre el crecimiento real, el súper peso no será símbolo de fortaleza, sino evidencia de un modelo que vuelve perdedores incluso a quienes hacen todo bien. ¿De dónde saldrán los pesos para comprar dólares baratos?

@josedenigris

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